(el siguiente texto es una versión no editada de un artículo publicado en la revista CARL)
La mayoría de nosotros, una vez terminados los rituales matutinos, se une a una red de millones de personas que viajan a su destino en distintos medios de transporte. A pesar de todos los esfuerzos de bienintencionadas campañas de concienciación y del activismo ecologista, siguen siendo los automóviles los que figuran, en las arterias de tráfico de las ciudades, entre las creaciones tecnológicas más omnipresentes del ser humano. Mientras que para los conductores profesionales de taxis, camiones o autobuses conducir es su medio de vida, los conductores corrientes de turismos tienen más libertad para elegir opciones de transporte alternativas y más respetuosas con el medio ambiente. Y, sin embargo, no lo hacen. Sería fácil acusarlos de desinterés, pereza o excesiva comodidad. Pero ¿es realmente más cómodo conducir un coche que ir al trabajo en metro o en tranvía? ¿Y no se esconde tras el incesante impulso de conducir un coche algo mucho más interesante, algo que revela detalles sobre la relación íntima entre el ser humano y la tecnología?
Si miramos con los ojos de un principiante «bajo el capó» de la manera en que se conduce un coche, descubriremos que no es una actividad que emprendería voluntariamente una persona perezosa y demasiado comodona. Ya antes de subir, el conductor tiene que comprobar el estado exterior del vehículo y asegurarse de que no presenta signos evidentes de algún problema. Tras subir al vehículo y sumergirse en la mezcla de olores de los materiales del interior, el conductor comprueba los retrovisores y hoy en día suele fijar en el centro del salpicadero un dispositivo inteligente con funciones de GPS. Después de arrancar el motor, mediante una coordinación precisa de pies, manos y ojos, el conductor saca el coche aparcado a la calzada sin ponerse en peligro a sí mismo ni a los demás usuarios de la vía. Eso es solo el principio. Durante todo el trayecto, el conductor debe observar, de forma directa y periférica, lo que ocurre alrededor del vehículo e interpretar el significado y el contexto de los signos de las señales de tráfico, que definen las reglas convencionales de la circulación vial. Mientras cambia de marcha y pisa el acelerador y el freno, el conductor calcula mentalmente el movimiento de cada uno de los objetos de la calzada y prevé los posibles problemas que habrá que evitar. Todo ello sobre la marcha, por así decirlo, mientras conversa con el acompañante o al menos escucha el nuevo episodio de su pódcast favorito. Por último, a todos los que han pasado por la autoescuela no hace falta recordarles que una de las cosas más difíciles de conducir un coche, aparcar, siempre aguarda como un agridulce punto final al término del trayecto.
Esta breve genealogía de cómo llegar en coche del punto A al punto B señala dos cosas. En primer lugar, conducir está lejos de ser cómodo, pues se trata de una actividad física y mentalmente exigente que requiere una atención constante e inteligencia espacial. En segundo lugar, la descripción anterior no se parece en absoluto a cómo vive un conductor experimentado su trayecto en coche.
Es una descripción mucho más cercana a la relación que tienen con la conducción y con el coche los conductores y conductoras principiantes que acaban de empezar en la autoescuela. El coche se les presenta como una masa rígida sobre cuatro ruedas, demasiado complicada para entenderla. Todas esas normas y señales de tráfico, que son parte integral del saber conducir, son frases sueltas que los alumnos de autoescuela tienen que aprenderse de memoria. Todo está separado y es heterogéneo. Los conductores principiantes solo son capaces de manejar el coche siguiendo instrucciones explícitas que suenan sencillas, pero que en realidad son difíciles de llevar a cabo. La brecha entre la teoría y la práctica no podría ser mayor. Para el principiante, el coche es un objeto ajeno que se resiste a ser dominado.
Esta relación negativa y llena de miedo con el coche, sin embargo, empieza a transformarse a medida que aumenta la experiencia. De repente, el conductor es capaz de aplicar en la práctica los procedimientos aprendidos con mucha más fluidez. Se fija cada vez menos en con qué pie pisa el acelerador o dónde sujeta exactamente el volante, y se concentra más en lo que ocurre en las calles. Es capaz de concentrarse sin remordimientos en las palabras del acompañante, pues sabe que tiene bajo control la conducción del coche. El coche como tal deja de ser un obstáculo y desaparece del campo de visión del conductor. En lugar de un objeto sólido, el coche se convierte en un medio transparente que media la relación del conductor con el mundo exterior. Como diría Mark Weiser, teórico del concepto de computación ubicua, las creaciones tecnológicas más fundamentales de la humanidad son las que desaparecen y escapan a nuestra conciencia activa, porque «se entretejen en el tejido de la vida cotidiana hasta que no se distinguen de ella».
El conductor experimentado, en tanto que «usuario del automóvil», no se diferencia, pues, en lo esencial de un jugador experimentado de videojuegos o de un usuario veterano de un dispositivo inteligente como el iPhone. El volante, al igual que el ratón y el teclado o la pantalla táctil, sirve a los usuarios de la tecnología como punto de contacto donde se encuentran el ser humano y la tecnología. En el vocabulario de la informática y del diseño, no solo de las tecnologías interactivas, a este lugar especial se le llama tradicionalmente interfaz. El éxito del diseño de una interfaz se reconoce en que no estorba en las actividades que constituyen los objetivos principales de los usuarios: el conductor quiere llegar al trabajo, el jugador quiere abatir al mayor número posible de enemigos virtuales y, por último, el usuario del teléfono inteligente no quiere recrearse en un botón bellamente diseñado, sino que solo quiere pedir algo de comer en la aplicación. Dicho de otro modo, una interfaz bien diseñada no debería, en la mayoría de los casos, quizá con la excepción de las obras artísticas y especulativas, llamar la atención sobre sí misma, y debería enmascarar lo mejor posible la complejidad técnica que se esconde «bajo el capó», ya sea de un ordenador, de un teléfono inteligente o, precisamente, de un coche. Como todo buen medio, la interfaz debería mediar un flujo ininterrumpido de la experiencia de usuario concreta que se espera de una tecnología dada, y favorecer así el estado conocido por la investigación psicológica como flow, en el que las personas están completamente inmersas en la situación en curso.
Aunque la naturaleza de la interfaz consiste en ocultarse a sí misma, eso no significa que la interfaz sea completamente pasiva e inocente. La interfaz transforma la vivencia de la realidad de una manera determinada, porque, en función de las decisiones de los diseñadores, siempre ofrece solo un fragmento concreto de la realidad, y lo hace mediante las llamadas affordances, es decir, las funciones y posibilidades con las que la tecnología anuncia lo que se puede hacer con ella. El usuario puede, por ejemplo, girar el volante o pulsar en él botones que controlan determinadas funciones del coche. Durante la conducción son sobre todo el volante, pero también la palanca de cambios, las puertas figuradas a la realidad «tras las ventanillas» del coche.
Cuanto más íntima es la relación que, con el uso frecuente, construimos con una tecnología, más probable es que esa tecnología se convierta también en parte de nosotros mismos. Literalmente, en una extensión de nuestras capacidades cognitivas, en la medida en que influye en nuestra mente y nuestra memoria. Recordemos la conocida investigación sobre los taxistas londinenses, en la que se descubrió que, en comparación con la población general, tienen agrandada una parte del cerebro llamada hipocampo, que es responsable de la memoria. Según la investigación, los taxistas tenían el hipocampo agrandado y una mejor memoria espacial sencillamente porque, para ser un buen taxista en Londres, hay que orientarse en la enorme maraña de calles de esta metrópoli inglesa. Una investigación menos sofisticada de cómo influye en una persona conducir un coche, en cambio, puede probarla cualquiera por sí mismo. Basta con recordar cuántas veces hemos presenciado cómo una persona por lo demás apacible y disciplinada se transformaba hasta resultar irreconocible en el papel de conductor y era capaz de soltarle a otro conductor toda una retahíla de insultos, aunque en la calle nunca le diría algo así a nadie a la cara.
El coche, como otras tecnologías, amplía nuestras capacidades biológicas y, en cierta medida, cambia también nuestra personalidad. Esto contribuye a que conducir un coche transforme nuestra percepción de la realidad.
En la actualidad hay en la ciencia cognitiva varios expertos que no toman la idea de la tecnología como extensión del ser humano y de su mente solo como una metáfora, sino como una descripción de la realidad. La investigación con personas que padecen la enfermedad de Alzheimer muestra, por ejemplo, cómo el entorno, las notas pósit o incluso la aplicación móvil Evernote son un sustituto artificial de una memoria que no funciona. Para estos pacientes, la tecnología es tan esencial para el funcionamiento cotidiano y forma una parte tan inseparable de su vida que romperles el teléfono a propósito puede equivaler a una lesión corporal. Andy Clark, filósofo de la mente y principal representante de la teoría de la mente extendida, sostiene que incluso en condiciones normales deberíamos entender las tecnologías como parte integral de nuestro pensamiento. Por eso, según Clark, todos nosotros somos cíborgs natos, es decir, organismos cuyo desarrollo biológico ha estado influido por la tecnología desde sus mismos orígenes.
Desde este punto de vista, los conductores que se niegan a cambiar a otro medio de transporte no tienen por qué ser conservadores con falta de interés por el medio ambiente. Para ellos el coche no es un mero medio neutral para desplazarse por la ciudad, sino una interfaz o un medio de una manera de percibir la realidad, de un estilo de vida, pero también parte de su mente. ¿Y quién se dejaría amputar voluntariamente una parte tan importante de sí mismo?