
En las últimas semanas, el director de la red social más influyente, Mark «Zuck» Zuckerberg, ha estado muy ocupado. Primero compareció ante el Congreso de Estados Unidos y ahora ha viajado a Bruselas para explicar a los representantes europeos en el Parlamento Europeo, ante los ojos de cientos de miles, quizá millones de sus usuarios, los problemas con los que lucha Facebook. En concreto, se habló de nuevo de cómo pudo producirse la filtración masiva de información personal de los usuarios en el marco del escándalo de Cambridge Analytica y de su supuesto uso indebido, con motivaciones políticas, por parte de algunos actores rusos.
Durante la audiencia de 80 minutos pudimos escuchar al controvertido político británico Nigel Farage, que declaró que sin la plataforma de Facebook el Brexit o la elección de Donald Trump no habrían sido posibles. A mí, sin embargo, me llamó la atención la intervención del político belga Guy Verhofstadt y sus cualidades retóricas. El líder de la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa preguntó a Zuckerberg si quería que se recordara su legado «como uno de los tres gigantes de internet, junto con Steve Jobs y Bill Gates, que han enriquecido nuestro mundo y nuestra sociedad» o «como el genio que creó un monstruo digital que está destruyendo nuestra democracia y nuestra sociedad». Verhofstadt preguntó además a Zuckerberg si sería capaz de arreglar Facebook. Independientemente de lo que Zuckerberg quizá desee y de lo que ordene la clase política, mi opinión es que, con su tamaño actual, Facebook no puede «arreglarse» ni siquiera en un plano puramente teórico.
Baso mi opinión en los conocimientos del pensamiento teórico actual sobre la tecnología, en la corriente posfenomenológica de la filosofía de la técnica, y en la teoría de la cognición extendida en el campo de la ciencia cognitiva. Ambas perspectivas se ocupan muy de cerca de los tipos de interacción con la tecnología y de la naturaleza que tiene, en general, la relación del ser humano con la tecnología.
El relato estándar, bajo la influencia de Karl Jaspers y otros, contaba hasta hace poco que la tecnología es un instrumento neutral, mientras que el ser humano es el elemento que insufla a la tecnología vida y funcionalidades. La tecnología es, pues, un objeto pasivo y el ser humano un agente activo. Esta visión de la tecnología sigue, a menudo de forma inconsciente, una posición histórica que heredamos del siglo XVII del filósofo francés René Descartes, a quien le gustaba separar el cuerpo de la mente y el llamado sujeto del objeto. Bajo el manto del pensamiento cartesiano, el ser humano entra en contacto con la tecnología de tal manera que ambas partes de esta interacción tienen propiedades y fines fijados de antemano, totalmente independientes de los factores contextuales, culturales o sociales de la situación en la que se produce la interacción. No era de extrañar que existiera tal visión de la tecnología. Siguiendo la doctrina cartesiana, el ser humano, bajo la influencia del llamado dogma cognitivista, era visto él mismo como una máquina, quizá un ordenador algo más lento, para el que el cuerpo y la percepción solo son útiles como datos de entrada o como salida de alguna acción. Susan Hurley llamó a esta representación del ser humano el paradigma «sándwich» de la mente, pues las percepciones son solo datos de entrada a la mente y la acción es una salida de la mente al mundo, mientras que la cognición queda «metida» en medio de ambas. Todo lo relevante para la mente humana y para el uso de la tecnología ocurre supuestamente en las entrañas de nuestras cabezas; basta con seguir un plan establecido de antemano.
Esta caricatura del ser humano y de su relación con la tecnología fue atacada, por supuesto, por varias teóricas y teóricos. Entre ellos, el filósofo John Searle con su experimento mental de la habitación china o la antropóloga Lucy Suchman, quien en su trabajo, influida por la filosofía fenomenológica, llegó a una visión del ser humano completamente distinta. En lugar de que el ser humano actúe según planes estructurados de antemano, Suchman mostró con éxito, en un experimento con una complicada fotocopiadora, que las personas actúan ad hoc en tiempo real ante la situación concreta y aprovechan los recursos que tienen a mano, con lo que contribuyó a poner en marcha el programa de investigación de la acción/cognición situada.
La pareja de filósofos Andy Clark y David Chalmers publicó después, en 1998, el innovador artículo Extended Mind Thesis, en el que señalaron que, en lugar de la metáfora del ordenador, deberíamos ver al ser humano como un cíborg natural. Con su teoría de la mente/cognición extendida, Clark y Chalmers sostienen, con el ejemplo de una persona que padece la enfermedad de Alzheimer, que un cuaderno de notas o un iPhone pueden servir de manera no trivial como un sustituto real de nuestra memoria. Si un artefacto desempeña una función que, en caso de producirse en la cabeza, calificaríamos de parte de la mente, entonces ese artefacto es realmente parte de nuestra mente. Con este principio de «paridad» dicen sencillamente que, además de las disposiciones del cuerpo físico, en nuestro pensamiento influyen también los artefactos y el entorno, pues no hay razón para privilegiar solo lo que está en las entrañas de nuestras cabezas como lo único que constituye nuestra mente.
La teoría de la mente extendida figura actualmente, junto con las teorías de la cognición encarnada, embebida y situada, entre los temas más candentes de la ciencia cognitiva contemporánea. La idea de que la tecnología pueda influir de forma fundamental en nuestras mentes, e incluso constituirlas, no es nueva, sin embargo. El psicólogo soviético Lev Vygotsky, las teorías cibernéticas, Marshall McLuhan o los pioneros de la informática Vannevar Bush y Douglas Engelbart afirmaron todos que la tecnología tiene, en cierta medida, una influencia importante en nuestro pensamiento. Sin embargo, nunca esta visión del ser humano como cíborg natural había sido tan aceptada públicamente (aunque existen críticas) como en la ciencia cognitiva contemporánea.
Desde un ángulo ligeramente distinto hablan de nuestra relación con la tecnología el filósofo de la técnica neerlandés Peter-Paul Verbeek o la física y feminista Karen Barad.
Verbeek continúa la obra de su mentor estadounidense Don Ihde con la radical afirmación ontológica de que ni el ser humano ni la tecnología son entidades con propiedades fijadas de antemano. Es precisamente la interacción entre ellos la que primero cambia y después cristaliza la naturaleza concreta del ser humano y de los artefactos tecnológicos. Verbeek se apoya en la fenomenología de Martin Heidegger, quien en su magnum opus Ser y tiempo escribió que la tecnología adquiere su significado y su función en relación con otra tecnología, pero también con la situación concreta y la manera en que se usa. Esto no significa que la tecnología sea un objeto completamente amorfo y construido contextualmente. Tiene, por supuesto, también sus propiedades físicas, que hacen más probables que otras ciertas affordances, es decir, las posibilidades de uso que ofrece. Sin embargo, una botella de PET corriente puede ser un recipiente para líquidos, pero también una maceta y un símbolo de jardinería sostenible. Si una botella puede metamorfosearse así en función del contexto, ¿qué decir entonces de una plataforma digital como Facebook?
Karen Barad ofrece un proyecto filosóficamente algo más ambicioso, aunque muy parecido al trabajo de Verbeek. Barad introduce el neologismo intra-acción, con el que señala el entrelazamiento natural de todas las entidades, no solo de la tecnología y el ser humano, cuya identidad emerge en el curso de la intra-acción con otras entidades.
Todas estas teorías de la filosofía de la técnica y de la ciencia cognitiva contemporáneas, aquí esbozadas brevemente, tienen en común que ven al ser humano, tanto en el plano cognitivo como en el ontológico, como parte de un organismo cibernético y biotecnológico. Tal descripción no es solo metafórica, sino completamente real. Por eso Andy Clark puede permitirse decir que somos por naturaleza cíborgs.
Tras este bloque teórico, volvamos al escándalo de Facebook. Prometer la eliminación de los problemas de Facebook y asegurar al Congreso de Estados Unidos y al Parlamento Europeo que no se repetirán excesos similares es un trabajo de Sísifo. Si Facebook fuera una red social incipiente con unos cuantos cientos de usuarios, su dimensión social sería mínima y el optimismo de Zuckerberg de que este «monstruo digital» puede domarse por vía legislativa o de ingeniería sería realista. Pero el problema de Facebook no son los hackers rusos, sino el hecho de que es demasiado grande y demasiado popular. Facebook redefine nuestras propiedades cognitivas y sociales, pues se ha convertido en una parte inseparable de nuestras vidas. Creo que nunca habíamos tenido una tecnología tan extendida que no solo use la mayor parte del planeta, sino que influya a la vez en varios niveles de la sociedad actual. La electricidad, internet o la Web parecen otros candidatos adecuados para este puesto, pero su verdadera fuerza consistió en ofrecer a ingenieros y diseñadores creativos una plataforma potencial para crear algo aún más influyente: la externalización de nuestra socialización a un Simulacro digital.
Precisamente el enorme éxito de la red social de Zuckerberg significa que, como parte de una simbiosis biotecnológica con el ser humano, Facebook está expuesto a posibilidades siempre nuevas de cómo puede ser usado, pero también abusado. Este problema no hará más que multiplicarse si Facebook tiene la ambición de añadir nuevas funciones que, de nuevo, cambien radicalmente nuestra mente y nuestra sociedad. Piensen lo que piensen los mejores ingenieros de Facebook, nunca serán capaces de implementar en su producto protocolos tan restrictivos que les permitan tener a su monstruo bajo control.
Verhofstadt tiene razón en que Facebook lleva pidiendo disculpas a sus usuarios desde el principio. Los problemas de Facebook hace tiempo que no están en el ámbito técnico, y por eso fallan los procedimientos de ingeniería tradicionales para resolver problemas. Y aunque sin duda no estaría de más que Facebook contratara a más sociólogos y filósofos, con su tamaño está demasiado ligado a la sociedad, y la sociedad a él. El problema, en efecto, no es que los ingenieros no conozcan el remedio para una enfermedad determinada, sino el hecho de que no saben de la enfermedad hasta el último momento, como para poder prepararse para ella. Quizá la única opción sería reducir drásticamente las funcionalidades de la plataforma. O bien desactivar todas las funcionalidades e ir preguntando a los usuarios, mediante opt-in, si desean activar cada función. Pero ese no es un escenario probable en la estrategia de negocio de esta corporación.
Hasta ahora, Facebook lo han utilizado terroristas para el reclutamiento y la difusión de propaganda, supuestos trols y agencias rusas con el fin de colocar a Donald Trump en la Casa Blanca y, por último, pero no por ello menos importante, todos los desarrolladores de terceros pudieron guardar más información sobre los usuarios de la que deberían.
Quizá en el último momento salve a Facebook un deus ex machina en forma de una Inteligencia Artificial omnisciente y omnividente. Hasta entonces no les queda otra que esperar, con los dientes apretados, a ver si aparece otro escándalo. Como es más que probable, «Zuck» debería tener preparada la corbata y planchada la camisa.