Las últimas semanas antes de las elecciones presidenciales estadounidenses, probablemente como la mayoría del público, creí en las encuestas y en los modelos estadísticos que predecían que Hillary Clinton ganaría. La fe era lo único que me quedaba, por una sencilla razón: soy un ignorante en matemáticas y estadística, y eso pese a que estoy a punto de terminar un máster en la universidad checa más antigua, de modo que cabría esperar que, como miembro de la comunidad académica y de la imaginaria clase intelectual, estuviera debidamente equipado también con estos conocimientos para mi vida futura. Por desgracia, no es así. Y no culpo de ello a nadie más que a mí mismo. Ya había pensado varias veces, y mucho antes, en mi insuficiente formación matemática, pero son precisamente las elecciones presidenciales de EE. UU., o más bien su resultado, las que me obligan a reflexionar sobre lo que significa hoy ser un intelectual y un pseudointelectual, una persona culta y una inculta.
La disciplina que estudio actualmente me ha mostrado, entre otras cosas, literatura relevante de la que se desprende con claridad, bajo el velo de las grandes palabras y las frases largas, cómo la tecnología y el pensamiento técnico dominan el mundo actual. Aunque en nuestras actividades cotidianas apenas lo notamos, la mayor parte del trabajo, del desarrollo y de la investigación con mayor impacto práctico en la sociedad es en el fondo el resultado del pensamiento técnico o, más concretamente, un resultado basado en una teoría cuya expresión más precisa tiene forma matemática.
Y esto vale también para las humanidades actuales, que desde hace tiempo se preparan a regañadientes para que las capacidades verbales no basten a los futuros académicos: la mala investigación en humanidades la sustituye un buen análisis estadístico, mientras que la buena investigación en humanidades difícilmente puede prescindir del análisis algorítmico. Puede parecer que, por ejemplo, para estudiar literatura no hace falta una formación técnica y matemática; al contrario, la gente estudia a menudo literatura precisamente porque no tiene esa formación ni quiere tenerla. Esta suposición es válida. Obtener un título en esta disciplina no exige que el estudiante tenga conocimientos de programación, pero si uno quiere emprender una carrera profesional como teórico de la literatura, la situación ya no es tan evidente. Al contrario, en los últimos años se ha visto que el uso de análisis de datos sofisticados aporta conocimientos científicos realmente nuevos. Por ejemplo, hace poco pudimos leer que un análisis informático del estilo de las obras teatrales de Shakespeare atribuyó la coautoría de la obra Enrique VI al eterno rival del bardo de Stratford, Christopher Marlowe, a quien desde hacía mucho se consideraba uno de los candidatos de las teorías alternativas sobre la autoría de la obra de Shakespeare. El análisis informático refutó, eso sí, que Marlowe fuera el propio Shakespeare (o al revés, si lo preferís), pero una coautoría reconocida de una de las obras más fundamentales del canon occidental tradicional no es insignificante. Ni para Marlowe ni para la futura relación entre las humanidades y los métodos informáticos, a la que en los círculos académicos se llama, de forma algo vaga, Digital Humanities. Esta relación confirma, sin embargo, lo ya dicho: la potencia de los ordenadores y el software inteligente cambian y complementan los métodos establecidos (no solo) en las humanidades, y al mismo tiempo sigue siendo cierto que los nuevos métodos algorítmicos tienen éxito cuando van acompañados de una investigación clásica de calidad, lo más objetiva y precisa posible. Lo uno no funciona sin lo otro. Al menos hasta que la inteligencia artificial muestre resultados creativos comparables a los humanos. Si eso llegará a ocurrir algún día, no es seguro. Por ahora los ordenadores sirven a los científicos solo como prótesis cognitiva; el elemento humano sigue siendo en muchos casos imprescindible.
Como miramos el mundo en mayor (en las ciencias sociales y las humanidades) o menor medida (en las ciencias duras) desde la posición de un observador humano, debemos contar con que el mundo social siempre se nos mostrará a través de nuestros errores humanos, sesgos cognitivos, ideologías, prejuicios y falta de conocimientos. A menudo decimos que una persona inculta es más propensa a opiniones basadas en las emociones y, en general, a inclinarse por un razonamiento irracional. Pero el problema está también en el otro lado. Cuanto más culta es una persona, más invertidas están su vida y su carrera en una parte concreta, y hay que decir que estrecha, de las visiones del mundo. Donde el «inculto» se limita a especular con sus colegas ante la cerveza de la tarde y por la mañana va a un trabajo que no tiene nada que ver con la política, el «culto» defiende unos valores a los que dedica toda su vida profesional, y a menudo también privada, porque no le queda otra. ¿Cómo podría socavar los valores que le aseguran ingresos y prestigio social, sin contar con que la mayoría de sus contactos sociales se compone de gente como él? De ello se sigue, para mí, que el culto puede ser paradójicamente mucho más propenso a un razonamiento precipitado y emocional, porque, a diferencia del inculto, que como mucho hace el ridículo entre amigos ante una cerveza, al culto se le derrumba la vida si sale a la luz que se ha equivocado todo el tiempo. Equivocarse significa para él una amenaza existencial. Por eso los defensores del estalinismo, del maoísmo, del conductismo y de otras teorías profundamente acientíficas defendieron estas ideas hasta el último minuto, incluso después de que quedara claro qué atrocidades habían cometido contra las personas y las mentes.
Así que ahí están los intelectuales, de quienes cabe esperar especialmente un apego dogmático a sus opiniones. Por desgracia para nosotros, estudiantes oficiales y eternos, son precisamente ellos a quienes miramos con demasiada confianza como a tótems del conocimiento verdadero y no distorsionado. Pero no tiene por qué ser así si somos capaces de juzgar por nosotros mismos si sus ideas merecen que les dediquemos tiempo. Para ello, sin embargo, el estudiante necesita ciertos conocimientos ya existentes a partir de los cuales evaluar los nuevos. Los conocimientos los adquirimos en general a través de nuestras propias vivencias, de la intuición, de la revelación espiritual y, por último, aunque no menos importante, sí, lo habéis adivinado, de nuevo de los intelectuales ya mencionados. Y aunque haya quienes son capaces, en un rincón oscuro de su habitación, sin aporte de ideas ajenas, de deducir ecuaciones matemáticas, comprender el marxismo, escribir los sonetos de Shakespeare o construir un pequeño reactor nuclear, la mayoría de nosotros tomará un libro y absorberá línea a línea las ideas premasticadas de otro, solo para poder reproducirlas luego como propias, con una cita a pie de página o sin ella. ¡Parece que, si queremos evitar aceptar acríticamente las ideas de un intelectual, tenemos que aceptar las ideas de otro! Es un círculo vicioso del que no escaparemos fácilmente.
Lo que podemos hacer es resignarnos a que la mayor parte de los conocimientos que conocemos son sencillamente erróneos o, al menos, como solía decir mi profesor de informática, falsedades. La verdad nueva nace en los márgenes de la corriente principal del conocimiento actual, nunca en su centro, que sirve sobre todo como custodio del statu quo, es decir, de las verdades generalmente aceptadas en la sociedad, a las que los intelectuales se remiten como al «consenso», y la gente que no tiene ni idea de lo que significan en realidad estas verdades provisionales (es decir, periodistas, escritores, comentaristas políticos = personas verbales sin formación matemática y estadística), como a «lo que dicen los expertos». Pero no desesperemos: mucha gente antes que nosotros pasó por el mismo proceso de tantear la verdad y, aun así, alcanzó cierto conocimiento nuevo.
No alcanzaremos la verdad y la objetividad en un futuro próximo — nuestros cerebros no fueron hechos para ello, desde luego, y es un poco por casualidad y por milagro que esa masa gelatinosa que antes servía para cazar mamuts y recolectar frutos del bosque sea ahora capaz de calcular cuándo empezó el universo —, pero podemos acercarnos a ellas mediante el trabajo lento y minucioso de acumular información, clasificar y comparar hechos, a los que vamos añadiendo poco a poco nuestras propias ideas. La mayor parte del tiempo nos moveremos entre sombras, pero de vez en cuando, en la periferia de nuestro pensamiento, captaremos la luz de informaciones que guardan alguna relación con la verdad. Igual que en las humanidades, esta actividad fue hasta hace poco un procedimiento relativamente exitoso de lo que llamamos en general educación. Igual que en las humanidades, mucha información útil solo podía absorberse por vía verbal. Y por la misma razón que en las humanidades, este camino resulta hoy insuficiente.
Tras la publicación de los resultados de las elecciones y el anuncio del vencedor, me sentí engañado. No por el candidato ganador ni por el perdedor, sino por mí mismo. Bajo la presión de los dictámenes de expertos y de las interpretaciones de las encuestas, me dejé convencer de que la candidata a la presidencia, Hillary Clinton, tenía más de un 80 % de posibilidades de ganar estas elecciones. En mi defensa, no fui el único que sucumbió a este «consenso» y, al mismo tiempo, fui uno de los muchos que no tenían los conocimientos necesarios para comprobar al menos los métodos con los que ese consenso se había formado en realidad. Me sentí analfabeto funcional.
Esta idea no es tan rebuscada. El texto, en tanto que medio del pensamiento, sirve cada vez más solo para la divulgación; el verdadero núcleo del saber está codificado en forma matemática. Es lo que, por cierto, escribió Vilém Flusser en su ensayo Alfanumerická společnost, en el que describe cómo el texto y la alfabetización verbal tradicional, antes privilegio de los doctos y del clero, se extendieron gracias a la democratización de la educación; ahora, sin embargo, la sociedad alfanumérica está gobernada por un nuevo clero que domina el lenguaje de las matemáticas (y me atrevo a añadir: el lenguaje general del pensamiento algorítmico y de la programación). Eso no significa que los intelectuales de ayer, como el periodista estadounidense Malcolm Gladwell, vayan a desaparecer de inmediato. La función de los divulgadores de los conocimientos científicos irá ganando importancia para el público lego, porque una parte cada vez mayor del público será (si la tendencia actual no cambia) funcional o completamente analfabeta en matemáticas. Para los nuevos intelectuales, los guardianes del saber, para las personas de mentalidad matemática, Gladwell será quizá inútil o incluso contraproducente, porque sembrará en la sociedad un montón de falsedades y mentiras.
¿Significa esto que todo aquel que quiera considerarse hoy una persona culta tiene que estudiar necesariamente matemáticas? Es del todo evidente que en la práctica no tiene por qué ser así, y no lo es. Pero si el objetivo del intelectual es la verdad (por ingenua que suene esta palabra en una sociedad posmoderna), el pensamiento matemático y estadístico es sin duda una herramienta adecuada para acercarse a ella. Así lo entiende, por cierto, incluso el epicentro de toda intelectualidad, es decir, las universidades, cuando empezaron a incorporar las matemáticas a disciplinas tradicionalmente verbales. Ya he mencionado las Digital Humanities, que son la aportación más reciente de la incorporación de las matemáticas a las humanidades; revoluciones parecidas pudieron observarse en la matematización de la economía, de la sociología y recientemente incluso de la historia y la teología, cuando el académico e historiador Richard Carrier utilizó la estadística bayesiana para reevaluar los hechos en los estudios sobre el cristianismo primitivo y la existencia de Jesucristo.
La matematización del pensamiento, sin embargo, no está exenta de rincones peligrosos. Salvo quizá en las propias matemáticas, donde dentro de algún sistema axiomático se puede demostrar inequívocamente que una expresión dada es verdadera, o en la física, donde los conocimientos teóricos pueden verificarse experimentalmente con la técnica necesaria, en todas partes hace falta añadir a las ecuaciones algunas hipótesis propias, y con ellas todo ese equipaje humano en forma de ideologías y sesgos cognitivos. Llegamos así al extremo opuesto: las matemáticas «sin horas de sociología, historia, antropología cultural, etnología o filosofía» pueden servir no solo a la propaganda ideológica, sino también a agendas político-económicas destructivas. En el número de noviembre de Literární noviny, Michal Rubáš ofrece en su columna O ne-užitečnosti matematiky uno de muchos ejemplos: en la economía alemana se calcula que «en los próximos años [será] necesario sustituir la merma de la mano de obra nacional, que se va extinguiendo, por trabajadores del extranjero, y entre ambas variables escriben “igual a”. […] Si los directivos de la industria hubieran estudiado algo distinto de economía o matemáticas, habrían aprendido que, aunque muchos objetos puedan designarse con signos iguales o parecidos, no por ello adquieren las propiedades de los signos ni empiezan a parecerse más entre sí». (Literární noviny, 11/2016, p. 2) Sí, incluso a la reina de las ciencias, las matemáticas, se la puede injertar en una ideología, sobre todo cuando abstraer todas las propiedades reales de los objetos de las ecuaciones simplifica tan estupendamente los cálculos, donde a un alemán nativo y formado se le puede cambiar por una persona sin conocimiento de la lengua, la cultura y la sociedad del lugar, una persona sin arraigo y sin seguridad en la vida.
¿Qué se desprende de todo esto? La palabrería verbal, sin razonamiento lógico y sin las capacidades necesarias para obtener e interpretar automáticamente los Big Data; una palabrería que en su argumentación apunta a las emociones del lector, es tan tóxica como los modelos matemáticos puritanos de los Fachidioten de la técnica. Uno tiene un diploma en retórica y literatura inglesa; el otro, en topología algebraica. Estos dos polos opuestos se encontraron en las elecciones presidenciales estadounidenses, con el fin de sentar unánimemente en el sillón presidencial a la primera mujer, demócrata, madre de todos los guerreros sociales y abuelita buena de los lobos feroces de Wall Street.
Los analfabetos funcionales en estadística y matemáticas solo podían contemplar una bonita infografía que se presenta tan seductora como un largo ensayo del New York Times lleno de citas de obras literarias. Ambos productos, que reducen datos complejos con muchas variables a un resultado digerible para la mayoría humanística analfabeta en matemáticas, funcionan como un meme que se (mal)utiliza en la sociedad para argumentar, intimidar a los adversarios políticos y desinformar. La mayoría humanística analfabeta en matemáticas se dejó arrastrar por unas cifras que para ella no decían nada. Periodistas, «pundits» políticos y comentaristas difundieron y reciclaron este meme, que para ellos era una caja negra, comida rápida epistemológica, porque su formación (y a menudo también su inteligencia) no digiere nada numérico.
Siento que yo fui uno de ellos. No porque difundiera conscientemente su ideología, sino porque no fui capaz de aportar contraargumentos matemáticos y estadísticos que expresaran mi desacuerdo con la forma en que los medios mayoritarios interpretan el mundo (estadounidense). Sin una comprensión más profunda de dónde salen los datos y cómo se tratan, mi papel, para algunos el papel de un intelectual, se redujo a citar con elegancia investigaciones que me llevaron a una determinada convicción. Todo mal. Me estrellé, como la mayoría. Cuando han caído todas las ilusiones de que se puede externalizar la propia toma de decisiones en iconos mediáticos incompetentes, ¿qué hacer?
En primer lugar, hay que mantener los pies en el suelo y decir desde el principio que no es realista que todo verdadero intelectual de la era de la información descargue a diario nuevos datos para analizarlos durante la noche en su ordenador, solo para que al día siguiente todo cambie y pueda empezar de nuevo. Unos algoritmos más sofisticados, accesibles al público, pueden sin duda simplificar muchas cosas, pero junto a esa solución mi propuesta es mucho más prosaica: el verdadero intelectual de la era de la información debería ser capaz de tomar una colección de datos en bruto y aplicarle un análisis según métodos matemáticos, pero también según hipótesis que elige él mismo, y ser capaz de aplicar él mismo sus hipótesis a un modelo estadístico. Si el análisis resultante tiene algo que ver con la realidad dependerá ya de qué hipótesis prefiera cada uno según su comprensión del mundo.
Propongo, pues, que todos los que se consideran intelectuales, analistas y demás figuras públicas que hablan al pueblo se jueguen el pellejo: mostradnos los datos de los que partís; describidnos la metodología y las hipótesis con las que interpretáis los datos; por último, adjuntad toda esta información a vuestro artículo o publicadla en vuestro perfil público, tipo GitHub. Argumentad (con) datos. Porque la palabra no es una herramienta ideal para abarcar sistemas complejos dinámicos. Basta ya de retórica verbal a lo New York Times. Todo universitario debe ser capaz de descargarse los datos y la descripción de la metodología y pasarlos por sus propios programas. Si la universidad es una preparación para la vida, la competencia numérica y la soltura con los datos son el latín de nuestro tiempo, son la lingua franca de las personas cultas.
Si alguien anhela la paz y la felicidad, que tenga fe en los demás, aunque corra el riesgo de repetir como un loro un alimento premasticado. Una persona así, aunque sea universitaria, será publicidad barata e idiota útil de todos los ideólogos. Pero si quiere ser discípulo de la verdad, que investigue en el universo de los datos.
(Errores, erratas y preguntas, escribid a hello(at)jakubferenc.cz)