Vivimos en tiempos peculiares. Unos tiempos que parecen estar, consciente o inconscientemente, muy influidos por libros que ya han resultado ser proféticos. Como todos los libros sagrados, estos adivinos literarios consisten en narraciones ficticias de naturaleza abominable que, por desgracia, ya son realidad. ¿O qué podría ser más orwelliano que la última historia, forjada no en la suciedad de los bajos fondos, sino en los lugares más inmaculados de nuestra sociedad, en los monasterios intelectuales de la academia? Ahora, en los tiempos tecnológicamente más avanzados, es posible publicar un artículo científico que afirma que los refrescos light son mejores para adelgazar que el agua limpia. El artículo pasó por una revisión por pares, eso es cierto, pero no prestemos atención al hecho de que «la investigación fue financiada por el International Life Sciences Institute (ILSI) Europe, entre cuyos miembros figuran gigantes de las bebidas como Coca-Cola y PepsiCo» (fuente: https://www.rt.com/news/329290-coca-cola-diet-study/).

He empezado con una historia distópica de nuestros tiempos distópicos para señalar la verdad universal que encontramos en las obras de los maestros de la prosa distópica, como Orwell, Huxley o Zamiatin: que una cultura de alta tecnología no garantiza los mejores resultados simplemente porque, en palabras del historiador Melvin Kranzberg, «la tecnología no es buena ni mala; ni tampoco es neutral» (Melvin Kranzberg, “Technology and History: ‘Kranzberg’s Laws’,” Technology and Culture 27:3 (1986), p. 54; citado en Srnicek & Williams, Inventing the Future, p. 152). Toda tecnología es política pero flexible, pues siempre existe en exceso respecto a los fines para los que pudo haber sido diseñada (ibíd., p. 152). Podemos, por tanto, descartar con confianza esa extraña noción que presenta la tecnología como un organismo que existe de algún modo fuera del tiempo y del espacio, en un reino metafísico donde todo está pulcramente determinado a la manera newtoniana. En otras palabras, la noción de determinismo tecnológico ha quedado invalidada no solo por nuestro sentido común, sino también por los argumentos académicos de personas como el gran sociólogo Manuel Castells, que escribe:

«Sabemos que la tecnología no determina la sociedad: [la tecnología] es la sociedad. La sociedad da forma a la tecnología según las necesidades, los valores y los intereses de las personas que la utilizan».

— The Network Society: From Knowledge to Policy (2006), p. 3.

Pero ¿las necesidades de quién?, debemos preguntar. Históricamente, esas necesidades y valores los dictaban, por supuesto, las clases dominantes de cada época, y aunque esto cambió radicalmente en el siglo XX gracias a la democratización y la «humanización» que se produjeron en el campo del diseño y sus metodologías —de las que hablaré más adelante—, sigue siendo una obviedad que los atributos políticos de los proyectos tecnológicos a gran escala y extremadamente caros los moldean en gran medida quienes ostentan el poder, sean quienes sean.

Y es precisamente sobre el poder latente de la tecnología para transformar el mundo a mejor sobre lo que Nick Srnicek y Alex Williams construyen toda la premisa de su último libro, Inventing the Future. Sobre la tecnología escriben:

«Internet y las redes sociales están dando voz a miles de millones de personas a las que antes nadie escuchaba, y acercan más que nunca a la existencia una democracia participativa global. Los diseños de código abierto, la creatividad copyleft y la impresión 3D [prometen] un mundo en el que podría superarse la escasez de muchos productos. Nuevas formas de simulación por ordenador podrían rejuvenecer la planificación económica y darnos la capacidad de dirigir la economía racionalmente de formas sin precedentes. La última oleada de automatización está creando la posibilidad de eliminar para siempre [numerosos] tipos de trabajo aburrido y [humillante]. Las tecnologías de energía limpia hacen posibles formas de producción de energía prácticamente ilimitadas y ambientalmente sostenibles. Y las nuevas tecnologías médicas no solo permiten una vida más larga y sana, sino que también hacen posibles nuevos experimentos con la identidad de género y sexual».

Algunos de los avances tecnológicos enumerados arriba no son controvertidos, puesto que ya existen; otros esperan a ser aprovechados y desarrollados. Pero ¿por qué habríamos de tener miedo de ejercer nuestra creatividad y basar nuestras estrategias políticas en lo que en este momento todavía parece fuera de nuestro alcance? ¿No es cierto que el cerebro humano a menudo concibe visiones de tecnologías cuya construcción real tendrá lugar inevitablemente en un futuro próximo? ¿Hemos olvidado releer el viejo y polvoriento libro llamado Historia, donde podemos encontrar que fue en 1908 cuando:

«Nikola Tesla previó una tecnología que permitiría “a un hombre de negocios en Nueva York dictar instrucciones y hacer que aparezcan al instante mecanografiadas en su oficina de Londres o de cualquier otro lugar” y que permitiría el acceso global a “cualquier imagen, carácter, dibujo o impreso”». (Leonard Kleinrock, An Early History of the Internet, p. 26)

o quizá

«treinta años después, cuando el prolífico escritor H. G. Wells formuló su idea de un “Cerebro Mundial” como “un depósito donde los conocimientos y las ideas se reciben, se clasifican, se resumen, se digieren, se aclaran y se comparan”». (ibíd., p. 26)

También podría mencionar el ensayo seminal As We May Think, escrito en 1945 por el ingeniero estadounidense Vannevar Bush, en el que el lector encuentra la descripción de artilugios que anticipan el buscador de Google, las Google Glass, Wikipedia, los iPads y la interacción persona-ordenador moderna.

En todos y cada uno de los casos, todas las grandes ideas que acabaron haciéndose realidad se consideraron al principio irreales, poco prácticas, utópicas. Sin embargo, es precisamente este pensamiento utópico el que Srnicek y Williams quieren que abracemos y fomentemos.

Aunque he empezado mi ensayo con un ejemplo de cómo el corporativismo se infiltra incluso en las instituciones más sagradas, los autores proclaman con vehemencia: ¡basta de pensamiento distópico y derrotista! Pero en el aire queda flotando un signo de interrogación que pregunta cómo llegamos a esta mentalidad negativa en primer lugar.

Según los autores, podemos culpar sobre todo al realismo capitalista, que Mark Fisher describe como:

«la sensación generalizada de que no solo el capitalismo es el único sistema político y económico viable, sino de que ahora es imposible incluso imaginar una alternativa coherente a él. En otro tiempo, las películas y novelas distópicas eran ejercicios de tales actos de imaginación: los desastres que retrataban servían de pretexto narrativo para la aparición de otras formas de vida».

— Mark Fisher, Capitalist Realism: Is There No Alternative? (2009), p. 1.

En efecto, incluso a los autores de ciencia ficción por excelencia les resulta hoy difícil concebir una alternativa a la hegemonía actual del neoliberalismo y del capitalismo, lo que no hace sino ahondar el marasmo de la imaginación colectiva.

Pero la izquierda contemporánea sí reaccionó: desafió el statu quo empleando diversas tácticas políticas y suscitando movimientos políticos con un apoyo popular masivo, aunque con resultados dudosos. En el núcleo de ese pensamiento hay, sin embargo, un razonamiento erróneo que parte de la lógica según la cual, si el progreso tecnológico conduce al capitalismo, entonces, para negar el capitalismo, la izquierda tiene que negar también la modernización. En realidad, lo que este pensamiento de la izquierda implica es un rechazo de todas las formas de dominación, una fuerte adhesión a la democracia directa y un proceso de toma de decisiones basado en el consenso. Srnicek y Williams llaman a esta postura folk politics (política folk).

El nombre deriva de los significados habituales de la palabra «folk»: folk como local y a pequeña escala. La folk politics abraza la idea de que la inmediatez —es decir, ninguna mediación política a través de terceros—, la política del horizontalismo, las comunidades locales, la intuición, la comunicación cara a cara y el consumo ético son más auténticos, mejores y, por tanto, preferibles.

Y aquí está la raíz del problema inherente a la folk politics: su enfoque para resolver los problemas económicos, sociales y ecológicos actuales consiste en reducir el mundo entero al «nivel humano» de la política local, para que sea fácil de gestionar. Ignora, sin embargo, muchos puntos cruciales.

En primer lugar, lejos de ser un patrimonio exclusivo de la izquierda, muchos rasgos de la folk politics, en especial el énfasis en lo local y el comercio justo, forman ya parte de la corriente dominante, felizmente integrados en la rutina diaria del intercambio capitalista. Jodi Dean lo expresó de forma célebre cuando dijo que «a Goldman Sachs no le importa si crías gallinas» (citado en Srnicek & Williams, Inventing the Future, 2015, p. 25), lo que puede traducirse como que las pequeñas modificaciones en los márgenes, aunque bienintencionadas, no tienen potencial para alterar sustancialmente todo el sistema. Para ello es necesario un pensamiento amplio y sistémico que tenga en cuenta toda la ecología de un problema.

Y ese es el segundo argumento que dan los autores de por qué la praxis actual de la política de izquierdas es incapaz de trascender el capitalismo hacia una sociedad poscapitalista. Aunque la política local es necesaria, como afirman, pues toda política empieza en el nivel local, el libro propone que, para lograr cambios significativos, la izquierda tiene que poner fin a su antagonismo hacia cualquier estructura jerárquica, el análisis abstracto o la modelización matemática, sin los cuales todo intento de comprender y gestionar problemas complejos está condenado a fracasar o a omitir detalles importantes que están profundamente entrelazados con otras cuestiones.

Uno de los problemas complejos que los autores retratan en el libro es el propio capitalismo. ¿Quién puede decir que lo entiende? ¿No es acaso la razón de fondo de los argumentos contra cualquier planificación social que la economía (y la sociedad) es tan compleja que tenemos que dejar que los individuos y los mercados libres «lleven la batuta»?

Nick Srnicek escribe en su ensayo del libro Object que un problema del capitalismo es que está más allá de nuestra experiencia fenomenológica, que escapa a cualquier representación perceptiva o empírica y que, por tanto, es esencialmente un no-objeto. ¿Cómo hemos de lidiar con él? ¿Y qué sentimos ante él?

Aquí tengo que tomar prestado de Gilles Deleuze en Capitalist Realism de Mark Fisher, donde Deleuze llama a Franz Kafka profeta del poder distribuido, descentralizado y cibernético (Fisher, 2009, p. 25). Fisher escribe luego que en el capitalismo:

«falta el centro, pero no podemos dejar de buscarlo […]. No es que no haya nada ahí: es que lo que hay no es capaz de ejercer responsabilidad» (ibíd., p. 64).

Además, Josef K., en El proceso de Kafka, es muy consciente de su condición, de que no es responsable de sí mismo, de que una mano superior e invisible (el juego de palabras es intencionado) gobierna su vida; sin embargo, no hay ninguna autoridad central ante la que pudiera apelar, solo un interminable flujo burocrático de funcionarios superiores o inferiores, sin el poder necesario para cambiar nada.

¿Cómo podemos dar sentido a la red imperceptible de relaciones capitalistas que se propaga a nuestro alrededor? ¿Cómo podemos escapar de ella? ¿O deberíamos siquiera escapar?

Nick Land, a través de Nietzsche, sostuvo: «No retirarse del proceso, sino ir más allá, “acelerar el proceso”» (Nick Land et al., Fanged Noumena (2012), p. 449) de fusión con el sistema. La izquierda contemporánea, en cambio, parece entusiasmada con sucumbir a cierta forma de anarcoprimitivismo. ¿Existe una tercera vía, intermedia?

Nick Srnicek y Alex Williams escriben:

«Si la complejidad supera actualmente las capacidades de la humanidad para pensar y controlar, hay dos opciones: una es reducir la complejidad a una escala humana; la otra es ampliar las capacidades de la humanidad. Nosotros respaldamos la segunda postura. Todo proyecto poscapitalista requerirá necesariamente la creación de nuevos mapas cognitivos [… e] interfaces tecnológicas […]»

Para comprender un no-objeto complejo como la economía, necesitamos una prótesis cognitiva que nos permita ver mejor los componentes individuales y, lo que es más importante, las interrelaciones del sistema. Nick Srnicek y Alex Williams abogan por reorientar la tecnología, poniendo el acento en un pensamiento a largo plazo orientado a misiones, en lugar del actual sentido común neoliberal, en el que la tecnología se crea predominantemente con el beneficio a corto plazo como único fin.

A pesar de la creencia generalizada, es el público quien, a través del Estado, financió la tecnología más innovadora y crucial del siglo pasado, ya sean los microchips, el desarrollo de la interfaz gráfica, Internet o la World Wide Web. Con toda razón, los autores reclaman un control democrático del gasto público que oriente las tecnologías hacia bienes socialmente útiles y sostenibles. Una vez que hemos aprendido que la tecnología está intrínsecamente arraigada en la sociedad, tal reorientación de la tecnología significa que necesitamos saber con exactitud cómo encajará cualquier tecnología potencial en el contexto sociocultural existente. Por tanto, el mapeo cognitivo es necesario no solo para comprender la economía, sino la sociedad entera. ¿Cuáles son los métodos y procesos de trabajo reales que pueden utilizarse sin empezar desde cero? Resulta que existe un campo que ha ido ganando impulso en los últimos años y que está perfectamente preparado para satisfacer estas exigencias: es el diseño, o más concretamente el creciente campo que fusiona el rigor formal de la cibernética con la intuición humana, el campo del diseño sistémico.

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Para todos los que no se hayan enterado de la noticia: hemos entrado en una nueva era llamada antropoceno. Esta nueva época se define como la era de los seres humanos. Para algunos comentaristas es la última palabra de moda; para los científicos, sobre todo un nuevo elemento taxonómico para categorizar el mundo en la tradición aristotélica, mientras que para las humanidades y las artes es una metáfora potente, un nuevo gran metarrelato que nos muestra que las consecuencias acumulativas de la acción humana son tan vastas que la Madre Naturaleza nos dice: «id, hijos míos, id, ya habéis madurado, ahora estáis solos». En efecto, parece que hemos sustituido a la Madre Naturaleza en el papel protagonista y ahora tenemos el poder de moldear nuestro mundo a nuestra propia imagen. Vivimos en un mundo «hecho por el ser humano», un mundo moldeado predominantemente por la actividad humana, y por eso podemos rebautizar el antropoceno como la era de la intención humana, o la era del diseño.

Interactuamos con los sistemas físicos y biológicos de tal modo que ya podemos manipularlos y redefinir lo que es posible. Por ejemplo, el campo de la biología sintética, en el que la destacada académica y diseñadora Neri Oxman crea pieles impresas en 3D para viajes interplanetarios con materiales nunca vistos:

…o el artista y auténtico cíborg Neil Harbisson, que, siendo daltónico, utiliza una antena sensora sujeta a la parte posterior del cráneo para transcodificar imágenes visuales en ondas sonoras que su cerebro aprendió a interpretar como estímulos visuales. Pero fue más allá y puede «ver» el espectro infrarrojo y ultravioleta, ampliando así las capacidades humanas normales:

Si la actividad humana es ahora la fuerza planetaria dominante e influye en los sistemas físicos y biológicos, ¿por qué hablar de estos sistemas por separado? Donde el concepto de antropoceno resulta más potente es en la toma de conciencia de que todos los sistemas son sistemas sociales de los que somos a la vez objetos y sujetos: agentes de gran poder. Los investigadores han aceptado un consenso (Memorando de Estocolmo, 2011) según el cual la intervención humana ha intervenido en todos los aspectos de la ecología planetaria, de modo que incluso los sistemas naturales y ecológicos están influidos socialmente. Pero ¿estamos dispuestos a asumir la responsabilidad de nuestros actos? Y si Nick Srnicek y Alex Williams exigen que reorientemos la tecnología, ¿cómo nos aseguramos de hacerlo correctamente, sin las consecuencias destructivas e imprevistas de decisiones imprudentes?

El arquitecto y profesor de diseño Harold G. Nelson escribe:

«Cuando se recurre a científicos o a estudiosos de las humanidades en busca de consejo sobre las acciones preferibles ante problemas complejos y a gran escala, en esencia se les está pidiendo que se conviertan en consultores de diseño. Por desgracia, las descripciones y las explicaciones —el papel de las ciencias y las humanidades— no prescriben. Y las predicciones y el control —las aportaciones de la tecnología y las artes aplicadas— no justifican la acción. La formulación […] y la justificación de las acciones intencionales llegan a través de diseñadores que crean diseños en nombre de otros».

Quizá, antes de responder por qué los diseñadores parecen gozar de una posición privilegiada respecto a los demás, deberíamos aclarar qué entendemos por la palabra diseño.

Definir el diseño es esencial, pues alrededor de la palabra persisten todavía una mitología y muchas falsedades. La causa es el arraigado malentendido según el cual el diseño trata únicamente de objetos y del proceso artístico, subjetivo y místico llamado creatividad. Aunque la creatividad interviene, tal descripción es una simplificación enorme.

El desaparecido filósofo de origen checo Vilém Flusser afirma que el diseño tiende un puente entre las ciencias blandas y las duras, pues es un vínculo interno entre el arte y la ciencia. Esta comprensión del diseño quedó rota desde el Renacimiento, lo que convirtió al diseñador en «solo» un artesano. Fue en la famosa escuela alemana Bauhaus donde tuvo lugar la reunificación del diseño como vínculo entre el arte y la técnica.

Nigel Cross compara el diseño con la ciencia y escribe que, mientras que el método científico describe un patrón de comportamiento para resolver problemas que la ciencia utiliza para descubrir lo que ya existe en la naturaleza, el diseño es un patrón de comportamiento o de pensamiento para crear cosas que todavía no existen. Concluye que la ciencia es analítica, y el diseño, constructivo o sintético.

La dicotomía análisis/síntesis requiere una explicación. Por análisis entendemos el paradigma clásico del reduccionismo científico, que descompone cualquier sistema en sus elementos atómicos, los cuales se analizan aisladamente a través de sus propiedades. En otras palabras, el enfoque analítico trata cualquier sistema como una mera suma de elementos individuales.

La síntesis, en cambio, es un paradigma que pone el acento en el enfoque holístico, que comprende un sistema dado observando las relaciones y conexiones entre sus componentes individuales y reconociendo que los sistemas existen en un contexto más amplio y cambiante, posiblemente con bucles de retroalimentación.

Además, en los sistemas existen sinergias de elementos que dan lugar a propiedades emergentes. Un ejemplo bien conocido de emergencia lo encontramos en el agua. Mientras que no tiene sentido hablar de la humedad del hidrógeno o del oxígeno, es su combinación la que da lugar a tal propiedad emergente.

Por tanto, en el pensamiento sintético o sistémico, el sistema no es una mera suma de sus partes, es más que la suma de sus partes. Este pensamiento sistémico propio del diseño es, de hecho, lo que también se llama soft systems thinking (pensamiento de sistemas blandos)*.

Dado que nos encontramos en el antropoceno, donde todos los sistemas son sistemas sociales, y dado el enfoque sistémico del diseño, no es casualidad que veamos a diseñadores ascendidos a puestos en los que crean estrategias empresariales complejas y estructuras organizativas, y que a menudo se recurra a ellos para sistemas sociales complejos, la elaboración de políticas y el diseño de comunidades.

Este desplazamiento de los artefactos y la comunicación al diseño de la transformación organizativa y social lo visualizan mejor que nadie Jones y van Patter en su gráfico de las cuatro dimensiones del diseño:

  • 1. Artefactos y comunicación
  • 2. Productos y servicios (incluidos el diseño de servicios, la innovación de productos y la experiencia de usuario)
  • 3. Transformación organizativa (compleja, acotada por el negocio o la estrategia): orientada al cambio, diseño de prácticas de trabajo, estrategias y estructuras organizativas
  • 4. Transformación social (compleja, no acotada): diseño para situaciones sociales complejas, sistemas sociales, elaboración de políticas y diseño de comunidades.

Estas cuatro dimensiones no se excluyen mutuamente. Es habitual que los diseñadores que trabajan en las dimensiones superiores se nutran de la experiencia y los conocimientos de las inferiores.

Tras visualizar las cuatro dimensiones del diseño, por fin podemos ver por qué concebir el diseño como una actividad que produce objetos tangibles es una visión extremadamente limitada. Tal definición abarcaría aproximadamente las dos primeras dimensiones.

Una definición mejor consiste en proponer que el diseño es un proceso sintetizador que define relaciones y establece conexiones entre cosas, personas o ideas, de modo que funcionen como un sistema.

Lo que hemos llamado diseño sistémico no es una disciplina de diseño per se (en el sentido de que genere un producto tangible), sino más bien una integración del pensamiento sistémico y de los métodos de diseño que aporta un enfoque centrado en las personas a los problemas complejos de la tercera y la cuarta dimensión del diseño. Por problemas complejos entendemos situaciones en las que es casi inconcebible que un solo experto o directivo pueda comprender el sistema entero, y mucho menos proponer una solución. Tales problemas tienen propiedades emergentes, lo que hace imposible tomar decisiones de diseño o de gestión basadas en un conocimiento individual suficiente (lo que en la práctica significa que cualquier político tiene casi cero posibilidades de resolver problemas significativos).

Estos problemas de diseño complejos recibieron su propio nombre. El teórico Horst Rittel los llamó «wicked problems» (problemas perversos), porque no pueden analizarse ni reducirse con los métodos y técnicas analíticos clásicos de resolución de problemas. Aparte de su enorme complejidad, una de las razones es que los wicked problems contienen un elemento humano, de modo que es necesario negociar entre exigencias a menudo contrapuestas. Sin embargo, llamar «problemas» a estas situaciones complejas puede ser engañoso, porque la parte más difícil de resolver los wicked problems es saber qué son en realidad, y eso exige mapear y visualizar toda la ecología de un sistema. De lo contrario, puede que no nos demos cuenta de cómo se relacionan con otros componentes del sistema y, debido a los bucles de retroalimentación, cambiar un componente puede producir resultados catastróficos en otros lugares.

Tener en cuenta la actividad y las preocupaciones humanas en un sistema social es necesario por varias razones. Contribuyen a la comprensión del sistema, pero también son una información valiosa para los diseñadores, porque, teniendo presentes las necesidades y los valores humanos reales, los diseñadores pueden proponer soluciones pertinentes, en lugar de imponer soluciones arbitrarias basadas en preferencias personales.

La arquitectura modernista totalitaria de la primera mitad del siglo XX sufrió enormemente por no tener en cuenta al ser humano. Un ejemplo canónico que debería disuadir a cualquiera es la obra del famoso arquitecto suizo Le Corbusier, a quien se encargó rediseñar París. Su visión tenía poco que ver con las necesidades humanas; en su lugar, creó una solución tecnocrática desprovista de elementos orgánicos, que encarna la ciudad que podemos encontrar en cualquier literatura distópica.

La idea del diseño centrado en las personas (human-centred design, HCD) no es nueva: los diseñadores escandinavos llevan utilizando métodos de diseño participativo, que implican una amplia cooperación con los usuarios potenciales, desde los años setenta, pero fue la agencia de diseño estadounidense IDEO la que llevó el HCD a la corriente dominante como herramienta para resolver problemas empresariales y sociales complejos.

Aunque hay casos interesantes en los que el HCD se utiliza a nivel gubernamental para mejorar los servicios sociales —uno de ellos es la agencia de diseño danesa Mindlab—, hoy en día, incluso según la literatura académica, el HCD parece haberse convertido en una palabra de moda que las empresas venden como novedad solo para mejorar su imagen.

Además, en las últimas décadas la creatividad de la profesión del diseño ha vuelto a quedar reducida a pequeños cambios incrementales, por miedo a alterar el statu quo de los productos que se venden. Con el auge de la realidad virtual existe también la posibilidad de que los diseñadores trabajen como «maestros diseñadores» de un mundo virtual personalizado, diseñando nuestros avatares virtuales y toda la experiencia virtual: refugios virtuales seguros donde podemos escondernos de la dureza de la realidad.

Pero eso era de esperar. Si la tecnología es intrínsecamente política, lo mismo vale para el diseño, pues son los métodos del diseño los que se aplican al desarrollo de la tecnología. La reorientación de la tecnología debe ir precedida inevitablemente por una reorientación del diseño.

Nick Srnicek y Alex Williams sugieren que necesitamos una herramienta para el mapeo cognitivo de lo intangible, del no-objeto, es decir, del sistema económico. ¿Por qué no apropiarnos de las herramientas que el diseño ya tiene?

En la Escuela de Arquitectura y Diseño de Oslo (Oslo School of Architecture and Design), epicentro actual de la investigación en diseño sistémico, desarrollaron una herramienta para mapear problemas supercomplejos llamada GIGA-mapping. Creados por diseñadores con grandes habilidades visuales, estos GIGA-mapas ofrecen una guía visual por todo el contexto de un problema. Revelan relaciones inesperadas entre múltiples capas, escalas y dimensiones del diseño, desde los objetos y las personas individuales hasta la sociedad.

¿Son los GIGA-mapas el mapeo cognitivo que reclaman los autores? ¿O tenían en mente herramientas verdaderamente nuevas, que amplíen nuestro aparato perceptivo hasta una capacidad de cíborg sin precedentes? ¿O pensaban simplemente en una minería de Big Data más potente y más brutal?

Los GIGA-mapas se han utilizado en la vanguardia de la praxis actual del diseño. Aunque todavía están en desarrollo, ya ayudan a los diseñadores a lidiar con los wicked problems. Si no son lo bastante potentes para mapear todo el sistema socioeconómico, la técnica puede utilizarse para mapear partes más pequeñas de nuestras vidas: el sistema electoral, el sistema tributario, las relaciones entre organismos gubernamentales, el flujo de dinero en el gasto público, etc. Mientras que la modelización matemática rigurosa puede resultar impopular en la izquierda, este enfoque llamado «blando» de los sistemas es sin duda más accesible, no solo para los teóricos, sino también para la población en general.

El diseño sistémico no debería verse como una nueva salvación política; es más bien un conjunto de herramientas y métodos conceptuales y formales que podrían aportar a la política de izquierdas contemporánea un pensamiento y un razonamiento creativo, y a la vez sistémico y abstracto, sobre el capitalismo. Algo que la izquierda necesita desesperadamente. Porque conocer al adversario sin duda ayuda.

Pregunta final: ¿por qué no oímos la palabra «creativo» en relación con la política?

(El texto se presentó el 21 de enero de 2016 en la Galería Školská 28 como parte del ciclo de conferencias Diffractions).