Uno de los ejercicios espirituales introducidos por el jesuita san Ignacio es la visualización de relatos del Nuevo Testamento. Esta forma de ejercicio meditativo nos exhorta a que, en el camino hacia el acercamiento a Jesús, dejemos a un lado el intelecto y conozcamos en su lugar a Jesús y sus obras a través de nuestros sentidos y de la imaginación. San Ignacio proporcionó a los cristianos una técnica que les permite un contacto mucho más íntimo con la Escritura y con la vida no solo de Jesús, sino también de los demás personajes. ¡Pensar, pero sobre todo vivir!
Todo eso está muy bien, pero ¿qué tiene que ver con la cultura visual contemporánea, la asignatura para la que se nos prescribió este ejercicio? Aunque Josef Šlerka nos confesó sinceramente sus propias convicciones, la temática religiosa es secundaria en este ejercicio; más bien era necesario elegir un relato o un material visual que fuera bastante conocido por todos los presentes (las semio-ratas de laboratorio). El objetivo principal de buscar tiempo para una meditación en la que apaguemos el intelecto que no para de parlotear en la cabeza y nos sumerjamos en el espacio solo con nuestros sentidos (por este orden: oído, tacto, olfato, gusto y por último vista) es examinar si entre los participantes de este experimento se encuentran imágenes, sabores o sonidos parecidos y, si es así, ¿por qué ocurre?
Encontrar similitudes en la visualización de la escena de Marcos 14, 17-25 no será sin duda sorprendente; al fin y al cabo, todos hemos sido educados en una cultura parecida, si no la misma; muchos de nosotros hemos visto además la Última Cena de da Vinci. Pero ¿y si encontramos coincidencias allí donde la cultura y las imágenes conocidas que hemos visto no pueden ser una explicación suficiente? ¿No serán estos datos sensoriales simbólicos que hemos encontrado el resultado de haber tocado un campo global y compartido de símbolos y arquetipos arraigados, es decir, según Carl G. Jung, el inconsciente colectivo? Sea como sea, añado el resultado de mi meditación, que no es una descripción preparada del capítulo de la Biblia mencionado, sino el registro de destellos de datos sensoriales sueltos que he intentado componer en una forma narrativa coherente.
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Qué inapropiado debe de ser que precisamente en este momento importante esté sentado con nuestro Señor y los demás de los doce con los ojos cerrados, intentando grabar en la memoria todo lo que fluye por mis sentidos. Seguro que ahora mismo los demás me observan con incredulidad y se preguntan qué se esconde tras mi comportamiento. ¿O me equivocaré sobre su interés por mi persona? Es posible, pues solo oigo una conversación alegre. Una risa jovial y plena llega de algún lugar delante de mí. Pero oigo más voces. Otros están sentados a mi derecha, mientras que a mi izquierda no oigo hablar a nadie. La sala en la que hoy celebramos el banquete debe de tener ventanas, ya que desde la calle nos llega el sonido de tropiezos y el balido de ovejas, junto con el sonido amortiguado de las esquilas que muy probablemente adornan sus cuellos lanudos y suaves.
Todavía cegado por la oscuridad, palpo el sólido cuerpo de madera de la mesa y del banco, que tiembla cada vez que estalla una carcajada o alguien simplemente se inclina con brusquedad. Con la sandalia del pie izquierdo exploro el frío suelo de piedra. Tropiezo con briznas de heno que se me clavan en la piel, y tengo la sensación de que algo pequeño y vivo corretea aquí bajo la mesa. Qué es lo sabré cuando abra los ojos. Pero todavía no tengo intención de hacerlo.
Huelo y saboreo una espesa sopa de verduras y una rebanada de pan tierno.
La danza de los cubiertos continúa, y cuanto más tiempo mantengo los ojos cerrados, con más detalle soy capaz de percibir el bullicioso y animado decorado sonoro que llega de la calle.
Abro los ojos y veo por fin los contornos reales de los objetos que los sentidos anteriores intentaban hasta ahora describir de forma imprecisa y fragmentaria. Como sospechaba, intento con demasiada obsesión referir todo lo que ocurre en el mundo a mi persona; nadie se fija en mí; al otro lado de la mesa, cuatro de los doce debaten entre sí de humor jovial; su pelo oscuro y rizado y sus mejillas bronceadas y barbudas completan sus rostros, por lo demás apacibles. Estamos sentados a una mesa que me recuerda la forma de la letra «J», pero invertida como en un espejo respecto a su eje vertical y, además, en lugar de la línea curva hay que imaginar esquinas en ángulo recto vivo. Estoy sentado con otros cinco en el lado más largo de la J; enfrente, en el saliente, se sientan otros tres, y nuestro Señor, naturalmente, en el centro, en la parte que une ambos lados de la mesa. No somos doce; ¿dónde están los demás?
Aparto un momento la vista de nuestra mesa y veo que estamos sentados en una sala espaciosa cuyo suelo y paredes son de piezas de piedra labrada y cuyo techo es de madera. La sala no está herméticamente cerrada; al contrario, a través de dos aberturas rectangulares nos llega una corriente de aire fresco y frío. A falta de palabras más adecuadas, tengo que llamarlas ventanas. Me ofrecen una vista de la bulliciosa vida de fuera, en el camino. A la derecha, por encima de los hombros de nuestro Señor, veo por fin a un pastor o comerciante que sostiene su oveja pegada al cuerpo. Le doy vueltas en la cabeza a cuánto habrá ganado hoy en sus negocios, y al mismo tiempo siento enseguida lo impropio de esta pregunta. Como estoy sentado de cara a la salida de esta casa y no estoy enfrascado en la conversación con los demás, soy el primero y el único en ver a una mujer muy anciana, con la cara llena de arrugas de una vida callada y pobre, que lleva lentamente a la espalda un pesado haz de paja. Se detiene en un rincón de la sala y deposita con cuidado el haz de paja en el suelo. Al mismo paso lento con el que llegó, abandona la casa. Sin que nadie la salude y olvidada al instante.
Dije que sentía unos pasitos y movimientos en el suelo. No me equivocaba. Me agacho para mirar bajo la mesa, donde veo un pollo encogido o un patito; no estoy del todo seguro, porque distinguir especies nunca ha sido uno de mis puntos fuertes. Pero ese animalito inquieto me irrita; no me gusta que algo me corretee entre los pies, y menos aún un animal del que no sé nada. Vuelvo a mirar bajo la mesa e intento apartar a la alimaña de una patada con la sandalia. En el último momento, sin embargo, me detengo: me doy cuenta de que este acto podría hacer recaer sobre mí la sospecha de no ser un hombre pacífico. Nuestro Señor no lo aprobaría, seguro. ¿Qué está haciendo, por cierto?
En todo este tiempo no ha hablado y ha pasado la mayor parte del rato ensimismado sobre su sopa. ¿Intentaba encontrar algo en ella?
Se levanta de la silla y empieza a pasearse por la sala. Llega hasta el haz de heno que trajo aquella anciana desconocida y vuelve a la mesa. Se sienta. Sin levantar la vista, nos anuncia que uno de los presentes lo traicionará. La sala enmudece. Todos, incluso el propio Señor, me miran. No parpadean. El Señor vuelve a ponerse de pie y todos apartan de mí la cara.