El papel más importante de la tecnología es su capacidad de reducir la complejidad de nuestras vidas. Hay muchos procedimientos que los diseñadores pueden aplicar para alcanzar este objetivo. Tras un análisis más profundo del problema, se ofrece un proceso que podría ser candidato a mecanismo universal de por qué la tecnología que reduce la complejidad es tan eficaz. Ese mecanismo es la creciente abstracción, que cada vez más desencarna y distancia la complejidad con el fin de proporcionar a nuestro intelecto una inter-faz (en checo roz-hran-í, literalmente un «entre-bordes») hacia la red de múltiples capas de relaciones entre las cosas. Llamemos a este proceso de abstracción transducción, como homenaje a dos gigantes del pensamiento filosófico francés: René Descartes y Gilbert Simondon. Recordemos que Descartes entendía por transducción el proceso que realizaba la glándula pineal (pineal gland), que conectaba el cuerpo y la mente, mientras que Simondon, en su ontología, designaba como transducción el proceso de individuación orientado hacia un individuo metaestable que emerge de las profundidades de una capa virtual e indivisa de la realidad que contiene el potencial para la actualidad.
La manera más sencilla de imaginar el concepto de tecnología como reducción y abstracción de la complejidad son, por ejemplo, encender fuego y programar.
Si el hombre primitivo quería calentar su presa de carne para que supiera mejor y, además, eliminar las bacterias calentándola, necesitaba encender fuego. Primero esperaba a la naturaleza, a que cayera un rayo. Después aprendió a conservar el fuego encendido por la naturaleza. Al cabo de un tiempo aprendió a encenderlo él mismo. Más adelante, ya hacia el presente, describimos la reacción química que hay detrás del fuego. Por último, aunque no menos importante, descubrimos que hacer vibrar las moléculas de H2O mediante microondas produce como efecto secundario calor y calienta la comida. Un solo botón del horno microondas es una interfaz hacia las complicadas entrañas del horno. No hace falta conocer las leyes de la física ni emplear fuerza física para encender fuego. A través de la tecnología, calentar la comida se ha convertido en un acto teórico-verbal: guardar en la memoria verbal un símbolo semiótico y la función asociada a él.
La tesis de Turing de la Máquina Universal, que con mecanismos sencillos debería «calcular» mediante procesos computacionales todo lo que puede formalizarse en una cadena de símbolos, anticipó la posibilidad de separar la estrecha unión entre hardware y software. Para los primeros ordenadores eléctricos y, más tarde, digitales, sin embargo, su funcionamiento seguía estrechamente ligado a la composición de sus componentes físicos. Al principio, la programación constaba de dos partes distintas. La primera parte era analítico-matemática: en ella había que idear en el plano teórico cómo poner en marcha aquella enorme maquinaria que se extendía por varias salas. Una vez terminada esta parte teórica, era necesario implementar la teoría en la realidad física del ordenador recableando las conexiones. Este recableado significaba seguir la teoría con rigor, recordar dónde se encontraban las distintas conexiones y conectar los cables según lo requerido. Este acto cognitivo se parece mucho a memorizar un símbolo semiótico (una posición, la etiqueta de un cable) y la función asociada a él.
Fue una mujer, la programadora Kathleen Booth, quien diseñó la primera capa abstracta por encima de la implementación física del código —el lenguaje ensamblador—, que permitía comunicarse con el ordenador mediante operaciones primitivas, pero aun así poderosas: traslados del contenido de la memoria de un lugar a otro, saltos, condiciones, etc. Otra mujer, Grace Hopper, elevó la comunicación con el ordenador a algo que de verdad se acercaba a la comunicación. Diseñó el primer lenguaje de programación, COBOL, tan popular en los grandes círculos corporativos, pues en tanto que lenguaje relativamente declarativo abstraía la complejidad de la implementación de los algoritmos, y ahora era más importante pensar en qué debía hacer el ordenador que en cómo hacerlo. Con la llegada del lenguaje C, la filosofía declarativa de los lenguajes de programación quedó relegada en favor de los lenguajes imperativos, en los que había que describir con relativo detalle cada paso del ordenador; sin embargo, este lenguaje de programación de alto nivel ya se beneficiaba de su abstracción, mayor incluso que la de los lenguajes ensambladores.
A los lenguajes de programación de alto nivel les siguió la aparición de la interfaz textual de la línea de comandos y del teclado como dispositivo de entrada. Quizá por primera vez podemos hablar aquí de interacción con el ordenador, pues los ordenadores, en un bucle infinito de retroalimentación, reaccionaban a las órdenes que introducía el usuario. Este concepto de retroalimentación se utilizó también en la primera interfaz gráfica. Ahora la maquinaria interna del ordenador, por ejemplo un cambio en el contenido de la memoria principal, podía ponerse en marcha con un simple clic en un botón. La gestión del ensamblaje tecnológico se redujo a la gestión de un espacio visual bidimensional. Los lenguajes de programación, por supuesto, no se extinguieron, y en muchos casos siguen siendo la mejor manera de comunicarse con el ordenador y obligarlo a hacer lo que le pedimos. Sin embargo, los lenguajes de programación de cada vez más alto nivel, incluido el regreso de la forma declarativa de programar, suponen una evolución monumental en la manera en que interactuamos no solo con el ordenador, sino con todo el ensamblaje de ordenadores, redes, el internet de las cosas y, por último, aunque no menos importante, muchas partes de nuestras vidas mediadas por la tecnología. Todo ello está ahora, en la mayoría de los casos, escondido detrás de botones, y con una tendencia creciente empezamos a comunicarnos de verdad con el ordenador, tal como fue en otro tiempo el sueño de los relatos populares de ciencia ficción. Las asistentes digitales como Siri o Cortana (fijémonos en el género) son ahora una de las formas de interacción más naturales: la comunicación verbal.
Por un lado, imaginemos la maquinaria tecnológica, todos esos objetos materiales, redes y conexiones que alguien tuvo que diseñar y construir. Por otro lado, estamos nosotros como usuarios. Estos dos lados se comunican entre sí a través de la interfaz, que cumple la función de traducción, o transducción, por la cual dos lados incompatibles son capaces de comunicarse. La interfaz, en tanto que intermediario concebido del modo más general posible, proceso y entidad a la vez, aquello que está en el espacio liminal entre, nivela, borra, conecta y corrige sus incompatibilidades. De este modo, la interfaz es un proceso de transducción (traducción). Al ser humano y a la entidad inanimada les proporciona dos funcionalidades básicas: la reducción de la complejidad y la extensión de las capacidades. Paradójicamente, la reducción de la complejidad parece ser, al menos para el ser humano, un requisito previo de la extensión de las capacidades.
Como ecuación hipotética de la interfaz podemos escribir lo siguiente: interfaz = reducción de la complejidad = transducción = extensión de las capacidades
Puesto que esa reducción de la complejidad y esa extensión de las capacidades se producen a través de la interfaz, quizá podríamos decir simplemente que la interfaz es un medio en el sentido mcluhaniano, en tanto que entidad-proceso cuya naturaleza básica es la interacción constante con otras entidades y la traducción entre ellas.
Aunque McLuhan hablaba de la extensión de nuestra mente como uno de los efectos del medio, hasta ahora no he sido capaz de reconocer en su obra una inclinación hacia la idea de que una función no menos importante del medio, y por tanto también de la interfaz, es la reducción de la complejidad, que quizá no sea una función separada de la interfaz, sino la otra cara de la misma moneda.
Y quizá no; quizá la extensión y la reducción mediante la interfaz sean dos estrategias independientes entre sí. Y por eso merecerían nombres propios. Por falta de inventiva, creo que de momento bastarán los términos extensión interfacial y reducción interfacial.
Precisamente la extensión interfacial y la reducción interfacial son, a mi juicio, las estrategias de éxito del mundo occidental. Pero traen consigo también sus problemas. Ya McLuhan decía que el mundo occidental está demasiado orientado hacia lo que llamó «figure», es decir, la superficie de las cosas, a costa del «ground», la profundidad o el fondo de las cosas y, para McLuhan, sobre todo de los medios. Este fondo del medio es la forma misma, mientras que el contenido del medio es trivial y, para el análisis de McLuhan, una «superficie» irrelevante de los medios. McLuhan diagnosticó un problema de la sociedad moderna, dependiente de la tecnología.
Mi opinión es que el uso de la tecnología (que McLuhan empleaba como sinónimo de los medios) conduce inevitablemente a las estrategias de reducción interfacial y extensión interfacial. Usamos la tecnología para no tener que ocuparnos ya de lo complicado de ciertas cosas o procesos. Por eso creamos una interfaz que oculta esta complejidad y nos proporciona solo las funciones y los mecanismos que a nuestros ojos son relevantes.
Tarde o temprano, sin embargo, olvidamos que la interfaz es solo una (re)presentación de algo que existe separadamente de la propia interfaz. Pero ¿de qué es la interfaz una (re)presentación? De algo que hasta entonces no existía; es un encuadre imaginario de cierta complejidad tecnológica del mundo; la interfaz, en todas sus formas, es una imagen mental sintética o, más bien, un mapa cognitivo de la manera en que pensamos el mundo. También por eso, más que una entidad, una cosa o un objeto, la interfaz se muestra como una relación entre el ser humano y el mundo. Una relación, sin embargo, que hasta entonces no existía, lo que hace de la creación de una interfaz un acto creativo par excellence, pues bajo sus alas sintetiza el mundo de la materia y el mundo de las ideas y, sobre la base de cierta ideología, crea una nueva relación con la tecnología y, a través de ella, con el mundo.
La interfaz nos permite manipular cada vez más nuestro mundo físico por medio de la palabra. Algún día la reducción interfacial y la extensión interfacial alcanzarán tal nivel de abstracción que a alguno de nosotros le bastará con decir: «hágase la luz».
Antes de que llegue ese momento, predigo que termina la era del dominio del pensamiento lógico-matemático y comienza de nuevo un periodo privilegiado de la Palabra, de la inteligencia verbal. No significa que los lenguajes formales como las matemáticas no vayan a ser necesarios, pero en la mayoría de los casos se convertirán en la vertiente técnica del método para descubrir nuevas interfaces. Los diseñadores tomarán después ese potencial técnico y crearán una interfaz real que les permitirá a ellos mismos, pero también a la parte de la sociedad sin orientación técnica pero con dotes verbales, utilizar la interfaz para controlar una parte cada vez mayor del ensamblaje sociotécnico que Benjamin Bratton llama The Stack.
Al Stack pertenecen también la cultura y la sociedad, y la estrategia de reducción interfacial puede tener sobre ellas una influencia negativa. Porque esa reducción es siempre una compresión con pérdida. Esto significa que a partir de la interfaz sola no es posible recuperar toda la complejidad mediante ingeniería inversa. Pero si no nos tomamos la molestia de rastrear hacia atrás, en la medida de lo posible, aquella complejidad original que se esconde detrás de la interfaz, la realidad se irá formando cada vez más solo por medio de la interfaz. Se irá simplificando y deformando, y será cada vez más difícil, incluso para personas por lo demás muy inteligentes, hablar o escribir sobre la complejidad real del mundo, pues se acostumbrarán demasiado a la comodidad de la reducción interfacial.
Si no me equivoco, la interfaz crea su propia ideología, que se deforma cada vez más hacia dentro, de modo que, figuradamente, solo se exprimen de ella los elementos esenciales, sus bloques de construcción. El mundo complejo y orgánicamente interconectado se convertirá en un universo de interfaces que, por así decirlo, se desploman sobre sí mismas como agujeros negros. Las ideologías se volverán más simples y más fáciles de distinguir unas de otras. ¿Es posible que esto conduzca a una sociedad muy fuertemente polarizada que, de un todo holísticamente orgánico, se desintegre en círculos herméticamente separados, en burbujas sociales?
¿Pagamos un impuesto intelectual y social por ser usuarios de la tecnología y de las estrategias de reducción y extensión interfaciales, que nos ponen en un estado esquizoide en el que, por un lado, somos capaces de mucho más, pero nos volvemos más tontos, igual que un universitario de primer curso que ve muchos vídeos de YouTube y cree que la cantidad de lo que ha visto lo convierte en un pensador más culto y más profundo que su profesor?
Quizá McLuhan tenía razón. La inteligencia verbal es demasiado superficial, demasiado interfacial. Las palabras son también una interfaz, pues dividen la realidad holística en trozos discretos (digitales). Quizá nuestra ceguera, nuestra incomprensión de que nombrar no equivale a la complejidad real de la realidad, nos ha desviado del camino. Aunque la inteligencia verbal ha aportado mucho a la sociedad occidental, nos ha apartado de una concepción holística del mundo, tan común en otras comunidades, por ejemplo en muchos estados africanos y, por último, aunque no menos importante, en las tradiciones indígenas que aún quedan.
En el principio era la Palabra, sí, pero antes de ella estaba la Inteligencia. Confundir ambas cosas no es sabio.