Imaginad una tribu indígena, no mancillada por la civilización moderna, que vive en una gran isla en algún lugar entre Australia y Papúa Nueva Guinea. Nunca habríamos sabido de ella si un magnate estadounidense que vivía en Sídney no hubiera salido por casualidad con su nuevo yate en una excursión de varios días. Era un matemático inteligente que había abandonado el doctorado y se había lanzado a una carrera en la bolsa. Se rodeaba, sin embargo, de un grupo de amigos intelectuales, entre los que estaba también el antropólogo checo, el doctor Hrdlička. En una de las noches más salvajes, en lo que al tiempo y al alcohol se refiere, se perdieron en su travesía y por la mañana descubrieron que estaban cientos de kilómetros más lejos de lo que debían. Pero tenían delante una isla, así que quisieron acercarse a ella para que sus pies volvieran a probar la tierra firme de una isla de aspecto virgen. No sabían nada del lugar en cuyas orillas acababan de desembarcar, así que, por si acaso, cogieron provisiones de comida y agua fría. Tampoco se olvidaron de llevarse uno de los muchos fusiles semiautomáticos antiguos que tenían, con munición, en una caja a bordo. Era un regalo de uno de los clientes de aquel magnate estadounidense.
Que el arma acabara en esa isla fue una casualidad, pero lo que provocó después no lo fue. En la isla vivía una tribu de indígenas que desde hacía miles de años fundaban sus estructuras sociales en una jerarquía de género claramente separada. Las mujeres se ocupan de los niños y de la preparación de la comida. Los hombres traen la comida pescando y cazando los animales del lugar. Pero también entre los hombres encontramos una jerarquía. Por ridículo que nos parezca, en esta tribu la posición dominante la obtiene el hombre que sabe construir la mejor arma de tiro, que se parece en todo a lo que llamaríamos un arco. En esta tribu el arco no sirve solo para cazar. Durante la caza, los demás hombres descubren muy rápido qué arco es el mejor, pero al mismo tiempo el arco es símbolo de la fuerza bruta potencial que uno puede usar para quitarse de encima a los hombres que lo acosan. Aunque en la tribu hay disputas y refriegas que a veces terminan en muerte, la mayoría de los desacuerdos se resuelven con una ceremonia única en la que los hombres se desafían mutuamente a disparar a un blanco artificial designado, con lo que ponen a prueba la puntería y la precisión con que se ha construido el arma. La ceremonia termina después con una verdadera cacería.
Aunque la ceremonia parece pacífica, y es verdad que así se han salvado muchas vidas, eso no significa que con ella terminen todos los desacuerdos entre los hombres. El hombre que pierde sufre una vergüenza pública. Esta lo acompaña como una mala reputación, a menudo durante varios años. Las mujeres del lugar tienen, es cierto, roles de género fijados, pero ninguna de ellas, si no está obligada, quiere formar una familia con un hombre que ha perdido un duelo, ni siquiera que la vean en la isla en su compañía. No es una regla, sobre todo si el hombre es guapo y se le conoce en general como un hábil diseñador de arcos capaz de mantener a su familia. Pero las mujeres tienen exigencias muy precisas sobre qué hombre querrán como pareja. Al fin y al cabo, también tienen que pensar en el buen nombre de su familia. De lo cual son conscientes también la madre y el padre, que protestan con vehemencia si su hija empieza algo con un hombre que ha sido humillado públicamente hace poco. Todos los hombres, sin embargo, pueden volver a la vida normal en la sociedad si en los días y semanas siguientes a su derrota demuestran que han construido arcos notablemente mejores.
Los visitantes del mundo moderno que se habían extraviado allí acababan de tener la oportunidad de presenciar una de esas ceremonias. Al son del ritmo regular de los tambores vieron un gran grupo de esbeltos cuerpos bronceados de hombres y mujeres. Solo de la cintura para abajo estaban cubiertos, con faldas rojas y amarillas de hierba seca con adornos desflecados alrededor de la cintura. Mujeres y hombres llevaban el pecho desnudo, adornado con collares colgantes de conchas de bivalvos. Los hombres tenían además pintadas en el pecho unas líneas negras en forma de letra T. A través de la cortina de humo se veían muchas hogueras encendidas de colores, rojas y azules.
Los hombres del mundo moderno contemplaban este espectáculo abigarrado y, sin embargo, majestuoso con entusiasmo y asombro. Pronto, sin embargo, los lugareños los descubrieron. Vigilan bien su isla y no podía escapárseles el blanco yate de millonario que había llegado a sus orillas. Desde el primer paso en la playa de arena, una patrulla vigilaba a los visitantes.
Los indígenas que patrullaban la isla llevaron a los visitantes en silencio a una de las chozas apartadas, para no perturbar la ceremonia en curso. El anciano principal, visiblemente enfadado, vino con su mujer a ver qué estaba perturbando un acontecimiento tan importante de su tribu. De los hombres blancos había oído hablar a sus antepasados, y aun así le sorprendió verlos con sus propios ojos. Pero contuvo su sorpresa ante los demás tanto como pudo. Empezó a hablarles en su lengua, que los visitantes no podían entender. El antropólogo Hrdlička, sin embargo, reconoció enseguida que se trataba de uno de los dialectos de la lengua papú dani, a la que se había dedicado en otro tiempo durante sus estudios.
Muy despacio y con muchos errores, Hrdlička intentó explicar al jefe de la tribu quiénes eran y que no habían tenido intención de perturbar la ceremonia. Solo se habían perdido y querían volver a su barco y marcharse. En ese momento, sin embargo, otros miembros de la patrulla, haciendo un gran esfuerzo, trajeron a la choza la caja con las armas y la munición. El jefe de la tribu preguntó qué era aquello, y Hrdlička respondió que servía para disparar, igual que los arcos que habían visto en la ceremonia.
A la mañana siguiente los visitantes pudieron marcharse con la condición de dejarle al jefe de la tribu aquella caja que el magnate estadounidense había recibido como regalo de un cliente.
Las armas llegaron a manos solo de unos hombres elegidos, e incluso de mujeres. La tradición centenaria de fabricar arcos dejó de pronto de tener valor. Ningún arco podía competir con un arma de fuego, que se convirtió en el símbolo de la hombría, y quien la tenía se convertía en un hombre deseado a los ojos de las mujeres del lugar.
Los hombres que hasta entonces habían estado en la cima de la jerarquía de individuos dominantes cayeron de la noche a la mañana bastante más abajo en la pirámide imaginaria. Y eso no les gustó. Los hombres que no tenían armas intentaron rebelarse, pero sabían que no tenían ninguna oportunidad contra las armas de fuego. Todo el orden de la vida local cambió. En otro tiempo la destreza artesanal y técnica había sido el símbolo del éxito social, que según las costumbres del lugar conducía de forma natural al éxito sexual. Ahora todos los valores importantes fueron revaluados. Muchos hombres del lugar empezaron a odiar a los «hombres blancos del mundo moderno». Empezaron a culpar de todos los conflictos y problemas locales a su diferencia y a que habían traído a su vida herramientas avanzadas. Aunque con el tiempo se les acabó la munición, a los ojos de las mujeres del lugar se había producido un cambio duradero. La precisión de un arco a la hora de resolver una disputa nunca puede igualar a un arma de fuego, y por eso considerar este valor como algo según lo cual elegir pareja es completamente arbitrario y absurdo. Sobre todo hoy en día, cuando las mujeres se procuran la comida ellas mismas, de modo que la calidad artesanal del arco solo servía para resolver las disputas entre los hombres.
La vida de la tribu papú cambió. Fueran cuales fueran las múltiples causas, los hombres del lugar que habían perdido su posición sabían quién era el verdadero culpable.