¿Quién habría esperado que fuera precisamente el Wall Street Journal (WSJ), un diario centrado en los negocios, el que en su especial de investigación de septiembre de este año sacara a la luz información de documentos internos de Facebook sobre cómo el gigante estadounidense prefiere los jugosos beneficios a costa de la salud mental de sus usuarios, sobre todo de las adolescentes? En una excelente serie de artículos titulada «The Facebook Files» leemos, entre otras cosas, que Facebook mantiene una lista especial de usuarios VIP a los que no se aplican las reglas y restricciones habituales para publicar. Lo que más me interesó, sin embargo, fue el artículo del 13 de septiembre de 2021 dedicado precisamente a los efectos de la aplicación Instagram en la psique de las adolescentes, aunque no solo de ellas.

Y es que tengo una sobrina de once años. Y aunque de momento sus padres le tienen prohibido usar dispositivos inteligentes y redes sociales, es solo cuestión de tiempo que se conecte a la Matrix digital de los likes, los selfis, las fake news y las vidas perfectas de los famosos y de otras personas cuasi importantes. Como alguien que se dedica a estudiar los efectos de las tecnologías en la vida humana, sé más o menos cómo nos manipulan las redes sociales, pero como las redes sociales nos manipulan de forma subliminal, en el plano de las emociones y no de la razón (atacan nuestro deseo de pertenecer a algún sitio), más de una vez caen en sus redes incluso los más curtidos y los que tienen formación especializada. Por eso no deberíamos desaprovechar la rara oportunidad de ver lo que la propia Facebook descubrió en su auditoría interna sobre los efectos de su aplicación Instagram en la vida de las personas. Y no es una imagen bonita.

Gracias a los periodistas del WSJ hemos sabido que durante los últimos tres años la propia Facebook se interesó activamente por los efectos de sus aplicaciones en la psique de millones de adolescentes. Los investigadores de esta empresa tecnológica estadounidense descubrieron que, aunque las redes sociales pueden tener varios efectos positivos en la vida de los usuarios, para un gran porcentaje de ellos, sobre todo para las adolescentes, sus productos son literalmente tóxicos. La auditoría interna se centra específicamente en Instagram, que, con su énfasis en las fotografías, se diferencia de las demás aplicaciones en algo importante. Mientras que la red social Facebook pone el acento en los comentarios y en compartir contenido informativo, los miembros más jóvenes de la familia de las redes sociales –Snapchat y TikTok– atraen a los usuarios con un diseño atractivo y algo caótico, pero sobre todo, para la «generación TDAH», con el énfasis en vídeos cortos y bucles en los que se trata de competir por quién sube el sketch más sofisticado o aplica con más creatividad divertidos filtros faciales digitales. Instagram, en cambio, se centra en fotos de cuerpos trabajados y en las vidas fotogénicas de los famosos, los guapos y los ricos, que son el principal reclamo para los usuarios. Así lo confirman los propios empleados de Facebook en una publicación filtrada de un foro de debate interno, en la que se afirma que las vidas perfectas de los famosos son la clave del éxito de Instagram: «¿No va IG precisamente de eso?», de asomarse a «la vida (muy fotogénica) del 0,1 % de la cima? ¿No es esa la razón por la que los adolescentes están en nuestra plataforma?».

Mark Zuckerberg y su cuadrilla son conscientes de la importancia presente y futura de los adolescentes para el negocio de las redes sociales. Recordemos que en 2012 Facebook gastó mil millones de dólares en comprar Instagram, que entonces era una pequeña startup con solo 13 empleados. La compra de Instagram no se produjo ese año por casualidad. Según el análisis del WSJ, de acuerdo con algunos documentos internos fue precisamente en 2012 cuando Facebook registró por primera vez un descenso del número de usuarios de la categoría de adolescentes. Al comprar Instagram, Facebook se aseguró de seguir siendo un actor relevante para este grupo joven de usuarios, que prefieren cada vez más compartir contenido visual de forma rápida y sencilla en lugar de la comunicación por texto, hoy «anticuada».

Un modelo de negocio basado en fotos

El énfasis en la presentación visual de la información desempeña también un papel importante en los problemas que las propias adolescentes experimentan al usar Instagram. En concreto, los periodistas del WSJ informan de una investigación de Facebook que los investigadores de la empresa mencionaron en una de sus presentaciones de marzo de 2020: de ella se desprende que «el treinta y dos por ciento de las adolescentes dijo que, cuando se sienten mal con su cuerpo, Instagram las hace sentirse peor». Otra diapositiva interna, de 2019, afirma que Instagram «agravó los problemas relacionados con la imagen corporal en una de cada tres adolescentes». Sin que los investigadores de Facebook preguntaran a los encuestados por la influencia de Instagram en la salud mental de los adolescentes, en otra presentación leemos que «los adolescentes culpan a Instagram del aumento de la ansiedad y la depresión» y que «esta reacción fue espontánea y se repitió en todos los grupos».

La teoría de la comparación social

El Wall Street Journal escribe que Facebook investigó por qué es precisamente Instagram una aplicación tan tóxica para las adolescentes. En un total de cinco presentaciones a lo largo de los últimos 18 meses, Facebook se ocupó también del papel que desempeña el fenómeno de la «comparación social» y de por qué afecta sobre todo a Instagram y no a las redes sociales como tales. Esta «teoría de la comparación social» la formuló, mucho antes de la llegada de internet, en 1954, el psicólogo social estadounidense Leon Festinger. A grandes rasgos, la teoría explica que las personas se forman una imagen de su propio valor (autoevaluación), de sus opiniones, del atractivo de su aspecto y de sus sistemas de valores a partir de la comparación con otras personas. Festinger señala que nos comparamos sobre todo con personas que están cerca de nosotros en la imaginaria escala social. Dicho de otro modo, tenderemos a compararnos con nuestros compañeros de clase, con los colegas del trabajo o con quienes viven cerca de nosotros, más que con algún famoso cuya vida nos queda demasiado lejos como para que modifiquemos drásticamente nuestro comportamiento en función de ella. En circunstancias normales nos comparamos «hacia arriba» solo con personas un poco mejores, cuando queremos inspirarnos para mejorar en algo personal (la formación, un cuerpo más firme, los viajes, etc.). En cambio, nos comparamos «hacia abajo» con personas a las que les va solo un poco peor que a nosotros. La razón es que un modelo demasiado brillante nos resultará inalcanzable, de modo que no cumplirá la función de inspiración, sino que nos provocará sentimientos negativos. Por otro lado, compararnos con alguien que lleva una vida notablemente peor que la nuestra no nos traerá la ansiada y reconfortante sensación de satisfacción de que nuestra vida es mejor.

Medios viejos y nuevos: de los famosos a los compañeros de clase

Probablemente la mayoría de nosotros recuerda alguna situación en la que nuestras sobrinas, hijas, hijos (o incluso nosotros mismos) estaban de mal humor porque algún famoso de la tele o de internet tenía mucho mejor aspecto, o porque tal o cual deportista era muchísimo mejor. Compararse con los demás no es nada nuevo y forma parte de nuestro comportamiento desde tiempos inmemoriales. La televisión, la radio y la prensa escrita, es decir, los llamados medios viejos, también lo aprovechan al máximo. Toda la categoría de la prensa sensacionalista explota de facto la tendencia humana a medir nuestro valor (a falta de otros indicadores) según cómo quedamos en comparación con las personas de más éxito. Quizá sorprenda al lector que, incluso después de unos setenta años de movimiento de emancipación femenina y de demolición sistemática de mitos y estereotipos por parte de las humanidades y las ciencias sociales, las encuestas empíricas nos digan que las mujeres de la generación milenial (nacidas entre 1975 y 2000) siguen buscando más que los hombres noticias y prensa del corazón dedicadas a los famosos (el 47 % de las mujeres frente al 23 % de los hombres), al estilo y la moda (44 % frente a 10 %) o a la salud y el fitness (49 % frente a 32 %). En los medios viejos casi nadie ve a intervalos regulares, si es que alguna vez lo hace, las fantásticas vidas de sus amigos, compañeros de clase o colegas del trabajo, pues por razones económicas los medios viejos no pueden permitirse pagar tiempo de emisión para gente a la que nadie conoce y que no tiene valor comercial para el medio en cuestión. En resumen, los medios viejos solo nos ofrecen la comparación con los famosos y los deportistas que resultan más interesantes para los medios. Desde el punto de vista psicológico, sin embargo, sus vidas nos quedan lejos: nunca los hemos visto en persona y nunca formarán parte de nuestra vida cotidiana.

Los nuevos medios, incluidas las redes sociales, son distintos en este aspecto. Ya no son los directores o los productores de los grandes grupos mediáticos quienes deciden quién aparece en las pantallas de nuestra habitación. Los nuevos medios han democratizado el espacio mediático, de modo que, si nos interesa (y resulta que sí), en las pantallas de nuestros ordenadores y móviles pueden aparecer nuestros amigos y nuestros colegas. En la historia de los medios, y en realidad de la existencia humana, se trata de un punto de inflexión fundamental y de una situación sin precedentes. Ahora tenemos la posibilidad de compararnos con nuestros iguales las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Y aunque racionalmente sabemos que no deberíamos pasar tanto tiempo en Facebook o en Instagram, las partes emocionales de nuestro cerebro, con millones de años de antigüedad, se imponen y no podemos evitarlo. Y resulta que las más enganchadas a esta droga digital socio-mediática son precisamente las adolescentes.

En otro estudio, centrado en adolescentes estadounidenses y británicos, Facebook descubrió, según informa el WSJ, que más del 40 % de los usuarios de Instagram afirman sentirse «poco atractivos» y que esa sensación empezó tras usar la aplicación. Un dato importante de los documentos revelados es que otra investigación afirma que los usuarios adolescentes de Instagram saben que la aplicación les hace daño y quieren pasar menos tiempo en ella, pero no tienen fuerza de voluntad suficiente para hacerlo. Según la investigación interna de Facebook, los usuarios adolescentes dicen sentirse «enganchados», pero que no pueden evitarlo, porque sienten la obligación de estar conectados para no perderse nada importante.

Datos fríos y vidas reales

(Fuente: Wall Street Journal, artículo Facebook Knows Instagram is Toxic For Teen Girls, Company Documents Show)

Además de los datos en bruto y del análisis de los documentos, el artículo de investigación del WSJ intenta, con bastante acierto, dar al tema también un rostro humano concreto. Menciona su entrevista con las estudiantes Destinee Ramos (17 años) e Isabel Yoblonski (18 años). Ellas contaron al WSJ que durante la pandemia de coronavirus sentían todavía más la necesidad de estar conectadas a Instagram: «si querías enseñar a tus amigos lo que estabas haciendo, tenías que ir a Instagram». Las estudiantes participaron también en un concurso científico estudiantil de ámbito nacional, para el que prepararon una encuesta sobre la salud mental de sus compañeros en relación con el uso de las redes sociales. Descubrieron que, de 98 encuestados, aproximadamente el 90 % confirmó que las redes sociales empeoran su salud mental.

Para otra estudiante, Molly Pitts (17 años), Instagram fue una forma de averiguar, tras cambiarse a un nuevo instituto, qué chicos y chicas eran los más populares de su nueva clase. Le bastó con buscar los perfiles de Instagram de sus nuevos compañeros y, por el número de «followers», dedujo con qué compañeros convenía juntarse. Molly contó a los periodistas del WSJ que le parece como si todos sus compañeros llevaran tatuado en la frente el número de seguidores que tienen en las redes sociales. A mí, personalmente, al leer estas frases del artículo del WSJ se me heló la sangre y me acordé del crédito social en China o del episodio «Nosedive» de la distópica (y excelente) serie Black Mirror, que retrata un mundo en el que absolutamente todo lo que hacemos lo valoran otras personas a través de una aplicación móvil en la que cada persona tiene su número, que representa su popularidad social y, de facto, también su valor humano. Ese número es público y, básicamente, cualquiera puede subírtelo o bajártelo a lo largo del día según lo amable que seas con él (o sea, según lo mucho que le «hagas la pelota»). En un mundo así no hace falta un dictador que amenace con una ocupación militar: la gente se autocensura y casi nadie se atreve a decir nada que se salga de la corriente de pensamiento dominante de esa sociedad. Eso conduce a una gris mediocridad, a clichés en cada esquina y a una enorme superficialidad en todos los niveles de la sociedad. Pero basta ya de nuestro mundo y volvamos a Instagram.

(Serie Black Mirror, episodio Nosedive)

(Serie Black Mirror, episodio Nosedive)

Algoritmos, likes y adicciones

Toda la situación de la adicción a Instagram la agrava la función «Explore» (Explorar). Mediante algoritmos, esta propone en la aplicación contenido específico para cada usuario según lo que este haya buscado o al que haya dado «like» anteriormente. En cuanto un usuario busca o da like, por ejemplo, a un vídeo sobre adelgazar y fortalecer los glúteos, el algoritmo de Instagram en la pestaña Explore le mostrará más vídeos populares sobre entrenamiento que intentan motivar a adelgazar, pero que al mismo tiempo muestran ideales difíciles de alcanzar, con lo que desencadenan en muchos usuarios estados de ansiedad y depresión provocados por la idea de no ser lo bastante bueno.

Según los documentos internos, Facebook intentó activamente reducir los efectos negativos de Instagram experimentando durante mucho tiempo con la posibilidad de ocultar el número de «likes», que contribuía de manera decisiva a los estados de ansiedad de muchos usuarios. La ocultación de los likes se probó en el marco de un proyecto llamado Proyecto Daisy. Pero, de nuevo gracias a documentos internos de Facebook de 2020, sabemos que esta opción no mejoró la salud mental de los usuarios. Aun así, en mayo de este año Facebook e Instagram lanzaron para todos los usuarios la opción de ocultar los «likes». Según el reportaje del WSJ, fue sobre todo a instancias de altos directivos de Facebook, que creían que presentar públicamente esta nueva función ayudaría a Facebook a dar la impresión de que de verdad se preocupaba por la salud mental de sus usuarios: «El lanzamiento de Daisy será recibido por la prensa y los padres como una clara señal de que Instagram se preocupa por sus usuarios, sobre todo junto a otros lanzamientos de tono positivo que pondremos en marcha». Facebook promocionó de verdad a gran escala su intención de mejorar su imagen. Al director de Instagram, Adam Mosseri, se le encomendó la tarea especial de hacer de la aplicación un lugar seguro y especial para los usuarios. A principios de año concedió al New York Times una entrevista en la que Mosseri afirma que cierta histeria y las reacciones críticas son habituales con todo tipo de nuevos medios. Sostiene que ya en la antigua Grecia la gente criticaba al filósofo Platón porque empezó a poner sus ideas por escrito, mientras que la opinión dominante de la época era que la escritura destruiría la capacidad de recordar las cosas. Mosseri tiene razón. La cuestión de la influencia de la escritura (más en general, de la alfabetización) en la capacidad de recordar la encontramos en el conocido diálogo platónico Fedro. Pero olvida que los efectos de cualquier tecnología nunca pueden calcularse de antemano, y por la historia de los medios y de la técnica sabemos que los efectos reales de las innovaciones técnicas empezamos a notarlos solo con mucho retraso, decenas e incluso a veces cientos de años después de que la tecnología en cuestión se extendiera por primera vez entre las personas de una sociedad. Pensemos lo que pensemos de este debate filosófico sobre la influencia de los medios y las tecnologías, lo cierto es, como recuerda el WSJ, que Mosseri se vio obligado a admitir públicamente que el Proyecto Daisy en realidad no mejoró mucho la situación. Mosseri, sin embargo, sigue siendo optimista en cuanto a que Instagram logrará encontrar el remedio adecuado para identificar a tiempo a los usuarios para quienes el uso de Instagram puede llegar a ser realmente problemático.

¿Qué dicen los expertos?

A pesar de todos los indicios y de las teorías psicológicas y sociológicas existentes según las cuales la red social Instagram puede ser una aplicación peligrosa para los adolescentes, y sobre todo para las ya mencionadas adolescentes, el director de Facebook, Mark Zuckerberg, declaró en una comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos en marzo de 2021 que «las investigaciones que hemos visto indican que usar aplicaciones sociales para conectar con otras personas puede tener un impacto positivo en la salud mental». Dicho de otro modo: fumar es bueno para la salud, no hay nada de qué preocuparse. El conocido columnista Jonathan Freedland se pregunta con razón en el británico The Guardian si no seremos todos, por casualidad, los fumadores digitales del siglo XXI, y Facebook la cabeza de la industria tabacalera, que intenta hacernos creer a todos que consumir Facebook es sano y que cuanto más, mejor.

¿Qué dicen los expertos sobre la situación de Instagram? El WSJ cita, por ejemplo, a Angela Guarda, directora del programa de trastornos de la conducta alimentaria del importante hospital estadounidense Johns Hopkins, que es también profesora asociada de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins. Afirma que ha tratado con muchos padres que se quejan de que sus hijos han aprendido en las redes sociales distintos trucos para restringir la ingesta de comida o provocarse el vómito. Guarda calcula que en aproximadamente la mitad de sus pacientes la culpa de estos problemas la tienen Instagram y otras redes sociales.

(Fuente de la fotografía: Ben Weber en Unsplash)

Probablemente el académico estadounidense más conocido en la actualidad que se dedica a los efectos de las redes sociales en niños y adultos es el psicólogo social Jonathan Haidt. Recomiendo su libro escrito junto con Greg Lukianoff –La transformación de la mente moderna (en el original, The Coddling of the American Mind)–, en el que los autores intentan comprender lo que está pasando en la sociedad estadounidense, sobre todo en las universidades estadounidenses, donde un número cada vez mayor de estudiantes presenta problemas psíquicos y estados de ansiedad, exige castigos severos para las llamadas «microagresiones» y pide que los profesores avisen de antemano del contenido desagradable del libro o de la materia que se estudia (las llamadas trigger warnings), y por último, aunque no menos importante, Haidt y Lukianoff advierten la creciente autocensura del profesorado.

Haidt empezó a estudiar los efectos de las redes sociales hacia 2015 y defiende la teoría de la comparación social como una de las principales causas de la crisis de salud mental de las adolescentes. En un pódcast para la revista australiana de tendencia conservadora Quillette, Haidt sostiene que Instagram agrava drásticamente las ansiedades habituales de las adolescentes relacionadas con el aspecto físico y el estatus dentro del grupo de iguales, así como el acoso indirecto, que entre las chicas no se produce mediante la agresión física, sino verbal, a través de la difusión de chismes y el ostracismo social. Haidt afirma que no todos los medios digitales tienen los mismos efectos negativos. Observa, por ejemplo, que los chicos adolescentes pasan mucho más tiempo que las chicas con los videojuegos. Según Haidt, los videojuegos tienen de verdad efectos positivos en el desarrollo de los chicos, porque dan prioridad a la comunicación en tiempo real, a la necesidad de aprender disciplina, a la capacidad de cooperar, etc. Instagram, en cambio, va de comunicación indirecta, en la que se anima a las chicas a fotografiar su cuerpo y su vida y a esperar luego los «likes» que validen su aspecto y su posición dentro del grupo social de amigos de su edad, sobre todo de otras chicas. Haidt confirma además lo que decían las estudiantes mencionadas antes: el prestigio y la posición social en Instagram se trasladan de verdad cada vez más al prestigio en la vida real.

Aunque, según Haidt, es imposible prohibir de forma generalizada a los hijos el acceso a las redes sociales, los padres deberían empezar a informarse más sobre los efectos de las redes sociales en el desarrollo de los niños y empezar también a exigir a sus políticos que se pueda elevar por ley la edad mínima para usar aplicaciones como Instagram. Idealmente, Haidt fijaría el límite en los 16 años o más, pero cree que una opción más realista es permitir a los niños las redes sociales a partir de los 14 años.

Mark Zuckerberg invitó dos veces a Haidt a Facebook para hablar de los posibles efectos negativos de las aplicaciones sociales. Según el WSJ, Zuckerberg dejó caer que la investigación actual sobre la relación entre la salud mental de los adolescentes y el uso de las redes sociales sigue sin ser concluyente y no muestra con suficiente claridad que las redes sociales sean las culpables directas de la creciente crisis de salud mental de los adolescentes.

Por un lado, Zuckerberg tenía razón. La investigación en torno a 2019 no era clara. El problema, sin embargo, es que la ciencia necesita para cualquier conclusión clara una gran cantidad de datos, que no estaban disponibles. Y eso porque todos los datos sobre el uso de Facebook o Instagram son propiedad precisamente de Facebook, que, como entidad comercial, no está obligada –todavía– a compartir sus datos internos y propietarios con investigadores y universidades.

Pero eso puede cambiar fácilmente. En parte gracias al trabajo de investigación de los periodistas del Wall Street Journal, hemos sabido por fin, por primera vez, que Zuckerberg muy probablemente mintió y que Facebook disponía desde hacía tiempo de gran cantidad de datos e investigaciones que revelaban los efectos nocivos reales de Instagram.

El siguiente paso podría ser alguna forma de regulación y la exigencia de transparencia de los datos y de los algoritmos de aplicaciones como Facebook e Instagram. Si la gente, y sobre todo los padres, empiezan a exigir que la moderna industria tabacalera en la que las redes sociales se están convirtiendo por sus efectos nocivos esté bajo una mayor supervisión y dispuesta a compartir sus datos internos, tendremos una visión más clara de lo que nos están haciendo las que quizá sean las tecnologías sociales más importantes del siglo XXI. Por ahora estamos condenados a creer al vendedor de tabaco cuando dice que los cigarrillos no solo no son malos para nosotros, sino que incluso son beneficiosos. Los padres suelen quedarse horrorizados la primera vez que ven a su hija de 14 años fumando en la esquina del colegio. Quizá sea hora de que reaccionen con la misma actitud crítica cuando su hija se abra un perfil en Instagram. Yo intentaré hacer todo lo posible para que mi sobrina no sienta la necesidad de definir el valor de su humanidad a través de selfis con poca ropa y likes en las redes sociales. Si eso me convierte en un carca político, acepto esa etiqueta con gusto y de buena gana.

Fuentes[1]

https://www.americanpressinstitute.org/publications/reports/survey-research/differences-within-millennials/

https://www.theguardian.com/commentisfree/2021/oct/08/facebook-tobacco-industry-research-harm-causes

https://quillette.com/2021/10/04/instagram-and-the-teen-girl-mental-health/