A raíz de la lectura de los libros II, III, VII y VIII, en este breve ensayo reflexionaremos sobre la educación como formación sistemática de los muchachos, que se divide en la temprana educación poética y musical, un estudio más avanzado basado en los números, que enseña al alma a dirigir la mirada hacia arriba, hacia los entes, y, finalmente, para los muchachos más talentosos de la ciudad, la potencialmente peligrosa dialéctica.

La educación de los muchachos se cuenta entre las piedras angulares de la constitución de la ciudad. Esto vale también para la aristocracia en tanto que la mejor de todas las constituciones de la ciudad. El patrón causal del que partimos es, a grandes rasgos, el siguiente. Todo el diálogo del libro VIII de la República enlaza con la estructura tripartita del alma definida anteriormente (437b–441c) y describe cómo la decadencia de la virtud en los hombres y la consiguiente degeneración de la ciudad se deben a la limitación del poder de la parte racional del alma (λογιστικόν) y a la sustitución de su dominio por una de las partes inferiores del alma, es decir, por la fogosidad (θυμός) o por el apetito (ἐπιθυμητικόν). Como es sabido, según qué partes del alma son más activas en los miembros de la ciudad, Sócrates introduce una taxonomía de las constituciones deficientes de las ciudades: de la aristocracia ideal nace la timocracia, de esta la oligarquía, le sigue la democracia y, finalmente, la tiranía. Como se señala en (THEIN, 2014), la relación entre la naturaleza humana (la distribución de la influencia de las partes del alma) y el orden de la ciudad no es una mera correspondencia, sino que la relación es causal y unidireccional: «la naturaleza de los gobernantes determina directamente la naturaleza de la constitución correspondiente de la ciudad» (THEIN, 2014, p. 240; 544d-e).

Nuestro objetivo no es aquí una descripción detallada de las causas y del curso de las decadencias de una constitución a otra. Para subrayar el papel causal de la educación, sin embargo, señalaremos dos cosas: en primer lugar, qué educación es necesaria para el desarrollo y el mantenimiento de la aristocracia; y, en segundo lugar, qué debe cambiar, y no solo en la educación, para que se produzca la primera degeneración hacia la timocracia.

En el libro séptimo encontramos una especie de culminación de la sistematización del programa educativo para los hombres jóvenes que han de ser educados como guardianes y, después, como filósofos-gobernantes. Ya desde la alegoría de la caverna vemos que el comienzo del camino del filósofo es un giro desde la sombra hacia la luz y el conocimiento de la Idea del Bien. La tarea de la educación no es poner «vista en ojos ciegos», sino girar todo el cuerpo y el alma desde las cosas terrenales y cambiantes hacia arriba, hacia las «cosas de la verdad», las Ideas inmutables y, sobre todo, la Idea del Bien (518b–519a). Tal camino de giro de la mirada del alma requiere varios grados de educación. Al principio hay que estudiar la gimnasia y el arte musical, que desarrollan la «armonía» y la «concordancia» (521d–522b). Después Sócrates recomienda varias disciplinas de base matemática (la ciencia del número, la agrimensura, la geometría, el estudio de los astros, la astronomía, la armonía), que elevan la mirada del alma hacia arriba (con la condición de que la astronomía se cultive adecuadamente, pues, según Sócrates, puede por el contrario volver la mirada del alma hacia abajo, hacia la materia). Solo quienes perseveran, tienen éxito en las materias anteriores y alcanzan la edad de treinta años pueden pasar al más alto de todos los saberes, es decir, a la dialéctica. (537d)

Esta arrastra la mirada del alma hacia arriba desde el fango bárbaro, también sirviéndose de los conocimientos de las disciplinas anteriores (533d). Sócrates advierte de que los muchachos pueden abusar del arte dialéctico como de un juguete, entregándose a la refutación vana de las pruebas y a la crítica de todo lo que oyen. Los muchachos demasiado jóvenes e inestables ladrarían «como cachorros» y lanzarían dentelladas a todo. Por eso los muchachos deben aprender la dialéctica a una edad en la que ya son estables, poseen ya algún saber y no se deslizarán, a causa de su constante refutación de todo lo que oyen, hacia una especie de relativismo en el que dejarían de honrar los principios originales de su padre y las leyes de los legisladores. (VII, 538c–539d).

Tras cinco años de entrenamiento sistemático en la dialéctica, que se considera la cima del «sistema de los saberes» (534e), el filósofo así equipado es aquel que:

«[…] en cada cosa capta el sentido razonado de su ser […] Y de aquel que no es capaz de ello dirás que no tiene conocimiento racional de esa cosa, precisamente porque no es capaz de aclararse a sí mismo ni a otro ese sentido […]» (534b–c, el énfasis es mío)

Sócrates menciona varios otros rasgos de carácter que el filósofo gobernante debe reunir. Entre ellos se cuenta, por ejemplo, que el filósofo-gobernante ha de estar poco dispuesto a gobernar. Asume el gobierno solo porque se da cuenta de que en la ciudad no hay nadie mejor. O bien quiere impedir «la realización de formas peores de gobierno» (THEIN, 2014, p. 204).

Hay que añadir que todo el sistema educativo, hasta ahora inexistente, que ha de preparar a los futuros guardianes-filósofos-gobernantes contiene muchos recortes y mucha censura, para que el contenido enseñado en las distintas disciplinas no corrompa a los muchachos desde la más tierna edad. En el libro III, por ejemplo, encontramos toda una serie de preceptos sobre cómo deben ser representados los dioses en la poesía; qué exactamente debe fortalecer la poesía en los muchachos y, por el contrario, qué pasajes y temas están prohibidos: los muchachos no deben oír mitos que representen a los dioses como malvados; la poesía ha de fortalecer el valor, mientras que el patetismo exagerado de los cantos fúnebres está prohibido. Además, los guardianes no deben, a través de la poesía, meterse en papeles que podrían estropear su carácter: esclavos, mujeres, borrachos, etc. (386a–392c)

¿A qué ha de conducir una forma de educación tan estricta? Como ya se ha mencionado, no solo en el libro VIII de la República seguimos la relación causal entre el contenido y la estructura (tripartita) del alma de las personas individuales y el estilo de la constitución por la que se rige la ciudad en cuestión. Si existe, pues, una relación causal Alma => Constitución de la ciudad, podemos añadir que es precisamente la educación la que forma el alma, y por tanto la relación causal podría tener el siguiente aspecto:

Educación => Alma => Constitución.

Los filósofos, en tanto que los mejores de todos los guardianes, pues se han sometido a la educación en la dialéctica, gracias a la cual su alma es capaz de contemplar los Entes y, sobre todo, la Idea del Bien, serán administradores de la ciudad involuntarios, pero benévolos. Una ciudad así continúa entonces su existencia y prospera si: «se mantienen una crianza y una educación adecuadas, hacen que en la ciudad surjan individuos capaces, y los individuos buenos, a su vez, al recibir tal crianza, se vuelven aún mejores que los anteriores, tanto en las demás cosas como en lo que respecta a la procreación, igual que ocurre con los demás seres vivos» (VI, 424a–c). Los administradores de la ciudad tienen encomendada la enseñanza de los muchachos jóvenes. Si administradores bien y adecuadamente educados enseñan a la generación futura, y todo lo demás sigue en orden, Sócrates espera que las generaciones futuras sean más refinadas que las anteriores. Tal «efecto eugenésico» sobre los recursos humanos de la ciudad ha de garantizar que una abundancia de hombres excelentes, virtuosos y gobernados por el componente racional del alma asegure la estabilidad de la constitución aristocrática de la ciudad. Sócrates advierte, sin embargo, de que cualquier cambio en la estructura de la educación puede cambiar las estructuras de la constitución de la ciudad y sus leyes, por lo que los administradores de la ciudad deben evitar cualquier novedad en la enseñanza de la gimnasia y del arte musical, para que no se corrompa: «pues en ninguna parte se alteran las leyes musicales sin que se alteren al mismo tiempo las más grandes leyes políticas, como dice Damón, y yo le creo» (VI, 424c)

Si todo funciona como exhorta Sócrates y los administradores aplican de manera adecuada los procedimientos educativos a la enseñanza de las nuevas generaciones, parece que estos dos elementos se sostienen mutuamente de forma cíclica y no hay motivo para temer la decadencia. Sin embargo, al comienzo del libro VIII Sócrates toma prestada la voz de las Musas, por medio de las cuales explica la causa de la primera decadencia de la aristocracia y el comienzo del paso a la timocracia. Las Musas afirman que todo lo que ha nacido está, tarde o temprano, abocado a la destrucción. En concreto, en el caso de los administradores de la ciudad perfecta, la culpa la tiene una manera inadecuada de engendrar descendencia. Las Musas afirman que existe un número geométrico, calculable mediante complejas operaciones matemáticas, con el que se puede predecir cuándo deben nacerles hijos a los administradores (VIII, 546a–547a). Nacerán así descendientes menos talentosos, en los que otra parte del alma se vuelve más dominante, y que además descuidarán la educación, primero la del arte musical y después también la de la gimnasia. Esto producirá desigualdad e irregularidad, que conducirán a la discordia y al comienzo de la transformación hacia la constitución timocrática. La constitución timocrática se caracteriza por la represión de la influencia de la parte racional del alma, en cuyo lugar entra la influencia de la parte fogosa (θυμός) del alma, sobre todo de las cualidades de la «rivalidad y la ambición» (548c). Mientras que el padre del hombre timocrático sigue gobernado por el lado racional del alma, su pasividad frente a los deudores de la familia y su falta de disposición a participar en la vida pública de la ciudad hacen que la madre y los criados se quejen del padre delante del hijo y lo acusen de falta de hombría y de capacidad de actuar. Todo esto se manifiesta en un desplazamiento del alma del hijo timocrático, que empieza a apreciar el honor y el dinero por encima del bien y de la razón. Un alma timocrática así relega a un segundo plano la importancia de la educación aristocrática tradicional. Sigue siendo, es cierto, un amante del arte musical y de la retórica, pero el hombre timocrático ya no tiene un talento lo bastante desarrollado como para ser él mismo activo en la música o un buen orador. Su relación con la educación aristocrática es una mera sombra; quizá comprende su importancia, pero ya no participa en ella, ni puede hacerlo. Al contrario, es un amante del poder, del ejercicio corporal y de las hazañas bélicas. (VIII, 549a)

La sociedad aristocrática presuponía que sus administradores tendrían la capacidad activa de entregarse a un entrenamiento riguroso, no solo por el bien de las almas individuales de los administradores-filósofos, sino que cabe suponer que la enseñanza dialéctica y su cultivo influían en el saber de la sociedad más amplia de la ciudad. Como se ha dicho más arriba, el conocimiento racional de los administradores-filósofos presupone que son capaces de explicarse a sí mismos y a otro el sentido de los entes. El método dialéctico, no muy distinto de los propios diálogos socráticos, es un elemento purificador, sobre todo de una sociedad de base oral, en la que toda la comunicación y la transmisión pública de información se realiza mediante la forma activa de la comunicación hablada. Quienes practicaban la dialéctica en la ciudad aristocrática no solo purificaban su propia razón, sino que es probable que toda la ciudad se beneficiara de que los pensamientos de la mayoría en la ciudad pudieran ser potencialmente puestos a prueba y purificados. Si la dialéctica era la culminación de los métodos educativos para volver el alma desde la sombra de las sensaciones hacia arriba, hacia los entes y, ante todo, hacia la Idea del Bien, la pérdida de su influencia en la sociedad timocrática ha de llevar a que la sociedad se interese progresivamente más por las cosas terrenales y sensibles. Pues cada vez menos personas en la sociedad timocrática son capaces y están dispuestas a descender de nuevo a la caverna imaginaria y exponerse al ostracismo social y al peligro físico solo por un conocimiento que su alma posee, pero que nadie está dispuesto a escuchar.

Sobre la base del examen de algunos pasajes seleccionados del diálogo de Platón la República, podemos decir que el mecanismo desencadenante de la decadencia de la constitución ideal de la ciudad no es la falta de educación, ni una disposición inherente del alma humana. La causa parece ser un mecanismo que trasciende la propia ciudad: un peculiar número geométrico que, según todos los indicios, determina el momento adecuado para engendrar hijos. Un hecho irónico parece ser también que Sócrates, en el diálogo, conoce este número. Si es así, significa que la humanidad no está condenada a una degradación continua de las constituciones de las ciudades. La pregunta abierta, sin embargo, es hasta qué punto puede entenderse literalmente el pasaje sobre el número geométrico.

 

PLATÓN, 2025. Ústava. Séptima edición, revisada. Praha: OIKOYMENH. Platónovy dialogy. ISBN

978-80-7298-645-3.

THEIN, Karel, 2014. Filosof, přirozenost a výchova v Ústavě. En: Obec a duše: k Platónově praktické filosofii. Praha: Filosofia, pp. 119–250. ISBN 978-80-7007-426-8