El filósofo del arte Arthur Danto fue un filósofo y crítico importante y de prolífica producción escrita. Dos expresiones son características sobre todo de su obra: «el mundo del arte» y «el fin del arte». Aquí me ocuparé de unas notas sobre su ensayo El mundo del arte (en la versión original inglesa, The Artworld), que se publicó en 1961.
Al comienzo del ensayo, el autor comenta la mímesis, es decir, el primer intento riguroso de una teoría del arte, cuyas raíces se remontan hasta la Grecia antigua, a Platón y Aristóteles. La teoría mimética del arte juzga una obra de arte según la fidelidad con que representa o reproduce la realidad. Desde este punto de vista no es difícil entender por qué Platón fue un vehemente adversario de ciertos géneros artísticos: el reino platónico de las Formas o Ideas contenía recetas inmutables y perfectas para objetos tanto físicos como abstractos, cuya propiedad característica era que representaban la verdad. Esta era el fin más noble de la filosofía. Para Platón, sin embargo, el artista no era alguien que se interesara por la verdad, ya que tipos de arte como la poesía, la pintura o el teatro solo imitaban, no las Ideas perfectas, sino los objetos efímeros, pasajeros y degradantes del mundo real. Más aún, sus obras eran a menudo una doble imitación, porque representaban objetos ya creados una vez por el ser humano artesano, ¡y lo que toca el ser humano está por fuerza lejos de la perfección! Al menos a ojos de Platón.
Para muchos teóricos posteriores, en cambio, la teoría mimética del arte representaba una forma muy atractiva de juzgar las obras de arte. Ofrece, en efecto, una manera sencilla de distinguir las obras de arte buenas de las malas: cuanto más se acerca una obra a su modelo real, más cumple la función del arte y más valiosa es. Esta teoría fue popular en el Renacimiento y mantuvo su posición dominante hasta hace relativamente poco. Sus carencias, como escribe Danto, salieron pronto a la luz tras la invención de la fotografía. De la teoría mimética del arte se seguiría, en efecto, que cualquier fotografía sería intrínsecamente más valiosa que las obras de cualquier otro género artístico, ya se tratara de fotos familiares de las vacaciones o de selfies con morritos. La teoría mimética se hundió definitivamente con la llegada del arte abstracto, en el que no encontramos imitación alguna del mundo real. Tampoco se las habría arreglado mejor la teoría mimética con el famoso urinario de Duchamp ni con las cajas Brillo de Andy Warhol. Estas dos obras del siglo XX le sirven a Danto como ejemplos de cómo también teorías más recientes, que ponen el acento en las cualidades estéticas o en los elementos formales, pueden tener problemas para identificar un urinario dadaísta y una caja pop art como obras de arte. Danto se pregunta así qué hace de estos y otros objetos obras de arte, sobre todo cuando:
[…] hoy en día uno puede no darse cuenta en absoluto de que se mueve en terreno artístico sin que una teoría se lo diga.

Las cajas Brillo de cartón de Andy Warhol. ¿Es arte? ¿Y por qué?
La tesis radical de Danto es que la «artisticidad» de las obras de arte no debemos buscarla en los objetos mismos, sino fuera de ellos, en el entorno en el que existen, en el mundo del arte y en las teorías artísticas, pues son precisamente estas las que hacen posibles las obras de arte. Dicho de otro modo, las obras de arte surgen cuando existe una teoría capaz de interpretarlas; la teoría hace posible el arte:
«Ver algo como arte requiere algo que el ojo no puede descubrir – una atmósfera de teoría artística, un conocimiento de la historia del arte: un mundo del arte.»
Aunque las obras de arte son determinados objetos, según Danto no podemos decir que las obras de arte sean solo esos objetos. Es lo que intenta sugerirnos en la frase citada más arriba: la obra de arte se compone de una parte tangible, material, pero también la forma su parte inmaterial, que se define precisamente a través de las relaciones con el mundo del arte, compuesto de teorías, obras, teóricos, comisarios, museos, etc. Así, podemos imaginar todas las obras de arte potenciales como si existieran en una red abstracta, donde las obras están conectadas con teorías que, a su vez, están conectadas con obras de arte anteriores, ya existentes. Las obras de arte candidatas esperan a que esta estructura adopte una forma adecuada que, por medio de una teoría artística, arroje luz sobre ellas y, con ello, las consagre como obras de arte.
Si volvemos al urinario de Duchamp o a las esculturas de Warhol hechas con cajas de cartón Brillo, podemos responder a la pregunta de qué hace arte de estos objetos corrientes. Físicamente pueden ser, en efecto, indistinguibles de sus copias que no están en una galería y, sin embargo, no son idénticos. En lo que difieren es precisamente esa parte inmaterial, que contiene el resultado de la interacción del objeto en cuestión con todo el mundo del arte.
Para que una teoría sea capaz de interpretar obras nuevas, necesita renovarse y ampliarse de forma continua. Esta exigencia se cumple cada vez que el mundo del arte acoge bajo sus alas una obra que contiene propiedades nuevas, aún no utilizadas por los artistas anteriores. Danto habla de estas «propiedades» de un modo algo más técnico cuando emplea el término predicado, con el que nos encontramos a menudo en la lingüística o en la lógica. En lingüística, el predicado es, en general, la parte de la oración que dice algo del sujeto. Danto tiene en mente un predicado concreto, realizado mediante un predicado nominal con cópula. Son oraciones en las que al sustantivo le siguen verbos específicos como ser o llegar a ser, completados con un adjetivo. Así, por ejemplo, la oración la obra de arte O es expresiva. «Es expresiva» es un predicado nominal que atribuye al sustantivo «la obra de arte O» la propiedad «expresiva». Lo que aportan, pues, las nuevas obras de arte son precisamente nuevos predicados, que la teoría puede utilizar para la descripción y la interpretación. Los nuevos predicados son un añadido a las herramientas interpretativas existentes. La relación obra de arte—teoría no es unidireccional, sino que puede describirse como una interacción bidireccional, mutua.
La lingüística estructuralista sostiene que el significado de las palabras viene dado por el hecho de que en la lengua existen otras palabras que se diferencian de la primera, y esta diferencia da lugar al significado de las palabras individuales. Dicho de otro modo, la lengua puede verse como un sistema, una estructura (de ahí estructuralismo), en la que los elementos individuales interactúan entre sí, ya que cada elemento contribuye, o mejor dicho participa, en el significado de los demás elementos.
Aunque no soy versado en la crítica de arte estructuralista, creo que no andaré del todo desencaminado si afirmo que la teoría de Danto viene a decir lo mismo: el arte es una estructura compuesta de muchos elementos, entre los que contamos las propias obras, las teorías, las instituciones, etc., y su interacción (con muchos mecanismos de retroalimentación) y su evolución (cuando se añaden a la estructura nuevas obras, nuevos predicados interpretativos) forman un ecosistema llamado el Mundo del arte, en el que los elementos individuales participan en el significado de los demás elementos mediante la sinonimia, la antonimia, la metonimia y otras relaciones conocidas en lingüística. Un ejemplo son, en pintura, los puristas abstractos, cuyos:
«lienzos pueden existir como arte solo porque existen pinturas “impuristas”.»
De todo ello se me sigue lógicamente lo siguiente: los artistas y el arte en su conjunto se benefician claramente de unos teóricos excelentes. Puesto que el arte se cuenta entre las actividades humanas más elevadas y complejas, deberíamos procurar tener en el futuro suficientes teóricos altamente formados, eruditos, inteligentes y creativos. De lo contrario, puede ocurrir, si no está ocurriendo ya, que el arte acoja bajo sus alas cualquier cosa, y que el «anything goes» sea el estándar según el cual se (no) juzguen las nuevas obras de arte candidatas. Arthur Danto era consciente de ello. Su The End of Art es un ajuste de cuentas filosófico con este problema.