(el siguiente texto es parte de mi trabajo de fin de máster)

En su libro Media Life, Mark Deuze usa el término «medios» como intercambiable con «tecnologías de la información y la comunicación», y su definición abarca «cualesquiera sistemas (simbólicos o tecnológicos) que posibilitan, estructuran o amplifican la comunicación humana» (Deuze, 2015, p. 9). La tesis de su libro es la afirmación fuerte de que no vivimos junto a las tecnologías y los medios, ni solo con ellos, sino que vivimos dentro de los medios. En el mundo occidental de hoy los medios son omnipresentes y lo penetran todo. Deuze nos exhorta a aceptar el hecho de que nuestra sociedad está plenamente mediatizada y a empezar a entender la relación entre el ser humano y las tecnologías precisamente desde esta óptica. Eso significa, sin embargo, que el determinismo tecnológico y el social no son herramientas adecuadas para mirar una sociedad mediatizada, pues presuponen implícitamente o bien que la tecnología está fuera de la sociedad y determina por completo su curso, como vemos en el caso del determinismo tecnológico, o bien que la sociedad tiene la tecnología por completo bajo control y que las tecnologías no influyen de vuelta en la esfera social, como afirmaría el determinismo social y cultural. Deuze observa que ninguno de esos determinismos ilumina como es debido la relación real entre el ser humano y la tecnología, que más que por la primacía de uno sobre otro se caracteriza por la dependencia mutua. Deuze, con muchos otros teóricos a los que cita, se inclina por la inseparabilidad de lo social y lo tecnológico. Los medios son el tejido sociotécnico de nuestras vidas, que no se puede eliminar y que resiste a todos los intentos de liquidarlo; como comenta Petříček, «estamos condenados a la mediación» (Petříček, 2008, p. 13). La aceptación de los medios se ve facilitada por el hecho de que van desapareciendo de nuestra percepción fenomenológica de la cotidianidad. Se vuelven invisibles para nosotros y siempre a mano, lo que es uno de los objetivos de los enfoques de la computación ubicua y ambiental, pero al mismo tiempo se ahonda nuestra ignorancia de lo que los medios nos hacen. Se convierten en una caja negra en cuyo interior la mayor parte de la sociedad no puede ver.

Se nos escapa aquello sobre lo que ya llamaba la atención Simondon con su concepto de tecnicidad: los medios forman parte de una vasta infraestructura tecnológica de otros objetos y procesos que no somos capaces de percibir. Según una lectura de Flusser (Flusser, 2013), surge en la sociedad una nueva desigualdad que recuerda la escisión entre el público analfabeto y la élite intelectual encarnada por la Iglesia, que sabía leer el código dominante de la época: el alfabeto. Sobre todo la Iglesia católica y la élite sacerdotal letrada se convirtieron para el resto de la sociedad en un medio entre Dios y la vida terrenal. Los sacerdotes interpretaban el mundo, y su interpretación del mundo influyó en las vidas de muchas personas. Tras la matematización de la sociedad iniciada por Galileo y desarrollada por Descartes, para quienes el mundo era un gran libro escrito en el lenguaje de las matemáticas, son precisamente las matemáticas las que van convirtiéndose en el código dominante. Quienes las dominan son los nuevos intérpretes del mundo, porque disponen de modelos para predecir y explicar cómo funciona el mundo. Aunque Flusser no comentó el auge de la red de redes, internet, en mi opinión sus ideas, en una época de computación ubicua, aplicaciones móviles y debate sobre si la programación debería convertirse en un nuevo tipo de alfabetización obligatoria, siguen siendo válidas, si no más. Las personas que saben matematizar y algoritmizar el mundo natural y el social son los nuevos medios e intérpretes del mundo, y les favorece en ello el cambio de paradigmas por el que hemos pasado de la teología al cientificismo y al materialismo.

No cabe esperar, sin embargo, que toda la sociedad vaya a componerse solo de científicos, matemáticos o programadores, como imaginaba por ejemplo uno de los padres modernos de la novela distópica, Yevgeny Zamyatin, en su obra My. La ciencia y las matemáticas han aprendido a hacer accesibles sus resultados al público mediante artículos y libros de divulgación. ¿Qué forma de divulgación puede encontrarse en el Mundo de los Medios? El semiótico cognitivo Göran Sonesson observa, de modo parecido a Mark Deuze, que la vida corriente de hoy está profundamente mediada por medios invisibles, que «desaparecen en las interfaces de usuario naturales» y «se desvanecen en tanto que infraestructuras de las interacciones cotidianas» (Deuze, 2015, p. 169). Mientras que los estudios sociológicos ven la tecnología de los nuevos medios desde la óptica del determinismo sociocultural como producto o extensión de los vínculos sociales (Gane, 2006, p. 33), el sociólogo Nicholas Gane se pregunta, en el espíritu de este trabajo, si en la sociedad red e informacional de hoy, una sociedad plenamente mediatizada basada en la velocidad y en relaciones distribuidas a través del espacio y el tiempo, la sociología cumple su función si se centra solo en las relaciones humanas. La misma pregunta se plantea el filósofo de la comunicación de orientación fenomenológica Vilém Flusser en su obra Do univerza technických obrazů. Para Flusser, las imágenes técnicas no reflejan como espejos una realidad ya existente, sino que construyen activamente nuevos significados y realidad sobre «superficies engañosas», que proponen a sus receptores un modo de vida. Con ello cambia la estructura social, que la sociología clásica, partiendo del ser humano, no puede según Flusser captar adecuadamente; no es válida para una sociedad en cuyo centro no están las personas, sino las imágenes técnicas y las relaciones entre la imagen técnica y el ser humano, que se convierten en «el problema central de toda crítica cultural futura, y todos los demás problemas han de abordarse a partir de ahí» (Flusser, 2001, p. 51). Gane propone por eso que, para comprender el Mundo de los Medios de hoy, la sociología quizá debería centrarse en «la [interfaz] entre los seres humanos y las tecnologías y […] en [su] fuerza radicalmente transformadora» (Gane, 2006, pp. 32-33).

Shakespeare quizá escribiera en su día que el mundo entero es un escenario. El sociólogo Erving Goffman estaba de acuerdo cuando, en su obra traducida al checo como Všichni hrajeme divadlo (Goffman, 1999), concibió la sociedad a través de personas-actores en interacción, que entre bastidores pueden tener distintas personas, pero en público (en el escenario) ajustan su «fachada» según las señales que quieren emitir en una situación social dada. Goffman escribe que la fachada es condición necesaria para que empiece una interacción, y que una vez que una persona ha establecido su fachada para una situación social dada, trata de emprender acciones coherentes con ella; las que la amenazarían trata de evitarlas o de desmarcarse de ellas de otro modo (Goffman, 2016). Según Goffman, la fachada «se institucionaliza en forma de las expectativas abstractas y estereotipadas que suscita» (Goffman, 1999), lo cual se asemeja por analogía a los patrones de diseño establecidos sobre los que escribió Christopher Alexander. La fachada cumple tareas relevantes para el momento dado, pero al mismo tiempo va ganando en significado y estabilidad y se convierte en «una representación colectiva [y] un hecho de pleno derecho» (Goffman, 1999, p. 33). En la época del internet de las cosas y de la computación ubicua, según los teóricos de los nuevos medios Bolter y Grusin, el mundo se transforma no tanto en un escenario como en una gran interfaz de ordenador (Bolter y Grusin, 1999, p. 196). El concepto de fachada sigue siendo válido en cierta medida para el análisis de la comunicación interpersonal, pero han aparecido dos cambios nuevos en escena: la fachada humana está ahora mediada e influida por la tecnología; y en segundo lugar ha aparecido una nueva fachada en forma de la interfaz de las tecnologías. El viejo paradigma puede sobrevivir, pero hace falta uno nuevo. Como escribieron Gane y Flusser, para un mundo de nuevos medios lleno de tecnología es necesario examinar y comprender el mundo «en la interfaz», en el punto de contacto entre lo social y lo tecnológico, estudiar la superficie reflexiva y proyectante, así como la profundidad de la tecnicidad de la interfaz sociotécnica.