Ayer terminé de leer un libro de Lambros Malafouris titulado How things shape the mind y me atrevo a decir que es el texto más importante que he leído en lo que va de año. Sin embargo, era consciente de que podía esperar un pensamiento de gran calidad. Malafouris es antropólogo de formación y se doctoró en Cambridge, en el Reino Unido. Actualmente trabaja en Oxford, donde es Johnson Research and Teaching Fellow in Creativity, Cognition and Material Culture en la School of Archaeology. Creo que estas biografías impresionantes son lo menos interesante de Malafouris; es su obra lo que considero el epicentro de un gran cambio de paradigma que se cierne sobre nosotros desde hace unos buenos 30-50 años, según el método con el que elijamos las obras más relevantes.

Iniciada en los rincones de la ciencia cognitiva y la filosofía de la mente, y con una influencia posterior en otros campos como la antropología o la arqueología, la discusión de la que Malafouris se ha convertido en un miembro central trata de la creciente verosimilitud de la idea de que las cosas que nos rodean no son meros instrumentos pasivos, sino partes importantes de los procesos cognitivos y los estados mentales humanos. Tal idea va en contra de la visión predominante, según la cual todas las tecnologías, los medios, e incluso los sílex prehistóricos y los dibujos rupestres de la cueva de Chauvet, son terrones de materia tontos e inertes que esperan a que sus amos humanos los utilicen en alguna actividad cotidiana. Al contrario, dice Malafouris, toda la cultura material moldea nuestras mentes y nuestra biología, y en determinadas condiciones puede considerarse parte necesaria de procesos mentales humanos extendidos. Con su libro, Malafouris se suma a las filas de las crecientes legiones de filósofos, teóricos y científicos de mentalidad empírica que sostienen que la mente humana no equivale a nuestro cerebro biológico y puede extenderse más allá de los límites de la piel y el cráneo. De hecho, uno de los principales defensores de esta teoría de la mente «extendida» o «distribuida», Andy Clark, dice que considerar la mente a priori como algo dentro del cráneo humano no es más que un chovinismo biológico. Esta retórica está pensada para provocar. Parece de lo más natural creer que, sea lo que sea la mente humana, sin duda puede localizarse en algún lugar dentro del cráneo humano. ¿Por qué habríamos de pensar otra cosa? Esa es la pregunta sobre la que los teóricos de la mente extendida escriben aproximadamente desde 1995, y han acumulado una gran cantidad de argumentos para poner a prueba la noción de sentido común de mente, cognición, agencia o intencionalidad.

No es que estas nociones no sean ya de por sí complejas y discutidas. Apenas habíamos salido del «blank-slatismo», como lo llamaría Steven Pinker, cuando la mayoría de los expertos y de los legos pensaba que la mente humana es un recipiente tabula rasa, completamente vacío al nacer, que espera ser llenado con todas las golosinas intelectuales y emocionales que la vida puede ofrecer. Luego llegaron Noam Chomsky, George Miller, Herbert Simon, Allan Newell, Marvin Minsky y todos los padrinos de la ciencia cognitiva, y obligaron al conductismo, que ni siquiera reconocía la existencia de la mente, y a los partidarios de la tabla rasa a estirar la pata. Toda la «revolución cognitiva» de los años sesenta se basaba en la idea opuesta, según la cual nuestra mente está de hecho llena de mecanismos y estructuras innatos, determinados, o al menos fuertemente influidos, por nuestros genes y nuestra biología. Por ejemplo, si la teoría de la tabla rasa fuera correcta y realmente no poseyéramos ningún rasgo innato, y todo lo que somos se basara en nuestras experiencias y en lo que llega a nuestra mente desde fuera, ¡tendríamos en efecto unas mentes muy empobrecidas! La mayoría de los niños no tienen padres eruditos que les hablen sin cesar. De hecho, a la mayoría de los niños nadie les enseña gramática en absoluto. El blank-slatismo no puede explicar cómo los niños entienden palabras y oraciones que nunca han oído antes. No, la capacidad del lenguaje crece en la cabeza de los niños como si fuera otro órgano, o una mano, o el aparato digestivo. Dentro de la cabeza, los seres humanos tienen mente y podemos estudiar de qué se compone. Esa es la idea fundamental de la revolución cognitiva y del campo de la ciencia cognitiva.

Nos costó un esfuerzo heroico meter la mente dentro de la cabeza. Ahora queremos volver a sacarla. Malafouris y otros sí están de acuerdo en que la mente humana está dentro de la cabeza, pero solo en parte: la mente es un órgano «con fugas» que se derrama en la naturaleza salvaje del entorno y se sirve de otros andamiajes, no biológicos, para su funcionamiento.

El libro es algo denso y exige conocer conceptos de diversos campos. Aunque he leído bastante sobre el tema, aun así me di cuenta de que sería necesario escribir notas detalladas de cada capítulo para entender de verdad lo que Malafouris defiende. Y aquí está la razón por la que escribo este artículo. Si os interesa el libro en sí, tengo previsto escribir una reseña como es debido, con la esperanza de publicarla en una revista académica. Mientras tanto, me gustaría compartir mi historia, no sobre el contenido del libro, sino sobre cómo lo leí y qué observé en cuanto a mis hábitos de lectura.

Leemos libros distintos de manera distinta. Un género de libros lo leemos por placer, por los giros argumentales y por la cualidad estética, casi religiosa, de estar en contacto con una mente genial al otro lado de la pluma. En tal caso hablaríamos de poesía, de buenas novelas o de la biografía magistralmente escrita de una persona hacia la que albergamos sentimientos fuertes. En el otro extremo del espectro están los tomos académicos densos, que requieren atención, capacidad de memoria y esfuerzo para absorber toda la información, las estructuras argumentativas y las conclusiones lógicas. No diría que How things shape the mind de Malafouris estuviera mal escrito, era exigente.

Por eso apuntaba notas cada vez que sentía que tal o cual dato o información era importante. Como ocurría todo el tiempo, dediqué una cantidad considerable de tiempo a tomar notas. Además, mi sistema de toma de notas aumenta aún más la complejidad.

Confieso que mi mente y mi memoria funcionan sobre todo de forma visual. No tengo ningún problema en recordar una escena de una película de Woody Allen que vi hace varios años. Sin esfuerzo puedo recordar incluso el rostro, la atmósfera y el contenido del diálogo. Descubrí que también recuerdo bien las reglas lógicas y las relaciones abstractas entre objetos abstractos que visualizo con el ojo de la mente. Pero en lo que respecta a memorizar texto, nunca fui una persona capaz de citar un texto palabra por palabra después de una sola lectura. Y tuve el privilegio de estar en una sala con personas así. Por lo tanto, tuve que desarrollar un sistema de memorización de textos que tradujera los signos lineales, lingüísticos, en relaciones abstractas, a ser posible visuales, para las que tengo buena mano, si alguna vez quería estar en condiciones de estudiar filosofía a nivel de posgrado.

Una forma que me resultó útil es apuntar notas, clasificarlas según cualquier regla que me parezca lógica y después memorizar los conceptos, palabras, argumentos, etc. más importantes. Hecho esto, utilizo las categorías hechas a medida (¿hechas a mano?), las palabras seleccionadas y las líneas de argumentación como «disparadores» o puertas hacia aquellas partes de la memoria donde está almacenada el resto de la información sobre el texto, pero que es menos probable que aflore fácilmente por sí sola.

En el pasado usaba sobre todo papel para las notas. Pero recientemente he empezado a utilizar Microsoft OneNote como mi principal herramienta para tomar notas, en la que básicamente he desarrollado una copia del sistema que antes usaba con papel.

Por ejemplo, creé un «bloc de notas» especial de OneNote llamado «Lectura». Aquí guardo todas mis notas de la mayoría de los libros que consideré importante aprender y estudiar a fondo. Este bloc Lectura se subdivide a su vez en grupos de secciones con encabezados que indican un campo académico: Ciencia cognitiva, Teoría de los medios, Biología evolutiva, etc. Los grupos de secciones constan a su vez de secciones individuales con el nombre de los autores. OneNote ofrece otras formas de crear jerarquía. Así que, como podéis ver en la imagen, cada autor se subdivide además en notas relativas a libros concretos. Solo entonces veremos las notas de un libro. Todo esto lo ofrece OneNote de serie, sin necesidad de configurar nada. La pregunta interesante es cómo estructurar las propias notas del libro.

Aquí aprovecho la flexibilidad de OneNote, donde se pueden escribir bloques de texto uno al lado del otro, algo que Google Docs no ofrece en el momento de escribir este artículo. ¿Por qué necesitaríais tener dos bloques de texto uno al lado del otro? Bueno, para empezar ocupa menos espacio vertical, de modo que no hay que desplazarse tanto hacia abajo si se necesita encontrar algo. En segundo lugar, se puede aprovechar la dimensión visual horizontal adicional para leer, comparar y analizar textos simultáneamente, uno junto a otro.

Pero la razón más importante por la que uso dos bloques de texto separados es esta: el segundo bloque de texto, a la derecha, está dividido según las secciones reales en las que se divide el libro, y apunto las notas relativas a las secciones del libro según como el texto del libro fluye de forma natural de arriba abajo. En cambio, el primer bloque de texto, a la izquierda, me ofrece el espacio donde puedo desarrollar mis propias categorizaciones de conceptos, ideas, temas, argumentos, etc., algo que normalmente haría en papel.

Este sistema se adapta extremadamente bien a una situación en la que, pasado un tiempo, hay que recordar de qué trataba el libro, cuáles eran las partes más importantes y, sobre todo, si uno es profesor y necesita refrescar el libro para la clase del día siguiente.

Con un toque de ironía, sin embargo, cuanto más elaboradas eran las notas que tomaba, menos seguro estaba de poder citar el libro y hablar de él. ¿Cómo podía ser? La respuesta más obvia es que, si dedico tanto tiempo a hacer notas elaboradas, el esfuerzo consumirá la energía que me quedaría para la lectura propiamente dicha. Esta explicación es muy probable, aunque creo que la cuestión tiene más fondo. Otra posible explicación de por qué tomar notas reduce la capacidad de recordar lo leído procede de la literatura académica que investiga los efectos negativos del uso de Google sobre la memoria.

La investigación sobre los efectos de Google en la memoria humana es abundante. Uno de los argumentos puede resumirse así: cuanto más se usa Google, menos se usa la memoria para almacenar el contenido en sí; más bien, al usar Google se usa la memoria para almacenar dónde encontrar el contenido. En otras palabras, Google entrena el cerebro para recordar el «dónde» en lugar del «qué». Lo que eso sugiere para mi situación es que el proceso de tomar notas puede cambiar los procesos de mi cerebro y concentrar su energía en recordar en qué lugar de mis notas encuentro lo que busco, en lugar de concentrar la energía cerebral en el contenido real, es decir, el texto. Sin embargo, hay otra investigación que me parece aún más convincente.

Los investigadores separaron a dos grupos de personas en dos laboratorios distintos. Al primer grupo se le pidió leer un texto y memorizarlo. Al segundo grupo se le pidió exactamente lo mismo. Después de leer el texto, se evaluó a los grupos sobre lo bien que podían recordar la información del texto. Sin embargo, los investigadores solo dijeron al primer grupo que se le permitiría usar Google en la segunda parte de la investigación, en la que se harían a los grupos preguntas basadas en el contenido del libro. ¿Qué descubrió la investigación?

La investigación afirma que el primer grupo, al que se permitió usar Google, obtuvo resultados significativamente peores que el segundo grupo. ¿Qué significa eso? Según creen los investigadores, siempre que sabemos que no necesitamos memorizar las cosas porque habrá un medio para llegar a la información si hace falta, tendemos a no usar plenamente nuestra memoria y los procesos cognitivos responsables de memorizar.

Eso suena verosímil. Lo que me gustaría averiguar es si esto ocurre de forma consciente o también inconsciente. En otras palabras, ¿se dice la gente conscientemente: «No necesito recordarlo porque podría usar Google si hiciera falta»? ¿O es posible que lo que al principio empezó como una decisión consciente de no concentrarse ni memorizar tanto, tarde o temprano empezara a colarse en nuestra mente como una decisión inconsciente y nuestro cerebro actuara en consecuencia?

Sabemos que nuestro cerebro es mucho más plástico de lo que pensábamos. Si vuelvo al libro de Malafouris, él mismo dice que la «metaplasticidad» es un rasgo definitorio del cerebro/mente humano y que, por tanto, nuestro cerebro se reconfigura constantemente en función de lo que hacemos, de lo que experimentamos y –sí– de qué tipo de herramientas y tecnologías usamos.

Hay otra investigación disparatada de la que hablé el año pasado durante mis clases en la Universidad Carolina. Tiene que ver con la cuestión de si los smartphones como los iPhone nos distraen hasta el punto de que podamos verlo en las pruebas cognitivas que miden nuestra capacidad de concentrarnos y de abordar la resolución de problemas exigentes. A nadie le sorprenderá si digo que la investigación mostró que un iPhone encendido sobre la mesa empeora significativamente la capacidad del sujeto para resolver problemas difíciles. Pero lo que quizá os sorprenda más es que se observó un efecto negativo similar no solo cuando el iPhone estaba apagado, sino también cuando el iPhone estaba apagado y además escondido en una bolsa colocada junto a la mesa. Solo cuando el sujeto dejaba el smartphone en la habitación de al lado mejoraba en la prueba. Por último, el efecto positivo de alejar el smartphone de uno mismo fue mayor en los sujetos que habían sido calificados como psicológicamente adictos a los smartphones. Al usar el iPhone constantemente, entrenamos y reconfiguramos nuestro cerebro plástico para pensar constantemente en el smartphone, incluso cuando no lo vemos directamente y, lo que es más importante, incluso cuando no pensamos conscientemente que estamos pensando en él. A mí eso me da miedo.

Si vuelvo a mi propia situación, creo que una actividad minuciosa de toma de notas daña mi memoria de forma similar a como Google y los iPhone dañan a los sujetos de la investigación anterior: entrenamos sistemáticamente nuestro cerebro para no hacer el duro trabajo de memorizar y prestar atención si dependemos mucho de Google, si usamos sin pensar tecnologías como los smartphones, o quizá si confiamos en nuestras notas con la buena fe de que es lo responsable.

Hablando de nuevo del libro de Malafouris, hacia la mitad del libro decidí dejar de tomar esas notas en OneNote y, en su lugar, leer los capítulos solo con lápiz y papel delante. Además, pasé a leer el libro en el modo tableta de mi portátil, con todas las aplicaciones cerradas y el wifi desconectado de internet.

¿Qué pasó? Aunque no lo creáis, enseguida tuve la sensación de recordar mucho más. También podía leer el libro mucho más rápido, lo que me dio el placer ligeramente narcisista de ser un lector rápido. Pero ¿no era un efecto placebo, ya que esperaba mejorar mis hábitos de lectura volviendo al buen papel y lápiz de toda la vida? Quizá; el efecto placebo siempre acecha a la vuelta de la esquina y hay que tenerlo en cuenta. Sin embargo, eso no significa que el efecto no sea real. Tendemos a descartar el efecto placebo como «no real», lo cual es absurdo. La razón por la que el efecto placebo es tan importante es que sí tiene efecto y no podemos atribuirlo a nada más que al cumplimiento de la expectativa del sujeto investigado.

Si aceptamos la metaplasticidad de nuestro cerebro, ¿no tiene sentido que nuestros pensamientos, sentimientos e incluso expectativas reconfiguren nuestro cerebro para que esté lo más sintonizado posible con los resultados deseados?

Malafouris termina su libro con una predicción insinuada de que en el siglo XXI la investigación neurocientífica y psicológica sobre la metaplasticidad del cerebro será uno de los proyectos más urgentes e importantes que podemos emprender para entender qué significa ser humano.

El dicho «Ten cuidado con lo que deseas» puede estar más cerca de la verdad neurocientífica de lo que esperábamos.