Cuando la joven política estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez presentó en marzo de 2019 el plan de estímulo Green New Deal para evitar las consecuencias del cambio climático global, recibió una crítica demoledora desde muchos frentes, incluidas las filas de su propia base demócrata. Su plan, que tomó el nombre y las ambiciones del New Deal de Roosevelt de la época de la Gran Depresión, quiere eliminar por completo las emisiones de gases de efecto invernadero para 2030 haciendo que toda la economía estadounidense pase de los combustibles fósiles a fuentes alternativas y que «todos los edificios existentes se reformen para que sean energéticamente eficientes». Además, exige la implantación de una sanidad pública, vivienda asequible, una educación de calidad y puestos de trabajo garantizados para quienes pierdan su empleo durante el proceso.
El largo alcance del plan refleja la idea de que los procesos ecológicos planetarios están inevitablemente interconectados con las cuestiones económicas y sociales. Implícitamente, este «Proyecto Manhattan de la energía» se sumó a los intentos de llevar a la práctica innumerables modelos científicos de advertencia y ensayos teóricos sobre el antropoceno, y además directamente en los pisos más altos de la política estadounidense.
Las gafas holísticas con las que el Green New Deal mira las posibles soluciones a la crisis ecológica que se avecina son necesarias. Como afirman los principales defensores del plan de Ocasio-Cortez, entre los que se cuenta el influyente intelectual y disidente político , ya no hay vuelta atrás. Hay que actuar de inmediato y aceptar que el cambio climático afectará de forma fundamental a la vida de nuestros hijos y nietos. El informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático publicado en 2018 subraya que es necesario limitar el aumento de la temperatura media global a 1,5 grados Celsius de aquí a 2100. Eso exige que reduzcamos las emisiones de CO2 nada menos que en un 45 % para 2030 y que pasemos por completo a la energía de fuentes renovables para 2050. Cambios tan radicales solo pueden hacerse mediante una coordinación a escala planetaria, amparada por una visión clara y unificadora. Y esa visión debía ser el Green New Deal, que, si bien suscitó un importante debate internacional, al final no obtuvo ni un solo voto en el Senado estadounidense.
Por un lado, es evidente que Ocasio-Cortez y sus partidarios presentaron un manifiesto motivador más que un documento legislativo; tenía apenas catorce páginas y no entraba en detalles sobre cómo aplicar cada uno de los puntos. Y no eran puntos triviales. El plan contenía de facto la necesidad de legislar una sanidad estatal, una renta incondicional e intervenciones técnicas revolucionarias en el sector energético. No es casualidad que los demócratas no hayan logrado hasta ahora sacar adelante por separado ni uno solo de estos puntos. El Green New Deal intenta así impulsar los cambios más radicales de la historia de los Estados Unidos sin haberse asegurado antes entre la gente el apoyo a su premisa básica: que el cambio climático existe y que su principal motor es la actividad humana.
El cambio climático se equipara sin dificultad a otros peligros a los que se enfrenta la humanidad: la fuerza destructiva de las armas nucleares o el impacto negativo de la inteligencia artificial en el mercado laboral y en la democracia y, en el momento de la singularidad, potencialmente en toda la humanidad. Aunque en las cuestiones de las armas nucleares y la inteligencia artificial hay muchas disputas, variables científicas y posibles soluciones, a diferencia del cambio climático nadie pone en duda que son peligrosas y pueden causar una catástrofe de dimensiones globales. ¿Cómo podemos explicar, entonces, que una gran parte de la población siga rechazando un hecho respaldado por la inmensa mayoría de la comunidad científica y confirmado sistemáticamente por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU? Sin duda, la política y los intereses ideológicos desempeñan un papel importante; aun así, en este texto quiero centrarme en un ángulo menos comentado, que es dominio cercano de artistas, diseñadores y también tecnólogos modernos. Este ángulo atañe a la forma de representación de los sistemas complejos globales y masivamente distribuidos, entre los que podemos contar precisamente el cambio climático.
Si hablamos de armas nucleares, todos evocamos una imagen concreta (una bomba, el hongo atómico) o un acontecimiento (Hiroshima o Nagasaki). Gracias a la literatura y el cine de ciencia ficción y, últimamente, también a las logradas series Chernobyl, producida por HBO, y Black Mirror, la mayoría de la gente es capaz de imaginar objetos o acontecimientos concretos que han ocurrido o pueden ocurrir si la tecnología moderna se nos va de las manos. Los objetos y los acontecimientos sirven de forma natural a la mente humana como iconos sustitutos asibles en el escritorio de nuestra mente, que representan de manera simplificada fenómenos técnicos complejos y, al mismo tiempo, con su estética, ayudan a explicar cómo funciona el poder destructivo de dichas amenazas.
Para el cambio climático difícilmente encontraríamos un único icono coherente. Y ello porque el cambio climático no es un objeto ni un acontecimiento, sino un sistema dinámico que no se puede localizar en un solo lugar, sino que está distribuido por todo el planeta. Su complejidad y sus mecanismos de retroalimentación conducen a menudo a resultados paradójicos, en los que el calentamiento provoca a la vez enfriamiento, sequía y lluvias intensas. La no localidad del cambio climático hace entonces casi imposible que una persona corriente comprenda toda la gama de cambios globales: quizá piense en el deshielo de los glaciares, pero mucho menos en los problemas de riego de la agricultura india, en la falta de agua potable en el continente africano, que agrava las oleadas migratorias hacia Europa, o en la caída del PIB de entre un 1,2 y un 20 % en ciertos estados de Estados Unidos por cada grado de calentamiento.
El problema de la forma de representación del cambio climático reside en que el cambio climático, al igual que la economía capitalista, es un no-objeto que no es fenomenológicamente accesible a la percepción directa. Al mismo tiempo, el cambio climático es un sistema no lineal que produce numerosos mecanismos de retroalimentación y propiedades emergentes e imprevisibles que, sin modelos científicos sofisticados, sencillamente no somos capaces de representarnos en la cabeza. Si no podemos imaginar algo, eso conduce a la incomprensión. Y eso abre, en el mercado de las ideas, espacio para explicaciones simplificadoras e ideológicamente satisfactorias, a las que llamamos teorías de la conspiración.
Pero la culpa no es solo de la gente corriente. A los expertos y a los activistas les falta la imaginación científica y política que presente un problema tan complejo de otro modo que con palabras y textos. El lenguaje natural es un medio de cientos de miles de años de antigüedad, con un «ancho de banda» de datos estrictamente lineal y bajo, y por eso es la herramienta menos adecuada para explicar sistemas distribuidos complejos y no lineales. Por analogía, es como si quisiéramos ver en el cine una película en alta definición haciendo que alguien nos describa con palabras lo que ocurre en la pantalla. Y, sin embargo, así es exactamente como le llega a la mayoría de la gente la información sobre el cambio climático: en palabras.
¿Cuál es la alternativa? Puede ayudar el conocido aforismo popular de que una imagen vale más que mil palabras. Señala, en efecto, que la mente humana comprende la realidad más, y a menudo mejor, de lo que es capaz de expresar con meras palabras. Cuando vemos de lejos un rostro conocido en una calle concurrida, lo hemos reconocido, pero no sabemos decir cómo. Del mismo modo, los maestros artesanos o los profesores de música transmiten sus conocimientos a los principiantes con palabras, pero cuando se acercan a explicar un rendimiento excepcional, no les queda en su repertorio otra cosa que mostrar directamente el procedimiento correcto y pedir al alumno que lo imite lo mejor posible. Bruno Latour, en su texto sobre la visualización y la cognición, señala la fuerza retórica de las imágenes y el hecho de que la ingeniería, la botánica, la arquitectura, las matemáticas y otros campos necesitan, para describir plenamente sus temas, un medio visual que vaya más allá de los meros textos.
Las imágenes que tengo en mente en este texto no son unas cualesquiera. No son imágenes estáticas que imitan algo que existe. Al contrario, son imágenes dinámicas e interactivas que construyen algo que hasta ahora no existía. Una nueva mirada a la realidad. Y deben ser una herramienta que conduzca a una mejor comprensión.
La ciencia cognitiva y la psicología trabajan a menudo con el concepto de «modelo mental», en tanto que imagen mental, construida subjetivamente, de un determinado fragmento del mundo que nos informa de qué acciones y tipos de comportamiento siguientes son pertinentes y racionales para nosotros. La estética política del teórico político británico Nick Srnicek, que se inspiró en Fredric Jameson, emplea por su parte el concepto de «mapeo cognitivo». A diferencia del «modelo mental», el mapeo cognitivo apunta no solo al resultado final (el modelo), sino al proceso mismo de construcción activa con el que el sujeto aprehende el mundo. Todos nos entregamos al mapeo cognitivo cuando nos encontramos en una ciudad nueva o cuando usamos una tecnología nueva: averiguamos dónde estamos y qué podemos hacer. Tanto el urbanismo, del que procede originalmente el concepto de mapeo cognitivo, como los diseñadores de interfaces de usuario deben concebir sus soluciones de modo que simplifiquen al máximo el mapeo cognitivo a sus usuarios. Para ello se sirven de diversos procedimientos funcionales y estéticos, signos y símbolos que definen las acciones adecuadas y admisibles del ser humano-usuario. Si nos guiamos por ellos y los diseñadores han hecho un buen trabajo, las cosas nos funcionan, las tenemos bajo control y tenemos la sensación de que nos ayudan a comprender.
La historia está llena de ejemplos en los que las nuevas tecnologías y los nuevos medios abrieron caminos hacia una nueva comprensión del mundo. La historia de la tecnología me parece, en gran medida, una historia de nuevas formas de representar el mundo, que llevaron a la conciencia colectiva nuevas formas de pensamiento.
Por ejemplo, el teórico canadiense Marshall McLuhan intentó un estudio sistemático de los cambios cognitivos provocados por las tecnologías mediáticas. McLuhan señalaba cómo la introducción del alfabeto fonético en la antigua Grecia provocó cambios fundamentales en la cultura oral y cómo la sociedad empezó a desplazarse de un estilo de pensamiento mítico y narrativo a un razonamiento lineal y secuencial. La escritura permitió externalizar los procesos de pensamiento y expresarlos de forma explícita. Gracias a la permanencia de la escritura, los pensamientos se convirtieron en objeto de reflexión teórica, que desembocó en el desarrollo de la lógica y, más tarde, en el nacimiento de la ciencia occidental. Los números arábigos y las notaciones matemáticas avanzadas se convirtieron en la interfaz de usuario del universo de las matemáticas e hicieron posibles operaciones mentales que con los números romanos sencillamente no eran posibles.
Cuando el ingeniero y economista escocés William Playfair decidió a finales del siglo XVIII utilizar, en lugar de la clásica presentación tabular de los datos, un gráfico con un eje temporal, creó la primera infografía y cambió nuestras intuiciones sobre cómo pensamos la evolución de los datos a lo largo de un periodo de tiempo. Si bien los datos que utilizó Playfair eran públicos, solo su visualización en el tiempo condujo realmente a un nuevo conocimiento.
Por último, pero no menos importante, la interfaz gráfica de usuario condujo a la difusión masiva de los ordenadores entre usuarios no técnicos. Y lo hizo ocultando toda la complejidad del hardware y ofreciendo, en lugar de reconectar cables o escribir código en la línea de comandos del ordenador, la metáfora del escritorio, hacer clic y arrastrar iconos, es decir, actividades que aprovechan nuestras intuiciones naturales sobre el funcionamiento del mundo y el manejo de objetos físicos.
El éxito de los gráficos estadísticos y de la interfaz gráfica de usuario se basa en los principios que defiende el genial ingeniero y diseñador Bret Victor: si queremos comprender sistemas complejos, lo peor que podemos hacer es hablar de ellos. En lugar de eso, deberíamos modelar los sistemas o «jugar» con ellos, en el sentido de la manipulación directa de los objetos y del espacio que nos rodea.
No es casualidad que la misma idea la sostuvieran, en los inicios de la era informática, los primeros pioneros: Vannevar Bush, J. C. R. Licklider o Douglas Engelbart. Estos autores temían que la modernización de la sociedad trajera una sobrecarga de información que paralizara los límites biológicos de nuestra capacidad de decisión. A su juicio, la complejidad del mundo podría volver a ser abarcable si creábamos nuevas formas de representar la información y si una relación simbiótica cada vez más estrecha entre el ser humano y la máquina conducía a la ampliación del intelecto humano. Los tres imaginaban este papel futuro de los ordenadores, y de la tecnología en general, sobre todo como una revolución en la visualización de la información y en la creación de interfaces de usuario revolucionarias.
Si volvemos a la cuestión del cambio climático, difícilmente encontraremos una manera mejor de obtener datos que la que nos ofrecen los métodos y procedimientos de la ciencia moderna actual. Pero si la historia de la tecnología, en tanto que historia de formas de representación y de herramientas cognitivas, nos dice algo, es que tener los datos por sí solos no conduce automáticamente al conocimiento. Los datos hay que representarlos, interpretarlos y situarlos en un contexto más amplio.
Y es justo aquí donde se abre espacio para intervenciones mucho más intensas del arte y del diseño especulativo. Estos campos están excepcionalmente preparados para transformar los datos en bruto en nuevas formas de representación visual, pero también sonora o táctil. Los nuevos proyectos deberían representar mejor los síntomas globales del cambio climático tal como afectan a las personas en su contexto inmediato: podrían explicar qué tiene en común la subida del precio de ciertos alimentos en la tienda del barrio con las inundaciones o las duras sequías a miles de kilómetros de distancia.
O, al contrario, hacen falta proyectos que, extrayendo periódicamente datos personales al estilo del yo cuantificado (Quantified Self) y datos sociales de las redes sociales, representen cómo las actividades locales de las personas tienen un impacto a escala global. Yo mismo recuerdo cómo influyó en mi opinión sobre el consumo sostenible una infografía que mostraba cómo, al comprar productos de origen animal, contribuyo al consumo de cientos o miles de litros de agua necesarios para criar una sola res.
En el camino hacia una mejor representación de los sistemas complejos, los campos de la interacción persona-ordenador y del diseño de información me parecen también socios naturales.
Así, por ejemplo, la unión de la interacción persona-ordenador con la cibernética dio lugar a uno de los proyectos más audaces que han existido: el proyecto Cybersyn, entre 1970 y 1973, durante el gobierno socialista del presidente chileno Salvador Allende. El plan de Allende era nacionalizar la economía y producir bienes asequibles para toda la sociedad. Al cabo de un año, Fernando Flores, director de la agencia estatal CORFO con Allende, decidió llamar a Stafford Beer, destacado cibernético británico, para que ayudara a Chile a crear una alternativa moderna, basada en la cibernética, a la planificación centralizada clásica. Beer propuso conectar las fábricas y otros lugares implicados en la producción económica mediante teletipos Telex y un ordenador IBM. Crearon así la primera «internet socialista». A través de ella, los datos sobre la producción, los trabajadores, etc. fluían hacia un software que los analizaba estadísticamente y modelaba predicciones y recomendaciones futuras. Estas se mostraban finalmente en una sala de operaciones de diseño futurista que recordaba al puente de mando de ciencia ficción de la nave de Star Trek. Los datos sobre el estado de la economía obtenidos allí se mostraban periódicamente en tiempo real. La interfaz de usuario proporcionaba a los operadores retroalimentación visual sobre las complejidades económicas de las partes del Estado conectadas a Cybersyn. Siguiendo la recomendación del ordenador, los operadores-gestores debían entonces activar intervenciones económicas.
Tras el violento golpe de Estado, el nuevo gobierno de derechas no tuvo ninguna comprensión para este experimento socialista. Eso supuso el fin formal de Cybersyn, pero el proyecto como tal ya tenía muchos problemas: desde una delegación poco meditada de las competencias de decisión en el nivel local hasta una velocidad de red y una potencia de cálculo insuficientes. Sin embargo, las ideas del radical Cybersyn sobre cómo lidiar con la complejidad del mundo las encontramos hoy por todas partes.
La teórica de los medios Shannon Mattern, en su historia de la visualización de datos complejos, menciona, junto a los clásicos terminales de varios monitores que utilizan los profesionales del sector financiero, proyectos que aplican principios cibernéticos y análisis de datos en la alta política y la planificación urbana. Menciona, por ejemplo, la aplicación para iPad «No. 10 Dashboard», que el ex primer ministro David Cameron se hizo crear a medida. Esta aplicación daba acceso a datos sobre el sector financiero, la vivienda, el empleo o la opinión pública del momento. Según el periódico Guardian, David Cameron llegó a decir que podía dirigir el gobierno a distancia con su teléfono inteligente.
Mattern describe además cómo muchas ciudades empezaron a utilizar una forma de «panel» digital para visualizar datos urbanos importantes. En 1999, el alcalde de la ciudad estadounidense de Baltimore, Martin O’Malley, presionado por el aumento de la delincuencia y los altos impuestos, introdujo la aplicación CitiStat para el seguimiento cuantitativo interno de la rendición de cuentas política. En 2003, parte de la aplicación y de los datos estadísticos se puso a disposición del público a través de la web. Otras ciudades y estados estadounidenses crearon su propia versión del panel para seguir los datos urbanos. En el ámbito europeo, Viena, Bolonia y otras ciudades pusieron en marcha el proyecto «urbanAPI», cuyo objetivo es ofrecer un software estandarizado para el análisis, la representación visual y también la gestión del entorno urbano y de las actividades socioeconómicas en distintas ciudades.
Estos paneles urbanos e interfaces de la ciudad no hacen nada menos que ampliar nuestras capacidades cognitivas y perceptivas naturales, acercándonos la ciudad como un único organismo íntegro e interconectado.
Mucha gente tiene ya aplicaciones similares instaladas en sus teléfonos inteligentes. Pero quiero imaginar que, con el mismo esmero y la misma pasión, llevamos en el bolsillo a cada paso información clara sobre el estado de nuestro planeta. Quiero imaginar el momento en que no solo determinadas ciudades del mundo occidental, sino todas las ciudades, sean una plataforma abierta, inteligente, digital y programable que, además de información turística, ofrezca a todos una información igual de clara sobre las fuentes y las causas de su huella de carbono, el desperdicio de alimentos, el consumo de agua, la cría de animales, etc.
¿Por qué quedarse en las aplicaciones móviles? Las aplicaciones de realidad virtual y aumentada pueden elevar aún más la fuerza retórica de la representación visual. Además de mirar pantallas bidimensionales, estas tecnologías podrían trasladar la complejidad del cambio climático a los entornos cotidianos que conocemos bien. Imaginemos una aplicación de AR/VR que alguien abre en algún lugar a la orilla del agua en Ámsterdam y que, en realidad aumentada, le muestra cómo serán las calles de Ámsterdam dentro de 50 o 100 años, cuando suba el nivel de los océanos. Es más, la configuración paramétrica de la aplicación puede mostrar varios escenarios futuros posibles según la cantidad de emisiones de CO2.
Si, para aumentar la eficiencia energética de una ciudad, resulta deseable llevar a cabo cambios urbanísticos más radicales, siempre es más sencillo prototipar tales cambios en una realidad virtual hiperrealista que en nuestro «torpe» mundo físico.
En tales casos, los datos inasibles y los hallazgos científicos adquieren una forma física tangible —un cuerpo— con la que es posible interactuar y entablar una relación íntima, que muestra respuestas concretas a preguntas abstractas y es capaz de suscitar emociones.
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La estética política del cambio climático exige a los artistas y diseñadores soluciones utópicas pero, al mismo tiempo, de orientación pragmática. Los procedimientos innovadores en la representación de datos deben superar lo que hasta ahora se considera el statu quo en la comunicación del cambio climático. Pero siempre deben tener presente que el objetivo no es l’art pour l’art, sino el esfuerzo por ampliar la capacidad de las personas de ver un sistema dinámico, complejo y planetario, ese extraño no-objeto al que llamamos cambio climático.
Dadas las controversias en torno al cambio climático, los temores de los primeros pioneros del ordenador personal de que no seríamos capaces de hacer frente a la avalancha de datos pueden parecer en parte cumplidos. Producimos más datos de los que somos capaces de procesar. La racionalidad humana por sí sola no basta para el Big Data, y así nos refugiamos en las teorías de la conspiración.
Sin embargo, la visión de los primeros pioneros de la informática era profundamente tecnooptimista. A sus ojos, la simbiosis cada vez más próxima entre el ser humano y la tecnología no era una distopía que fuera a robarnos la última pizca de lo humano. Al contrario. Rechazaban la supuesta autenticidad de una naturaleza humana inmaculada por falsa, pues desde el Paleolítico tardío somos un organismo que, para sobrevivir, ha entablado una relación íntima con la tecnología. Somos, por tanto, cíborgs completamente naturales.
Lo que necesitamos, eso sí, son nuevas formas de representar los datos y la complejidad del mundo que nos ayuden a tomar las decisiones correctas en una época antropocéntrica, en la que el ser humano, la tecnología, el clima y la naturaleza están más entrelazados que nunca.
A principios del siglo XX, las mejores y los mejores artistas, diseñadoras y diseñadores se comprometieron políticamente con la creación de propaganda visual. Desde la segunda mitad del siglo XX vemos cómo el talento de estos campos empezó a utilizarse de forma masiva en el sector comercial, recién nacido, de las relaciones públicas. En nuestro siglo XXI, el arte y el diseño, sobre todo su talento único para crear nuevas totalidades perceptibles a partir de la complejidad de elementos dispares, deben trasladarse al diseño de información y a la interacción persona-ordenador. A la creación creativa de diversas formas de paneles urbanos e interfaces tecnológicas que amplíen nuestro intelecto y nos permitan lidiar con la sobrecarga de información y la parálisis en la toma de decisiones. ¿Para qué otra cosa deberían el arte y el diseño ampliar nuestro intelecto, si no para hacer frente a la mayor amenaza del siglo XXI, la que pone en peligro a nuestros hijos y nietos?
Escribí el artículo para la revista Živel, cuyo nuevo número 40 sale en marzo de 2020.