Introducción

Este texto no pretende ser una respuesta definitiva a la controvertida cuestión de las diferencias en creatividad entre los géneros. En la investigación psicológica actual, solo las diferencias de género en la inteligencia son un tema más controvertido. El objetivo de este texto es responder a la pregunta de si existe investigación que, mediante métodos de evaluación adecuados y un análisis estadístico, pueda observar determinadas diferencias de género. Si establecemos que hay diferencias, llega la pregunta más compleja de determinar si esas diferencias se deben a influencias socioculturales o biológicas, o bien a su interacción mutua. El texto quiere despertar el interés por esta problemática y, al mismo tiempo, señalar las posibilidades de estudiar las diferencias de género. Concluyo el texto con una parte especulativa que apunta qué consecuencias podrían tener las eventuales diferencias en la creatividad de los géneros.

¿Por qué estudiar las diferencias de género en la creatividad?

Hoy vivimos en una sociedad que muchos teóricos y sociólogos denominan sociedad de la información, postindustrial, red o cognitiva (p. ej., Castells, Bell, Imbesi), y que se caracteriza por el énfasis en el procesamiento, el análisis y la producción de información, es decir, de una mercancía inmaterial que no está ligada ni al lugar ni al tiempo y que puede transformarse rápidamente y enviarse a cualquier lugar conectado a la red global de internet. El teórico y arquitecto en ejercicio Lorenzo Imbesi se fija en el papel del diseño (e indirectamente también de la creatividad) y sostiene que, aunque la información es hoy una mercancía importante, mucho más importante para las empresas es la generación de nuevas ideas, y con ello de información, que les da ventaja en la competencia, porque es precisamente mediante el diseño y la creatividad como las empresas se distinguen y comunican al público el valor añadido de su producto. La creatividad proporciona una ventaja diferencial a las empresas, pero también a los individuos, pues esta habilidad se valora en la economía actual de la sociedad de la información o cognitiva. Las personas capaces de aprovechar su creatividad también en el mercado laboral tienen, por tanto, una ventaja objetiva frente a quienes no lo son. Por eso, las posibles diferencias en creatividad entre los géneros tendrían repercusiones no solo económicas, sino también sociales.

Desde el punto de vista de la educación, las diferencias de género son igualmente importantes, porque las diferencias deberían incorporarse a las teorías y a la práctica pedagógica de modo que cada niño pueda alcanzar su máximo potencial, lo que será posible cuando dispongamos de la información más precisa posible sobre las particularidades de sus habilidades y de sus estrategias y estilos cognitivos, entendiendo por estilo cognitivo la manera en que un individuo procesa la información (Sternberg y Grigorenko, 2001). Si se demuestran diferencias de género en la creatividad, el género del niño es una variable importante que hay que tener en cuenta al aplicar las teorías de la psicología educativa en la enseñanza.

Por último, aunque no menos importante, una razón para estudiar las diferencias de género en la creatividad es la notable ausencia histórica de mujeres en los campos que requieren habilidades creativas e intelectuales, como observó uno de los principales expertos mundiales en creatividad, Dean K. Simonton, en su obra Greatness: who makes history and why (Simonton, 1994). ¿Es la escasez de mujeres en los campos artísticos y científicos eminentes consecuencia de influencias socioculturales en forma de discriminación histórica y de falta de acceso a la educación, que persistieron hasta el siglo XX y en muchos aspectos persisten hasta hoy (Abraham, 2014; Baer y Kaufman, 2008), o puede la investigación sobre la creatividad mostrar que las causas no son solo de carácter sociocultural, sino que también desempeñan un papel las diferencias en el plano biológico?

 

Una definición de trabajo de la creatividad

Antes de describir la investigación actual sobre la creatividad, conviene definir con qué concepto o definición de creatividad trabaja este texto. Parto de una definición extendida y muy citada en la literatura, que entiende la creatividad como la producción de resultados de una actividad o de ideas que son nuevos, sorprendentes y útiles (p. ej., Hennessey y Amabile, 2010; Boden, 2004, p. 1). Al mismo tiempo, soy consciente en este texto de que la situación en torno a la definición de la creatividad tiene muchas capas y de que existen modelos complejos de la creatividad con los que los expertos intentan captarla como algo que no existe solo en la cabeza de los individuos como habilidad cognitiva, sino que se define a la vez contextualmente, en relación con la sociedad y la cultura, como ponen de manifiesto los modelos componenciales de la creatividad de Amabile (Amabile, 1983) o el modelo sociocultural (Sawyer, 2012, p. 123), que sostiene que el resultado de una actividad es creativo cuando la sociedad o los expertos del campo correspondiente lo consideran creativo. Un pensamiento contextual parecido lo encontramos también en un ámbito de la indagación humana que históricamente ha estado ligado, a menudo de forma indistinguible, a la creatividad: el arte. Teóricos del arte como Arthur Danto y, tras él, George Dickie formularon la teoría institucional del arte, según la cual un objeto no puede convertirse por sí mismo en un artefacto artístico. Solo cuando ese objeto se integra en el contexto del arte, según Danto en el «mundo del arte» (Artworld) (Danto, 1964), compuesto por teóricos, comisarios, teorías del arte, interpretaciones, museos, objetos y artistas, puede el objeto convertirse en arte. Esta influyente teoría explica, entre otras cosas, por qué una caja de Brillo o un urinario no son arte en su entorno habitual, mientras que los mismos objetos utilizados por Warhol o por Marcel Duchamp sí lo son. Danto escribe que lo que convierte los objetos cotidianos en manos de estos artistas en artefactos artísticos es cierta teoría capaz de situarlos en el mundo del arte. Sin teoría [artística] es poco probable que los viéramos como arte; para verlos así, tienen que formar parte del mundo del arte (Danto, 1964, p. 581). Este paralelismo entre el modelo sociocultural de la creatividad y la teoría institucional del arte me parece tan evidente que sin duda lo habrán desarrollado otros autores, aunque hasta ahora no he advertido en la literatura su vinculación.

¿Cómo estudiar las diferencias de género en la creatividad?

En la actualidad, la principal herramienta para evaluar la creatividad son los tests psicométricos de pensamiento divergente, que miden la capacidad del individuo para generar el mayor número posible de usos alternativos de objetos dados. Este test domina la investigación actual, lo que puede acarrear varios problemas metodológicos. En primer lugar, se trata de un test que se centra en evaluar la fluidez, es decir, la cantidad y no la calidad de las posibilidades que el individuo ha ideado. Además, estos tests están orientados a las habilidades verbales, con lo que pueden perjudicar a otros dominios de la creatividad, por ejemplo el visoespacial (figurativo), y con ello también a uno de los géneros, sobre todo a la luz de la investigación que revela que las niñas y las mujeres superan a sus homólogos en habilidades lingüísticas, velocidad perceptiva y fluidez verbal (Artola, 2010).

Otro tipo de test se orienta al dominio figurativo de la creatividad; su consigna consiste en producir un dibujo original y se utiliza sobre todo para evaluar a niños y a estudiantes de secundaria. Desde un punto de vista cualitativo, el test valora el número de objetos (fluidez), la flexibilidad, la originalidad y la elaboración de los detalles (Artola, 2010).

Además de los tests psicométricos, la creatividad puede estudiarse mediante resonancia magnética funcional en el plano de las distintas estructuras cerebrales, donde son sobre todo la forma y la actividad de una determinada parte del cerebro, correlacionadas con la actividad del individuo, los datos empíricos con los que pueden hacerse comparaciones entre individuos.

Otra posibilidad de estudiar la creatividad es la mirada histórica a los individuos que, por la cantidad y la calidad de su obra, se han ganado una posición eminente a juicio de los expertos de su dominio, pero también del público en general. Esta mirada muestra con mayor claridad que existen diferencias de género en la eminencia creativa y cognitiva. Aunque la perspectiva histórica es la que menos información aporta para explicar las diferencias desde el punto de vista cognitivo, resulta enormemente útil para estudiar cómo el contexto más amplio influye en la creación o, en el caso de las mujeres, la limita, sobre todo dado el mayor énfasis de la investigación actual sobre la creatividad en los modelos componenciales (Amabile, 1983) y socioculturales (Sawyer, 2012, p. 123) de la creatividad.

Investigación sobre las diferencias de género en la creatividad

Tests psicométricos

En 1974 Kogan (Kogan, 1974) llevó a cabo la primera investigación importante sobre las diferencias de género en la creatividad y ya entonces, es decir, hace unos 43 años, observó que si alguna investigación demostrara que uno de los géneros es más creativo que el otro, le caería encima una considerable ola de críticas. En su propia investigación, sin embargo, Kogan constató que entre los géneros reina una igualdad relativa. Baer y Kaufman (Baer y Kaufman, 2008) revisaron la conclusión de Kogan y confirman que, aunque desde entonces han aparecido en la literatura pruebas de que en ciertos ámbitos uno de los géneros lleva ventaja, seguimos pudiendo hablar de una igualdad relativa en las capacidades creativas.

Baer y Kaufman revisan los artículos recientes dedicados al tema y en su resumen mencionan que la mayoría de los estudios no encuentra diferencias entre chicos y chicas, aunque señalan que hay investigaciones en las que uno de los géneros puntúa mejor y un número similar de investigaciones sostiene exactamente lo contrario. (Baer y Kaufman, 2008) Donde, en cambio, sí encuentran una diferencia a favor de los hombres es en lo que denominan productividad creativa, es decir, el número absoluto de obras creativas realizadas por hombres. He y Wong (He, 2011) examinan además la literatura y llegan a la conclusión de que se han registrado diferencias estadísticamente no significativas en los tests de personalidad creativa, de producto creativo y de proceso creativo. Confirman también que algunas investigaciones hallaron diferencias significativas a favor de los hombres y otras a favor de las mujeres.

Artola et al. (Artola, 2010) resumen la investigación sobre las diferencias de género en la creatividad y comentan un análisis de más de 80 estudios que examinaron las diferencias de género en los tests de pensamiento divergente, el cual indica que más de la mitad de las investigaciones no demuestra diferencias de género, dos tercios de las restantes apuntan a mejores resultados de niñas o mujeres y un tercio atribuye mejores resultados a niños u hombres.

Dada la complejidad y la inestabilidad de la definición de la creatividad, que abarca varios paradigmas sobre cómo concebirla, Abraham advierte del carácter especulativo de un enfoque que intenta reducir todo el concepto de creatividad a la única variable del género (Abraham, 2014). En un metaanálisis de 2016, Abraham (Abraham, 2016) señala además que en su revisión de la literatura existente hay muy poca investigación que demuestre de forma inequívoca la arraigada idea de que las mujeres son más creativas en el dominio verbal y artístico, mientras que los hombres lo son en los campos mecánicos y científicos. Retomaré este punto con investigaciones en la sección del texto en la que aparecen datos que muestran que, cuando se analizan los resultados no desde el punto de vista de la media, sino de la variabilidad, es posible identificar diferencias inequívocas en el razonamiento mecánico y en las habilidades matemáticas, sobre todo en los percentiles superiores de la distribución de los resultados, donde los hombres están más representados que las mujeres.

Si nos centramos en los niños en edad preescolar y en los adolescentes, la investigación muestra que en esta franja de edad pueden aparecer algunas diferencias de género. Artola et al. (Artola, 2010) evaluaron con niños su creatividad verbal y figurativa (gráfica), y las niñas puntuaron de forma estadísticamente significativa mejor tanto en creatividad verbal como en la puntuación total de la llamada creatividad global, que incluye ambos tipos de creatividad. La mejor puntuación de las niñas se apreciaba sobre todo en la media de la distribución de los resultados, que era más alta que la de los niños. Artola et al. citan otras investigaciones que respaldan sus propios resultados empíricos y que indican, en contradicción con Abraham, 2016, que las mujeres puntúan mejor que los hombres en los tests de habilidades lingüísticas, de velocidad de procesamiento perceptivo y de fluidez verbal.

En cuanto a la creatividad figurativa, a los niños les fue mejor solo en primaria, sobre todo en su capacidad de elaborar el dibujo y de utilizar elementos originales. En los estudiantes de secundaria, Artola et al. siguen encontrando diferencias a favor de las chicas en los tests verbales, mientras que la anterior ventaja figurativa de los chicos ya no se manifiesta. Parece que, sean cuales sean las diferencias y ventajas entre niñas y niños en la edad prepuberal y al comienzo de la pubertad, con el tiempo esas diferencias se equilibran y durante la pubertad empiezan a invertirse a favor de los chicos (Abraham, 2016).  Algunos investigadores señalan que la causa podría ser el hecho de que ciertas áreas y estructuras del cerebro implicadas en el procesamiento del lenguaje, la memoria espacial y el desarrollo de las habilidades sociales tienen en cada género una velocidad y un orden de desarrollo distintos (Hanlon, 1999; Sax, 2005, 2007). Lynn (Lynn, 1999) sostiene, mediante su propia teoría, la llamada teoría del desarrollo, que la maduración más rápida de las chicas tiene como consecuencia un CI medio más alto en torno a los 13 años, pero ya hacia los 15 la maduración de las chicas se ralentiza, mientras que en los chicos continúa, lo que según Lynn provoca no solo que se recupere el déficit de CI, sino que después de los 16 años el CI medio llegue a ser incluso hasta 4 puntos más alto. La teoría de Lynn es controvertida y, como él mismo escribe en el artículo, tiene no pocos críticos; aun así, cumple los criterios elementales del trabajo científico, de modo que también en las diferencias de género en la creatividad puede tomarse como una de las hipótesis que explican posibles diferencias, entre otras cosas porque la creatividad correlaciona positivamente con un CI de 120 o superior (Jauk, 2013; Franková, 2011, p. 19).

Investigación sobre las diferencias en la creación figurativa

Mientras que las evaluaciones de la creatividad figurativa arrojan resultados parecidos, si observamos más concretamente el contenido de los dibujos que hacen los niños, descubrimos diferencias notables. Abraham cita una investigación de unos investigadores japoneses que estudiaron en qué se diferencian los dibujos infantiles cuando se deja a los niños libertad para dibujar lo que quieran. Iijima y sus colegas (Iijima, 2001) informan de que encuentran diferencias de género en los motivos, los colores, las composiciones de objetos y las expresiones de los dibujos infantiles: «Los niños tienden a dibujar objetos móviles y mecánicos con colores oscuros y fríos y a menudo utilizan composiciones a vista de pájaro, mientras que a las niñas les gusta dibujar motivos de personas (sobre todo niñas y mujeres), flores y mariposas con colores claros y cálidos y tienden a disponer los motivos [en el dibujo] en fila sobre el suelo» (Iijima, 2001). Iijima et al. explican que, además de en los objetos y los colores, los niños se diferencian de las niñas en sus dibujos por poner en la composición un mayor énfasis en la representación tridimensional de las relaciones entre los objetos. Este tipo de composición aparece en los niños en el 24,4 % de los casos, mientras que en las niñas es muy poco frecuente, en el 1,9 % de los casos. Por el contrario, la composición bidimensional en fila se da en las niñas en el 74,4 %, frente al 20,4 % de los niños. Los niños, además, tienden a destacar en la composición los elementos principales del dibujo; las niñas dibujan los distintos objetos de la escena de forma más o menos equivalente (Iijima, 2001). Estas diferencias no dicen nada sobre si proceden de influencias socioculturales o si detrás de ellas hay también factores biológicos. En el caso de la investigación de Iijima y sus colegas hay que tener en cuenta que se llevó a cabo en Japón, es decir, en un país fuertemente conservador en el que los roles de género siguen estando claramente separados.

No solo por eso Iijima y sus colegas incluyeron en la investigación a niñas diagnosticadas de hiperplasia suprarrenal congénita (HSC), un trastorno genético que se presenta ya en la etapa prenatal y se manifiesta en una sobreproducción de andrógenos suprarrenales. Las niñas con este trastorno muestran una masculinización tanto física como conductual (Hall, 2004; Kongenitální adrenální hyperplázie) y patrones masculinos en el juego, cuando juegan con objetos preferidos por los niños (Hines, 2000). En la literatura aparece una investigación que informa de que las niñas con HSC tienen amígdalas más pequeñas que un grupo de control de mujeres y que, en una tarea en la que deben observar un rostro humano, activan la amígdala más que el grupo de control de mujeres, pero no más que el grupo de control de hombres (citado en Abraham, 2014).

El análisis de los dibujos realizados por niñas con HSC muestra que sus obras presentan elementos marcadamente masculinos, notablemente más que las de niñas sin este diagnóstico, y que, al mismo tiempo, no se diferenciaban mucho de los dibujos de niños sanos (Iijima, 2001). Estos resultados apuntan al hecho de que, aunque en la investigación sobre la creatividad no se aprecian muchas diferencias entre los géneros, si observamos las maneras o estrategias con las que los géneros llegan a resultados creativos, sí encontramos diferencias claras. Abraham (Abraham, 2014) propone que estas diferencias en las estrategias creativas, que pueden verse en la investigación con niñas diagnosticadas de HSC, apuntan a posibles diferencias biológicas en el modo en que los géneros se distinguen al resolver tareas creativas mediante estrategias distintas, y que estas estrategias, según afirma Abraham, podríamos estudiarlas en la actividad cerebral, donde podríamos descubrir correlaciones entre las distintas estrategias cognitivas para resolver tareas creativas y la manifestación de esas diferencias en distintas partes del cerebro.

Investigación desde la neurociencia

La investigación neurocientífica sobre las diferencias de género en la creatividad examina la veracidad de la tesis de que existen diferencias funcionales o estructurales entre los géneros que se manifiestan en las tareas creativas. Se han confirmado efectivamente diferencias estructurales en el grosor cortical de la parte anterior del lóbulo temporal y de la región orbitofrontal en los hombres, y una mayor circunvolución y complejidad cortical en el neocórtex en las mujeres (Luders y Toga, 2010). También se han observado diferencias de género en el procesamiento de las emociones: en las mujeres se halló un aumento de la actividad en la parte izquierda de la amígdala como reacción a las emociones negativas, mientras que en los hombres esa misma parte era más activa ante las emociones positivas (Stevens y Hamann, 2012).

Abraham (Abraham, 2016) cita un metaanálisis de las diferencias de género en la estructura cerebral en el que 167 estudios cumplían los criterios del metaanálisis, y que señaló que en la literatura la investigación ha demostrado en los hombres un mayor volumen de materia gris en varias regiones, por ejemplo la amígdala, el hipocampo, la circunvolución cingulada posterior (posterior gyrus cingulis), el putamen (parte del cuerpo estriado), el polo temporal (en el lóbulo temporal) y el cerebelo (cerebella). Las mujeres, en cambio, tienen más materia gris en las regiones del lóbulo frontal, la circunvolución frontal, la circunvolución frontal media, el opérculo parietal, el tálamo, la corteza occipital lateral, la corteza insular o la circunvolución de Heschl. Las diferencias se dan no solo en el volumen, sino también en la densidad de la materia en esas zonas.

Una investigación muy divulgada que también apunta a la existencia de diferencias de género estructurales es la del conectoma estructural del cerebro humano, que modela las diferencias en la conectividad de los hemisferios. Mientras que en los hombres mostró una mayor conectividad dentro de cada hemisferio (la llamada conectividad intrahemisférica), en las mujeres, por el contrario, halló una mayor conectividad entre hemisferios (la llamada conectividad interhemisférica) (Ingalhalikar, 2014). Abraham (Abraham, 2016) añade que esta investigación fue un ejemplo de la controversia que envuelve el estudio de las diferencias de género en el plano de la neurociencia, pues mientras unos la consideraron completamente innovadora, otros investigadores la pusieron seriamente en duda, señalando, por ejemplo, que la investigación presentaba de forma incorrecta las diferencias de conectividad entre los hemisferios y dentro de ellos como una diferencia cualitativa, aunque se trataba más bien de diferencias cuantitativas, algo que, según Joel (Joel, 2014), al lector le cuesta advertir. Aquí, sin embargo, no estoy de acuerdo con Abraham en que la crítica de Joel represente una oposición binaria a la postura de los autores de la investigación. Y es que Joel, en su carta crítica, admite que los autores encontraron diferencias en la fuerza de algunas conexiones, pero critica el hecho de que esas diferencias no sean tan fundamentales, es decir, cualitativas, como las presentan los autores, sino solo cuantitativas (Joel, 2014).

Puesto que la literatura citada apunta a la existencia de diferencias cerebrales estructurales, tiene sentido examinar si esas diferencias se manifiestan también en las tareas creativas. Mediante resonancia magnética funcional, Abraham (Abraham, 2014) y sus colegas descubrieron que, aunque en los resultados de los tests de creatividad no hay diferencias, lo que implica una similitud conductual entre los géneros, la resonancia magnética puso de manifiesto que los géneros utilizan estructuras cerebrales distintas para un mismo rendimiento creativo. Aunque ambos géneros recurrían en gran medida al hemisferio cerebral izquierdo, los hombres tenían más activadas partes como la circunvolución frontal inferior, la corteza orbitofrontal y el lóbulo parietal inferior, mientras que en las mujeres se activaban más partes como la circunvolución temporal superior anterior y posterior y el lóbulo parietal superior. Diferencias todavía mayores se encontraron en el test de generación de nuevos usos para objetos cotidianos conocidos: en los hombres se activaban redes cerebrales asociadas a operaciones de la memoria semántica, al aprendizaje basado en reglas predefinidas y a la toma de decisiones basada en los resultados (outcome-based decision making). En las mujeres, en ese mismo test, se activaban sobre todo las regiones temporales superiores, que están asociadas a la producción del lenguaje hablado y a la comprensión lingüística (Price, 2010). Además, en comparación con los hombres, las mujeres utilizaban más las regiones temporales superiores anteriores, que intervienen en el procesamiento del habla, y las regiones temporales superiores posteriores, que se relacionan con la teoría de la mente, la percepción social de los rostros o el reconocimiento del movimiento biológico y la comprensión audiovisual (citado en Abraham, 2014). En resumen, parece que los hombres utilizan estructuras cerebrales implicadas en la cognición semántica, el aprendizaje según reglas y la toma de decisiones, mientras que las mujeres activaban regiones del cerebro relacionadas con el procesamiento del habla, la percepción social y la teoría de la mente.

Una división parecida sigue también la teoría de la empatización-sistematización (E-S) de Simon Baron-Cohen, que la elaboró en el contexto del estudio de sujetos autistas. La teoría E-S presenta la idea de dos polos opuestos imaginarios, dos estrategias cognitivas. A un lado está el estilo sistematizador o analítico, que destaca en el análisis y la creación de sistemas, y al otro el estilo empatizador, que destaca en la capacidad de leer y predecir la conducta humana. Baron-Cohen habla del autismo como de una hipermasculinización del cerebro (Baron-Cohen, 2005), en la que la conducta repetitiva y sistemática y las dificultades con la teoría de la mente, que es condición necesaria para la capacidad de leer la conducta humana y, por tanto, de «empatizar», son los dos extremos del espectro E-S que, en la combinación de una S alta y una E baja, confluyen en los sujetos autistas. Baron-Cohen considera el cerebro sistematizador psicométricamente masculino y el empatizador psicométricamente femenino (Baron-Cohen, 2002), lo que se ve respaldado por otras investigaciones de Baron-Cohen y de otros autores que muestran que las mujeres se interesan de media más por las personas, mientras que los hombres muestran mayor interés por los objetos inanimados (Baron-Cohen, 2012).

Baron-Cohen no sostiene que solo los hombres tengan «cerebros masculinos», sino que afirma que el cerebro de tipo S es más frecuente en los hombres y que el cerebro de tipo E lo encontramos, a su vez, con más frecuencia en las mujeres. En sus investigaciones anteriores, Baron-Cohen distingue el sexo del género: considera el sexo algo biológicamente dado, mientras que reconoce el género como un constructo sociocultural; sin embargo, en su trabajo más reciente (Lai, 2017) aparece ya en su obra y en la de sus colegas el término «sex/gender», que expresa la imposibilidad de separar del todo estos dos conceptos, lo que se refleja también en una de las tesis principales de su teoría E-S, según la cual lo que determina la conducta y los patrones cognitivos típicamente masculinos o típicamente femeninos no son tanto los caracteres sexuales secundarios como la influencia de la testosterona prenatal, que en cantidades elevadas puede conducir en ambos sexos a una (hiper)masculinización del cerebro y, con ello, de los patrones o estilos cognitivos (Baron-Cohen, 2002).

Baron-Cohen cita varios estudios empíricos que comentan la influencia de la testosterona prenatal en la conducta y los intereses de los niños. Hacia el primer año de vida se manifiesta un dimorfismo sexual en las preferencias sobre aquello en lo que los niños fijan su atención. Al ver fragmentos de películas, los niños prefieren un automóvil en movimiento, mientras que las niñas prefieren una película que muestra un rostro humano, lo que concuerda con la teoría E-S, que predice en los niños un mayor interés por los objetos inanimados en movimiento (sistemas mecánicos) y en las niñas un interés por los sujetos humanos y sus rostros (Baron-Cohen, 2012). Además, a diferencia de los niños, las niñas muestran hacia el primer año más contacto visual, y la duración del contacto visual es función inversa de los niveles de testosterona prenatal, es decir, cuanta más testosterona prenatal, menos busca el niño el contacto visual (citado en Baron-Cohen, 2012). Baron-Cohen replicó estas diferencias en una investigación muy citada también con recién nacidos, un día después del nacimiento (Connellan, 2000), en la que los autores sostienen que un día después del nacimiento no cabe esperar que las influencias socioculturales hayan podido afectar de forma notable a los recién nacidos, y por ello argumentan que estas diferencias son coherentes con causas biológicas, muy probablemente de carácter neurogenético o neuroendocrino, o de ambos.

Al mismo tiempo, cabe mencionar aquí la ya citada investigación japonesa que analiza dibujos infantiles, los cuales siguen igualmente las propiedades predichas por la teoría E-S, y una investigación nueva, publicada por primera vez en 2016, que pone a prueba las preferencias por juguetes estereotipados según el género examinando tres cohortes de niños según su edad: de 9 a 17 meses, de 18 a 23 meses y de 24 a 32 meses. Se encontraron preferencias de juguetes estereotipadas según el género en todos estos grupos. Con la edad, las preferencias estereotipadas aumentaban (Todd, 2017).

Si, según Baron-Cohen, las mujeres tienen estadísticamente más probabilidades de que sus patrones y su estilo cognitivos partan de la empatización y se beneficien de ella, mientras que los hombres parten de un estilo cognitivo sistematizador, ¿se reflejará esto también en las diferencias de género en la creatividad? Lin et al. (Lin, 2012) buscaron en su investigación la relación entre la creatividad y los rasgos de personalidad y encontraron una correlación positiva significativa entre la apertura a nuevas experiencias (Openness) y la puntuación en un test de pensamiento divergente, mientras que la emocionalidad correlacionaba negativamente con la resolución creativa de problemas (insight problem solving). Lin et al. informan de que a las mujeres les iba mejor en los tests de pensamiento divergente y los hombres puntuaban mejor en los tests de resolución creativa de problemas. La resolución creativa de problemas se diferencia del test de pensamiento divergente en que, aunque también aquí la creatividad es necesaria para resolver una pregunta abierta, exige una solución concreta, con lo que esta actividad creativa adquiere un carácter cerrado y se parece mucho más al proceso científico de búsqueda de una solución, mientras que las tareas divergentes pueden compararse más bien con procesos artísticos de final abierto (Lin y Lien, 2013). La diferencia entre el pensamiento divergente y la resolución creativa de problemas se manifiesta además en que, según la evidencia empírica, estas dos tareas no correlacionan entre sí, y la resolución creativa de problemas la predicen mejor la inteligencia, la capacidad de la memoria de trabajo y las diferencias de género en los rasgos de personalidad (Lin, 2012), mientras que estos factores cognitivos ya no correlacionan con el pensamiento divergente. Por este motivo, Lin et al. (Lin, 2012) proponen que este sorprendente hallazgo podría explicarlo la teoría del doble proceso de la cognición (dual-process theories of cognition). Esta postula que las personas utilizan dos sistemas alternativos de procesos cognitivos: el Sistema 1 y el Sistema 2. El Sistema 1 es un sistema heurístico que procesa la información en modo asociativo, intuitivamente, sin gran esfuerzo. Es el sistema que se desarrolló antes en la evolución e incluye los conocimientos y las experiencias previas. Por otro lado, el Sistema 2 (el sistema analítico) comprende procesos lógicos y basados en reglas, que no están exentos de esfuerzo, sino que consumen recursos cognitivos. Este segundo sistema es evolutivamente más joven y permite el pensamiento abstracto y silogístico (Lin, 2012). Lin y Lien, 2013, propusieron que el Sistema 1 es un estilo cognitivo adecuado para el pensamiento divergente, mientras que para la resolución creativa de problemas es necesaria una combinación del Sistema 1 y del Sistema 2, porque además de generar posibles soluciones se requiere también un juicio analítico sobre qué solución es la más adecuada en el contexto concreto del problema. Su investigación demostró que esta relación, y con ella la hipótesis de la teoría del doble proceso de la cognición, se cumple: en las mujeres encontraron puntuaciones estadísticamente significativas mejores en la mayoría de los parámetros de los tests divergentes, incluidos los rasgos de personalidad de apertura a nuevas experiencias y emocionalidad, que corresponden al estilo cognitivo del Sistema 1, mientras que en los hombres encontraron mejores resultados en la mayoría de los parámetros de la resolución creativa de problemas, y los hombres eran de forma estadísticamente significativa menos abiertos a nuevas experiencias y menos emocionales (Lin, 2012). En pocas palabras, según la investigación de Lin, 2012, el pensamiento divergente correlaciona positivamente con la inteligencia y muy positivamente con la apertura a nuevas experiencias, la emocionalidad y la extraversión, que son rasgos que correlacionan con el género femenino y también con el estilo cognitivo del Sistema 1. Por otro lado, la resolución creativa de problemas correlaciona negativamente con la emocionalidad y muy positivamente con la inteligencia, rasgos que a su vez correlacionan con el género masculino y también con el Sistema 2 cognitivo. Hay que señalar que Lin, 2012, constata que los rasgos de personalidad, sobre todo la apertura a nuevas experiencias, reducen el poder predictivo del género en las tareas de fluidez y flexibilidad creativas, y que las diferencias de género en la fluidez desaparecieron por completo cuando el análisis de regresión tuvo en cuenta la apertura a nuevas experiencias como variable independiente (para los datos detallados del análisis de regresión, véase Lin, 2012).

 

Crítica de la investigación sobre las diferencias de género en la creatividad

Aunque las investigaciones psicométricas sobre la creatividad no demuestran una superioridad inequívoca de un género sobre el otro y más bien se inclinan por la valoración de que, en los tests de creatividad más utilizados, es decir, en los tests de pensamiento divergente y de usos alternativos de objetos cotidianos, los géneros son iguales en creatividad, en el breve repaso anterior identifico varios patrones que podrían, a pesar de todo, revelar ciertas diferencias. En primer lugar, resulta que hasta aproximadamente los 16 años las chicas puntúan igual o mejor que los chicos y que, al mismo tiempo, se diferencian cualitativamente en los resultados de los tests de creatividad figurativa: las chicas prefieren una composición bidimensional y colorida que representa figuras humanas, sobre todo femeninas, mientras que los chicos muestran en sus dibujos, de forma significativamente más frecuente, una composición tridimensional que contiene objetos móviles más que figuras humanas. Lo que me parece interesante es el hecho de que estas diferencias aparentemente de género prácticamente desaparecen si tenemos en cuenta el trastorno genético de la hiperplasia suprarrenal congénita (HSC), que en el plano hormonal transforma a las niñas de tal modo que muestran patrones de dibujo e intereses que se asocian de forma estereotipada, al menos en nuestra sociedad occidental, a patrones de conducta e intereses masculinos, y ello a pesar de que estas niñas se sometieron a una operación de los órganos sexuales y fueron educadas de manera que deberían haber actuado sobre ellas las mismas influencias socioculturales que sobre las niñas del grupo de control. Que las diferencias de género empiecen a manifestarse a favor de los chicos con la llegada de la pubertad podría corresponderse con la investigación de Baron-Cohen, que desde hace tiempo defiende la teoría de que la cantidad prenatal de testosterona, con independencia del género, influye en si una persona mostrará una conducta, unos intereses y unas habilidades correspondientes a una (hiper)masculinización estereotipada.

Los sujetos del espectro autista, tanto mujeres como hombres, de los que se ocupa Baron-Cohen, pueden considerarse según él un caso extremo de cerebro masculino, lo que se manifiesta en una sistematización superior a la media y una empatización inferior a la media, tal como define estas habilidades su teoría E-S. La investigación citada que respalda aspectos de la teoría E-S, como por ejemplo el dimorfismo sexual o de género en los niños en cuanto a la preferencia por juguetes o al contacto visual, no está exenta de críticas. Un libro fundamental, Delusions of gender: how our minds, society, and neurosexism create difference, que analiza los problemas generales de la investigación sobre las diferencias de género, no solo en la creatividad, lo escribió la psicóloga académica Cordelia Fine (Fine, 2011). Barres (Barres, 2010), en una reseña de este libro de la que me sirvo a continuación, escribe por ejemplo que Fine se centra en el diseño de la ya mencionada y muy citada investigación sobre los recién nacidos y su preferencia por mirar un rostro frente a un objeto en movimiento, en la que Baron-Cohen basa su argumentación. Fine sostiene que el diseño de la investigación no excluye la posibilidad de que, durante el experimento, el investigador indicara inconscientemente al recién nacido que se fijara en un objeto concreto. Fine escribe además que, aunque encontráramos estas diferencias en los recién nacidos, no está claro qué relevancia tienen para la conducta en la edad adulta. Por último, Fine señala deficiencias metodológicas de la investigación, como un número reducido de sujetos y la exageración de diferencias irrelevantes, que según Fine pueden compensarse con una intervención bien elegida en forma de práctica y entrenamiento de la actividad en cuestión.

Fine se sumó a Joel con su comentario crítico a la ya mencionada investigación sobre el conectoma humano Sex differences in the structural connectome of the human brain (Ingalhalikar, 2014), que demostraba en los hombres una mayor conexión dentro de cada hemisferio y en las mujeres entre hemisferios. Fine considera esta investigación «neurosexista» (Fine, 2013), porque, en su opinión, los autores de la investigación fueron más allá de lo que muestran los datos cuando en su artículo propusieron, de forma especulativa, que: «los cerebros masculinos están estructurados para facilitar la conectividad entre la percepción y la acción coordinada, mientras que los cerebros femeninos están diseñados para facilitar la comunicación entre los modos de procesamiento analítico e intuitivo». (Ingalhalikar, 2014) Con este hallazgo de diferencias en la conectividad cerebral entre los géneros, Ingalhalikar et al. proporcionan aquí un argumento estructural a la investigación de Lin, 2012, que desde el punto de vista conductual describe dos modos de procesamiento cognitivo (relevantes para la creatividad), concretamente los ya mencionados Sistema 1 (intuitivo y asociativo) y Sistema 2 (analítico, basado en reglas). Fine calificó en concreto la investigación del conectoma de «sutilmente neurosexista», porque «respalda y legitima los estereotipos de género de una manera que no está fundamentada científicamente» (Fine, 2013). Fine (Fine, 2013) cita una investigación (Im, 2008) que sostiene que las diferencias estructurales en la conectividad cerebral son consecuencia de las diferencias de tamaño corporal (las mujeres son de media más pequeñas que los hombres, lo que en cifras absolutas conduce a un cerebro más pequeño, pero al mismo tamaño si tenemos en cuenta el tamaño del cerebro en relación con el tamaño del cuerpo), porque un cerebro más grande no supone solo un simple aumento de escala, sino que conlleva también cambios estructurales necesarios que hacen posible ese mayor tamaño. Además, según Fine, esta investigación no tiene en cuenta las experiencias «marcadas por el género» (gendered), como las aficiones, las asignaturas estudiadas en la escuela y en la universidad o la participación en actividades deportivas.

Sin embargo, la ya mencionada investigación de Baron-Cohen con recién nacidos ofrece un contraargumento cuando afirma que la preferencia por percibir un rostro frente a un objeto difiere ya hacia el primer año de vida, y la investigación del año 2000 (Connellan, 2000) muestra diferencias ya desde el primer día, lo cual es demasiado pronto para que se manifieste cualquier influencia sociocultural. Esta investigación, como sabemos, la critica Fine por sus deficiencias metodológicas. A ello responde, no obstante, Baron-Cohen como uno de los coautores de la investigación cuando, en una reseña (Baron-Cohen, 2010) del libro Delusions of Gender, señala la evidente dimensión política de Fine, que en el libro cita a muchos científicos (varones) de los siglos XVIII y XIX e intenta compararlos con científicos actuales que quizá hoy también pretenderían negar a las mujeres los derechos humanos básicos y atarlas «a los fogones»; dicho de otro modo, Baron-Cohen sugiere que Fine escribe en su libro como si en el sexismo de la ciencia no hubiera cambiado nada fundamental. Tras esta introducción retórica, Baron-Cohen se centra, sin embargo, en los argumentos concretos de Fine que considera problemáticos. Así, en primer lugar, no está de acuerdo en que con un mero cambio de las variables sociopsicológicas al evaluar las diferencias cognitivas podamos borrar todas las diferencias. Baron-Cohen admite que las expectativas y cómo se siente una persona durante una prueba son parámetros importantes, pero escribe que: «el hecho de que la manipulación de variables sociales cambie la conducta no demuestra que sean precisamente esas variables las que causan, en primer lugar, las diferencias sexuales espontáneas» (Baron-Cohen, 2010). Después de responder a la crítica metodológica de su investigación, Baron-Cohen menciona un punto importante relativo a la postura de Fine: mientras que Baron-Cohen y otros científicos son, según Baron-Cohen, moderados al afirmar que las diferencias de género están muy probablemente influidas tanto por la biología como por influencias sociales (socioculturales), la postura de Fine es radical en la medida en que rechaza cualquier posibilidad de que la biología desempeñe algún papel en las diferencias de género. El carácter polémico de la argumentación de Fine y su mezcla de política y ciencia ignoran, según Baron-Cohen, el hecho de que una persona (un científico) puede apoyar la igualdad de género y oponerse a cualquier discriminación en la sociedad y, al mismo tiempo, interesarse por las diferencias de género e investigarlas.

Otra crítica de la investigación sobre las diferencias de género la encontramos en un artículo para la revista Frontiers in Neuroscience, que Fine publicó junto con Jordan-Young, Kaiser y Rippon (Rippon et al., 2014). Señalan problemas institucionales de la investigación neurocientífica sobre las diferencias de género citando investigaciones según las cuales solo se publican los estudios que confirman diferencias de género y, además, las bases de datos con esas diferencias permiten buscar únicamente diferencias sexuales o de género, no similitudes. Rippon et al. proponen además que los neurocientíficos que quieran estudiar con validez las diferencias de género se familiaricen con la investigación de los estudios de género y, sobre todo, con el concepto de interseccionalidad, que en los estudios de género designa el principio de que «identidades sociales importantes como el género, la etnia y la clase social se constituyen, refuerzan y naturalizan mutuamente». (Rippon et al., 2014)

Como ya he mostrado al principio de esta sección, el estudio de las diferencias de género en la creatividad es incoherente, y ya solo por la dificultad de aprehender la creatividad como fenómeno se trata de una tarea difícil, pues no solo es necesario que esa investigación disponga de las herramientas metodológicas para distinguir las influencias biológicas de las socioculturales, sino que además tiene que lidiar constantemente con la redefinición de la creatividad como concepto. Dicho de otro modo, la investigación sobre la creatividad y las diferencias de género no es sencilla, y puesto que no se trata de una tarea puramente lógica en la que podamos deducir sin más las respuestas correctas a partir de axiomas, no podemos evitar la especulación. Estoy totalmente de acuerdo con la crítica de Fine y de otros autores en que la investigación sobre las diferencias de género en la creatividad y, más en general, en la cognición es muy propensa a una divulgación rápida e irresponsable en los medios, con lo que se difunde en la sociedad información distorsionada que puede afianzar estereotipos falsos y dañinos. Por otro lado, en mi opinión no es posible acusar de «neurosexismo» a cualquier investigación que demuestre diferencias de género, del mismo modo que no se puede acusar a todas las investigaciones que demuestran diferencias de género de tener una metodología insuficiente. Las personas somos seres sociales y es inevitable que exista una interacción entre la biología y las influencias sociales, a lo que ha respondido el campo de la epigenética, que reconoce precisamente esta interacción como fundamental para la activación y desactivación de determinados genes a lo largo de la vida de una persona como reacción o adaptación al entorno en el que se encuentra el organismo. Como señala Baron-Cohen, el determinismo social extremo, tal como lo defienden Fine y otros autores, lleva por ejemplo a que los trastornos del neurodesarrollo como el autismo, los problemas de aprendizaje y el retraso en el desarrollo del lenguaje, que afectan más a los niños que a las niñas, así como la zurdera, que también es más frecuente en los niños, tengamos que explicarlos únicamente desde las influencias sociales y sexistas de la sociedad o desde el sexismo en la familia (Baron-Cohen, 2010). Es posible que tarde o temprano se demuestre que las causas de que haya más niños que niñas zurdos son puramente socioculturales, pero la investigación citada más arriba sobre las estructuras cerebrales, sobre los puntos fuertes y débiles de cada género en la investigación sobre la creatividad y sobre la relación entre el autismo y el género es, por ahora, lo bastante convincente como para decir que la biología influye en más del 0 % de las diferencias entre los géneros, y que sea la investigación la que demuestre de qué cifra exacta se trata.

Investigación sobre la eminencia histórica y la variabilidad masculina

Tanto si admitimos que las diferencias de género en la creatividad existen en virtud de factores biológicos como de factores socioculturales, en el mundo real observamos una diferencia notable en cómo se manifiestan los géneros en los logros y rendimientos creativos eminentes. Esta discrepancia histórica la ha estudiado, por ejemplo, Dean K. Simonton, una autoridad en el campo de la investigación sobre la psicología de la creatividad (Simonton, 1994). La respuesta a la pregunta de si la escasez de mujeres en los campos artísticos y científicos eminentes es consecuencia de influencias socioculturales en forma de una evidente discriminación histórica y de la falta de acceso a la educación, que persistieron de forma notable hasta el siglo XX y en muchos aspectos persisten hasta hoy (Abraham, 2014; Baer y Kaufman, 2008), o de las diferencias biológicas, estructurales o conductuales expuestas en este texto, es compleja y requiere una mirada interdisciplinar sobre el problema que incluya tanto la investigación en psicología y neurociencia de la creatividad como la sociología y la historia. Es evidente que esto excede el marco de este texto. Aun así, intentaré resumir la investigación que podría arrojar nueva luz sobre esta cuestión, sobre todo porque se trata de una parte poco explorada de la investigación sobre la creatividad y las diferencias de género.

He y Wong (He, 2011) examinaron las diferencias en creatividad entre 499 chicos y 486 chicas mediante un test de creatividad relativamente nuevo, el Test for Creative Thinking – Drawing Production (TCT-DP), construido a partir del modelo componencial de la creatividad del profesor alemán Klaus K. Urban. El test se diseñó para permitir una concepción más holística de la creatividad que la que ofrecen los clásicos tests cuantitativos de pensamiento divergente (Urban, 2005). El test incluye seis fragmentos figurativos predibujados que el sujeto debe desarrollar como quiera y aprovechar en su propio dibujo. El test está diseñado de modo que los dibujos resultantes pueden evaluarse según varios criterios, entre ellos, por ejemplo, la composición, la elaboración, la asunción de riesgos, la ruptura de límites (conceptuales) o de reglas, la falta de convencionalismo, el afecto y el humor (Urban, 2005).

Desde el punto de vista de las diferencias de género, el uso del TCT-DP no indica ninguna diferencia en la media de los resultados entre los géneros, y solo una tendencia mínima a favor de los chicos, relativamente constante en varias muestras pero estadísticamente no significativa (Urban, 2005). He y Wong (He, 2011) informan de diferencias de género no significativas entre escolares de primero a séptimo curso y, en una muestra de Hong Kong, entre estudiantes de 12 a 16 años. Por último, el test TCT-DP ha sido bien acogido entre los investigadores de la creatividad y se considera un test de creatividad válido (He, 2011; Urban, 2005).

He y Wong (He, 2011) fueron los primeros en intentar observar las diferencias de género en la creatividad a través del prisma de la variabilidad estadística (varianza) en la distribución de los resultados. Aunque en el contexto de la investigación sobre las diferencias de género en la creatividad se trata de un enfoque nuevo, sabemos ya desde finales del siglo XIX, como informó Ellis en 1894, que el sexo masculino presenta una mayor variabilidad tanto en las características físicas como en las mentales (Ellis, 1974). He y Wong (He, 2011) citan investigaciones que encuentran una mayor variabilidad en los hombres en el razonamiento mecánico, las matemáticas y el procesamiento espacial, y en las mujeres en el razonamiento verbal y la memoria a corto plazo. Una mayor variabilidad en los hombres se manifiesta también, de forma más general, en las capacidades mentales, y en las mujeres en la autoestima.

Hyde (Hyde, 2008) informa de una mayor variabilidad masculina en una muestra de estudiantes estadounidenses en tests de matemáticas. Aunque su investigación no demostró diferencias de género importantes en la media de la distribución de los resultados, sí encuentra una mayor variabilidad en los chicos en todos los cursos escolares evaluados (cursos 2 a 11 del sistema escolar estadounidense), con una proporción de entre 1,11 y 1,21 a favor de los chicos. Mucho más interesantes son los datos del extremo de la distribución, en los percentiles 95 y 99. Aquí, en la población blanca, encontramos en el percentil 95 una proporción de 1,45 a favor de los chicos, y en el percentil 99 llega ya a 2,06. Para la población asiática, sin embargo, estos resultados son distintos: en el percentil 95 los chicos superan a las chicas solo en una proporción de 1,09, y en el percentil 99 las chicas asiáticas están incluso más representadas, en una proporción de 1,09.

Para poner a prueba la hipótesis de que los hombres son más variables (la llamada Greater Male Variability hypothesis), Hedges (Hedges, 1993) utiliza una amplia batería de tests cognitivos, véase (Hedges, 1993), incluido el test de CI WAIS en su escala completa. Los resultados de sus pruebas muestran que en 22 casos de 28 los hombres superan a las mujeres en la cola derecha de la distribución. En seis casos las mujeres están más representadas en la cola derecha de la distribución, en los tests de ortografía, los tests lingüísticos, la rapidez y precisión en tareas administrativas y el subtest «digit symbol» del test de CI WAIS. En 15 casos hay más hombres en la cola izquierda de la distribución, y en 7 casos los hombres son más numerosos en ambas colas de la distribución.

Si nos fijamos en los percentiles, en el percentil 95 de la distribución de habilidades hay más hombres en 6 de los 28 tests, en una proporción de 2:1 (5 de ellos son tests de habilidades matemáticas, espaciales y mecánicas). En el razonamiento mecánico la proporción es de 16:1. En el percentil 99,9 de la distribución hay más hombres en 7 de los 28 tests, en una proporción de 5:1, y en el razonamiento mecánico llega a una llamativa proporción de 236:1 y en el test de matemáticas, de 12:1. Los datos que aporta Hedges son coherentes con los presentados por Pinker (Pinker y Spelke, 2005), que muestra diferencias notables y persistentes en el razonamiento mecánico, el razonamiento espacial y los problemas matemáticos de enunciado verbal, mientras que de las mujeres afirma que destacan en el cálculo matemático.

He y Wong (He, 2011) citan además la conocida encuesta nacional escocesa (el patrón oro de la evaluación de las capacidades cognitivas según Pinker en Pinker y Spelke, 2005) de 1932, en la que el 95 % de los niños de once años participó en una evaluación de la inteligencia. Esta prueba masiva mostró que, aunque entre hombres y mujeres existe un gran solapamiento en la distribución de los resultados, los hombres están más representados en ambas colas de la distribución. Dicho en términos sencillos, la distribución muestra que entre los genios y los «antigenios» hay más hombres.

 

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Fig. 1: Representación gráfica de la distinta variabilidad de los resultados en el test de CI entre los géneros. La media de la distribución es la misma. (Scottish Mental Survey, 1932)

¿Se manifestará la distinta variabilidad también en un test de creatividad? He y Wong (He, 2011) responden en su artículo que sí. En el test TCT-DP, los chicos tienen una variabilidad estadísticamente significativa mayor en 5 de las 10 subpuntuaciones. En la zona de la distribución con z ≥ 1, es decir, 1 o más DE por encima de la media, la proporción a favor de los chicos era de 1,61, y para z ≥ 2, es decir, 2 o más DE por encima de la media, de 3,40. En la parte central de la distribución, en torno a la media, había, tal como predice la Greater Male Variability hypothesis, más chicas. Los autores subrayan también que, aunque encontraron diferencias estadísticamente no significativas en los subtests del TCT-DP, en la puntuación total no hallaron diferencias de género estadísticamente significativas, con lo que coinciden con la investigación citada anteriormente.

He y Wong (He, 2011) confirman, por tanto, que también en los tests de creatividad, concretamente en el TCT-DP, puede observarse la tendencia visible en otros dominios de las habilidades cognitivas, en los que los hombres son el género más variable y las mujeres el género que se agrupa en torno a la media de la distribución. Hay que señalar que, naturalmente, la distinta variabilidad en la distribución de las habilidades incluye tanto a chicas geniales como a hombres medios. Sin embargo, como escribe Hedges (Hedges, 1993), la distinta variabilidad influye de forma decisiva en cuántas chicas y chicos con talento podemos esperar en los niveles más altos de habilidad. Hedges escribe que, aunque la media de las distribuciones de chicas y chicos en una determinada habilidad sea la misma, una mayor variabilidad garantiza que, por ejemplo, en el percentil 95 el número de hombres en esa parte de la distribución supere al de mujeres. Siempre, claro está, que consideremos una distribución (curva) normal, gaussiana. Una mayor variabilidad en las habilidades mencionadas es, por tanto, un firme candidato para explicar por qué en el contexto real del mundo vemos diferencias de género en la creatividad eminente. Lamentablemente, la Greater Male Variability hypothesis no nos dice nada sobre por qué existen diferencias en la variabilidad. He y Wong (He, 2011) citan, es cierto, varias hipótesis que sitúan las causas en factores biológicos, histórico-culturales o socioambientales, pero, según afirman, la mayor parte de esa investigación sigue siendo especulativa, y más aún en el contexto de la investigación sobre la creatividad, donde hay que demostrar que esos factores desempeñan un papel en la producción creativa de los individuos.

Resumen de la investigación sobre las diferencias de género en la creatividad

La mayor parte de la investigación citada coincide en que en los tests psicométricos y conductuales de creatividad no existen diferencias estadísticamente significativas entre los géneros. Sobre la base de diferencias estructurales y de estilos cognitivos distintos, incluidos distintos puntos fuertes y débiles, la investigación muestra que los géneros utilizan muy probablemente estrategias cognitivas distintas, derivadas de sus estilos cognitivos, para alcanzar un mismo resultado creativo.

Según la investigación, vemos diferencias de género en la creatividad figurativa infantil, en la que los géneros utilizan motivos, colores y composiciones distintos. Las niñas con el trastorno genético de la hiperplasia suprarrenal congénita (HSC) muestran en el test de creatividad figurativa en cuestión preferencias muy parecidas, incluso estereotipadamente masculinas, en cuanto a tema, color y composición, lo que indica la posibilidad de que sean las hormonas las que median en las diferencias de género, y no el constructo sociocultural del «género» como tal. A las influencias hormonales en las diferencias de género el texto vincula la cita de la investigación de Baron-Cohen, que muestra que una cantidad prenatal elevada de testosterona desempeña un papel en el desarrollo del autismo, al que, mediante su teoría E-S, caracteriza como un tipo de cerebro hipermasculino que destaca en la sistematización pero tiene problemas con la empatización. La preferencia por la sistematización frente a la empatización se da también en las niñas autistas, con lo que Baron-Cohen vuelve a indicar una mediación hormonal de las diferencias de género.

Este texto cita además investigaciones de la neurociencia en las que, mediante resonancia magnética funcional y sobre la base de diferencias estructurales del cerebro, se plantea la posibilidad de que los géneros utilicen para los mismos resultados partes distintas del cerebro y, con ello, también estilos y estrategias cognitivos distintos.

Las investigaciones citadas son, sin embargo, criticadas, entre otros, por académicos y académicas de orientación feminista, que señalan metodologías erróneas y malas interpretaciones de los datos, incluido un conocimiento insuficiente de la investigación actual en estudios de género y del concepto de interseccionalidad, que según algunos autores debería ser lectura recomendada para todos los neurocientíficos que quieran estudiar con competencia las diferencias de género.

Por último, este texto trata la Greater Male Variability hypothesis, que desde hace más de cien años sostiene que los hombres presentan una mayor variabilidad en muchos rasgos cognitivos y de otro tipo. Cito a varios autores que confirman esta hipótesis, incluida una diferencia considerable en el razonamiento mecánico que, en los percentiles más altos de la cola derecha de la distribución de esta habilidad, indica que los hombres predominan en ella. Esta hipótesis se ha confirmado también en la investigación sobre la creatividad, donde, aunque la media de la distribución es la misma para los géneros, mirar los mismos datos a través de la variabilidad revela diferencias de género.

 

Discusión: ¿consecuencias de las diferencias de género en la creatividad?

Vivimos en la actual sociedad de la información, que favorece a los individuos capaces no solo de analizar información compleja, sino también de crear información nueva. Imbesi (Imbesi), por ejemplo, sostiene que el diseño, en tanto que actividad creativa, es uno de los pocos campos capaces de crear los valores con los que empresas y marcas se diferencian entre sí. Castells, Bell y otros escribieron ya antes que la capacidad de manipular la información de forma muy abstracta y técnica y de generar nueva información es importante para la vida en la sociedad de la información. También por eso, las posibles diferencias de género pueden influir de manera decisiva en cómo se manifestarán, de media, los puntos fuertes y débiles de cada género. Si los géneros difieren en creatividad y en estilos cognitivos, eso significa que, de media, hombres y mujeres abordan los problemas de manera distinta. Abraham (Abraham, 2014), por ejemplo, afirma que, si es así, esas diferencias de género constituyen un posible argumento para corregir de forma más activa la representación de las mujeres en campos importantes con influencia en la sociedad, pues las mujeres (y, desde mi punto de vista, también los hombres que muestran un estilo cognitivo estereotipadamente femenino) pueden aportar a la resolución de problemas una nueva dimensión de la cognición y de la creatividad que falta en un entorno dominado por un estilo cognitivo puramente masculino en sentido estereotipado.

Al mismo tiempo, las diferencias de género en la creatividad y la cognición significarían que los materiales pedagógicos y educativos deberían reflejar esas diferencias de modo que aprovecharan al máximo el potencial de los puntos fuertes de cada género y elevaran los aspectos negativos de sus puntos débiles.

Por último, aunque no menos importante, el desarrollo y el diseño de tecnologías, la arquitectura y la planificación urbanística podrían incorporar estas diferencias para adaptarse mejor a cada género.

Reconocer la existencia de diferencias de género en la creatividad y la cognición, si la investigación llega a demostrarlas, podría influir positivamente en el discurso actual sobre las discrepancias de género existentes, que desde el punto de vista del determinismo social radical son el resultado de la discriminación histórica y de un sexismo que todavía persiste.

Por otro lado, soy consciente del peligro que supone confirmar las diferencias de género, pues podría servir para echar, por así decirlo, leña al fuego y, a ojos de ciertos individuos, podría suponer la confirmación de todos los estereotipos y vía libre para continuar, o incluso intensificar, la discriminación por razón de género. Un enfoque racional significaría, sin embargo, que, aunque existan diferencias en la media o en la variabilidad de la distribución, es lógicamente incorrecto atribuir a un individuo todas las características del grupo al que pertenece. Dicho de otro modo, existan o no diferencias de género u otras en determinados grupos sociales, siempre deberíamos tratar a los individuos según sus características concretas, y no según características hipotéticas obtenidas del análisis del grupo social al que pertenece cada persona.

Soy, sin embargo, de la opinión de que el mundo es un «sistema» demasiado complejo como para que podamos permitirnos mentirnos a nosotros mismos, pues no somos capaces de predecir cómo se manifestará esa mentira en el mundo. Aunque tuviéramos buenas intenciones, con una mentira piadosa podemos causar más daño del que pretendíamos. De la investigación citada en este texto se desprende, en mi opinión, que la influencia biológica en las diferencias de género es probablemente superior al 0 %. Por eso, la investigación que intenta desvelar las diferencias biológicas de género, no solo en la creatividad, debería ser legítima. Al mismo tiempo, no se puede pasar por alto que este tema está en el centro de muchos debates políticos y es, por tanto, un tema que despierta también muchas emociones negativas en «ambos» lados del conflicto imaginario. Por eso estoy de acuerdo con Fine y con quienes piden que la investigación sobre las diferencias de género sea una ciencia que aplique los estándares más estrictos en la evaluación de los resultados. Sin embargo, a pesar de los estándares estrictos y del proceso de revisión por pares (peer review), se publican investigaciones en las que con el tiempo salen a la luz deficiencias fundamentales. Pero que la investigación sobre las diferencias de género en la creatividad contenga deficiencias no puede significar a priori que esas deficiencias surgieran porque los autores de la investigación sostienen opiniones sexistas. Del mismo modo que Fine pide una investigación más rigurosa sobre las diferencias de género, también la crítica de la investigación debería cumplir los criterios más estrictos, pues la etiqueta de «neurosexismo» no solo critica la metodología de una investigación, sino que al mismo tiempo da a entender implícitamente que el investigador utilizó deliberadamente una metodología deficiente para imponer sus objetivos políticos. Aquí no queda más que mencionar de nuevo a Baron-Cohen y su advertencia de que los científicos pueden apoyar la igualdad de género y oponerse a cualquier discriminación en la sociedad y, al mismo tiempo, investigar (aun con inevitables excesos y errores) las diferencias de género.

 


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